La cena había terminado, pero las brasas del deseo ardían todavía en la mesa.
Nikolai había jugado con Serafín como un cazador que disfruta ver temblar a su presa. Bajo la mesa, sus dedos se habían deslizado por su muslo, apartando la tela del vestido con calma tortuosa, ascendiendo hasta que ella, con las mejillas encendidas, apenas podía sostener la mirada.
Serafín sabía que la esclava que estaba de pie al lado, con los ojos fijos en el suelo, había visto el movimiento. Y, sin embargo, Nikolai no se detuvo. La vergüenza y la excitación se mezclaban en ella como una tormenta.
Cuando terminaron, él se levantó con la calma de siempre y, sin decir una palabra, la tomó del brazo para guiarla hasta su habitación.
El ala privada de la mansión era un santuario prohibido para todos, incluso para Ekaterina. El lujo desbordaba cada rincón: alfombras gruesas, cortinas de terciopelo, lámparas de cristal. Un mundo que parecía ajeno a la muchacha que alguna vez había dormido en una cama de convento.
Serafín recorrió el espacio con la mirada, sus ojos brillando ante cada detalle.
—Mi señor… cada habitación me sorprende más que la anterior.
Nikolai sonrió con esa media sonrisa peligrosa y se quitó la chaqueta.
—El dinero, Serafín, cuando es manchado, cuando es sucio, paga todo esto y más. —Encendió un cigarrillo con la calma de un rey—. Aunque uno no lo merezca… aunque lo compre un demonio. Los ángeles como tú me entienden de eso.
Ella lo observó, con esa mezcla de inocencia y valentía que empezaba a definirla.
—Dicen que quien necesita mucho lujo, mi señor, es porque quiere llenar algo… algo que ni el oro alcanza.
El humo se enroscó en el aire mientras Nikolai la observaba, el torso desnudo brillando bajo la luz cálida de la lámpara. Se recostó en una silla de cuero, la mirada fija en ella.
—¿Crees que yo tengo algo vacío, Serafín? —preguntó, con un tono tan suave que resultaba más amenazante que un grito.
Ella tragó saliva, sin retroceder.
—Tal vez… —susurró—. Tal vez busca algo más que poder y dinero.
El Pantera dejó escapar una risa seca, apagó el cigarrillo y señaló con un gesto hacia sus pies.
—Arrodíllate.
Ella lo hizo sin dudar, como tantas otras veces. Sus rodillas se hundieron en la alfombra mullida, sus manos descansaron sobre sus piernas, la vista baja. Pero lo que Nikolai vio en ese gesto no fue sumisión vacía, sino una fuerza silenciosa que lo fascinaba y lo consumía.
Él se inclinó hacia adelante, atrapó su cabello rojo fuego con un puño y la obligó a levantar la mirada.
—Gatea hasta mí. —Su voz fue un filo.
Serafín obedeció, arrastrándose con la gracia tímida de alguien que descubre un nuevo papel, hasta que quedó entre sus piernas. El Pantera la miraba como si fuera su obra maestra.
—Hace mucho que algo me vacía por dentro —confesó él, rozando con sus labios la frente de ella—. Pero esta noche se acaba.
Ella cerró los ojos al sentir la caricia de su aliento.
—¿Qué es lo que le falta, mi señor? —se atrevió a preguntar, con un hilo de voz.
Él bajó la mirada hacia sus labios y sonrió con una oscuridad encantadora.
—Tus labios, Serafín. En mi carne.
El beso que siguió no fue el de un amo y su esclava. Fue el de un hombre desesperado por llenar un vacío que ni el poder ni la violencia habían logrado apagar. Sus manos, acostumbradas a la dureza, se volvieron sorprendentemente pacientes mientras la guiaba, enseñándole con calma peligrosa, con deseo contenido durante meses.
Serafín, temblorosa, lo siguió, sorprendida de su propia entrega, de cómo el miedo se transformaba en fuego cuando estaba con él. La alfombra fue testigo de esa entrega. El Pantera, que siempre había buscado obediencia, esa noche encontró algo más: la dulzura que le arrancaba el alma sin pedir permiso.
Y cuando todo terminó, Nikolai no la dejó apartarse. La levantó con facilidad y la acostó junto a él, cubriéndola con su propio cuerpo como si quisiera protegerla del mundo.
—Eres mía, Serafín. —Su voz fue un murmullo grave en la penumbra—. Y aunque no lo quieras, algún día entenderás que yo también soy tuyo.
Ella no respondió. Solo lo abrazó, con el corazón latiendo fuerte, consciente de que algo en él estaba cambiando.
El vacío del Pantera había encontrado, al fin, una grieta por donde colarse la luz.
Los dos primeros días en Rusia fueron una prisión dorada para Serafín.
El Pantera no la dejó escapar de su lado ni un instante. La poseyó con una intensidad que desafiaba el cansancio, como si temiera que, si la soltaba, alguien más la reclamaría. Los rincones del ala privada de la mansión —el salón, la biblioteca, la sala de gimnasia— habían sido testigos de su furia y de su ternura.
Las chicas de servicio se movían como sombras. Caminaban con pasos silenciosos, los ojos bajos, pero cada vez que se cruzaban con Serafín, la observaban con miradas inquisitivas, como si quisieran preguntar mil cosas que no se atrevían a decir.
Serafín sentía en esas miradas un juicio silencioso:
¿Quién eres tú para ocupar el lugar que tantas quisieron y ninguna obtuvo?
Aquella tarde del segundo día, Nikolai estaba en el gran salón. Ella, acurrucada en un sillón junto a la chimenea, sostenía un libro entre las manos. Fingía leer, pero en realidad lo observaba a él. El Pantera estaba recostado en el sofá, fumando con la calma de un rey que vigila su imperio.
Entonces, el teléfono sonó. Una de las chicas se apresuró a tomarlo y se lo entregó con una reverencia.
Nikolai contestó sin apuro, llevándose el cigarrillo a los labios.
—¿Sí?
La voz del otro lado era femenina, clara y firme. Aunque Serafín no podía oír todas las palabras, su corazón dio un vuelco al escuchar la dulzura y la autoridad con que lo llamaba por su nombre.
Él respondió con tono sereno, casi cortés:
—Pasaré a verte cuando pueda… tal vez mañana. Ahora estoy ocupado.
El tono de la mujer subió, insistente, exigiendo que la visita fuera inmediata.
Los dedos de Serafín temblaron sobre las páginas del libro.
Nikolai, imperturbable, soltó el humo lentamente y respondió:
—Pasaré mañana.
Y colgó.
El silencio volvió a la sala, pero el corazón de Serafín seguía golpeando fuerte.
¿Quién era esa mujer?
La lógica le decía que no podía ser una esclava: ninguna tendría derecho a llamarlo. Solo había una respuesta: la prometida.
Esa noche, cuando él la llevó a su habitación, su cuerpo obedeció, pero su mente estaba en otro lugar. Cerró los ojos, preguntándose si las mismas manos que la acariciaban con tanta fuerza y posesión habían recorrido antes la piel de aquella mujer al otro lado del teléfono.
Durmió con el rostro húmedo, en silencio, para que él no lo notara.
La mañana siguiente, el Pantera apareció distinto.
Ya no vestía las ropas cómodas con las que ella lo había conocido en México.
Ese día llevaba un traje oscuro, perfectamente entallado; una camisa blanca que resaltaba el bronce de su piel; un reloj de oro que brillaba con los primeros rayos del sol; y gemelos que reflejaban el poder que corría por sus venas.
Era el Pantera en todo su esplendor: maduro, imponente, elegante, hermoso.
Serafín lo observó desde la cama, con el corazón oprimido.
Él se inclinó sobre ella, le apartó un mechón de cabello y depositó un beso en su frente.
—Portáte bien, Serafín.
Ella apenas pudo sonreír, temiendo que la voz le temblara.
—Sí, mi señor.
Y lo vio marcharse.
La puerta se cerró, el eco de sus pasos se perdió en el pasillo.
Fue entonces cuando las lágrimas que había contenido la noche anterior rodaron por su rostro.
No lloraba por estar en cautiverio. No lloraba por su pasado ni por el miedo al futuro.
Lloraba porque ese hombre, su Pantera, el único que había logrado llenar el vacío de su alma, tal vez entregaba sus caricias a otra mujer ese día.
El mediodía llegó, y con él, la agonía de la espera.
Serafín había mirado el reloj tantas veces que ya no sabía si habían pasado minutos o eternidades. El Pantera aún no regresaba.
Sentada en el borde de la cama, apretaba entre sus manos el borde de su vestido, escuchando cómo el silencio de la mansión pesaba más que cualquier cadena.
No soportaba la idea de imaginarlo en brazos de otra, ni siquiera aunque fuese un simple compromiso.
Un nudo de celos y rabia le ardía en el pecho.
Se levantó. Necesitaba moverse, respirar, hacer algo que no fuera pensar en él.
Caminó por los largos pasillos del ala privada, explorando con la timidez de quien sabe que todo es suyo y, a la vez, ajeno.
No tenía permitido cruzar la puerta principal. Lo sabía. Pero dentro de esos muros, el Pantera le había dicho que podía ir a donde quisiera.
Llegó a la sala de entrenamiento.
El olor a cuero y sudor la envolvió de inmediato. A un lado, los pesados sacos de arena colgaban como testigos mudos de la fuerza de Nikolai.
Al principio, apenas rozó uno con el puño cerrado. Un golpe suave, inseguro, como sus pensamientos.
Pero en cuanto cerró los ojos, lo imaginó.
Imaginó a Nikolai sobre otra mujer.
Lo vio, en su mente, inclinándose con la misma fuerza con que la había poseído a ella.
Sintió el tirón del cabello, la presión de sus manos sobre otra piel, las mordidas, las palmadas en la carne que hasta entonces había sido solo suya.
Un calor rabioso le subió por la garganta.
Y el golpe, que antes fue suave, se volvió más fuerte.
—¡No! —murmuró, apretando los dientes.
Otro puñetazo.
Y otro.
Y otro.
La imagen se repetía, cada vez más vívida, y con cada golpe, Serafín dejaba escapar la ira que nunca se había permitido sentir.
El saco oscilaba bajo la fuerza inesperada de sus manos.
No era solo celos.
Era la furia de haber sido siempre menos, la niña huérfana que nadie quiso adoptar, la mujer que no sabía de dónde venía ni hacia dónde iba.
Era el miedo de desaparecer sin que nadie la llorara, mezclado con el deseo ardiente de que alguien —solo él— la amara.
Golpeó hasta que sus nudillos ardieron y la respiración se le cortó.
Hasta que el sudor le cubrió la frente y las lágrimas se confundieron con él.
Al final, se dejó caer de rodillas frente al saco, con los puños rojos y la mirada fija.
El corazón le golpeaba tan fuerte que juró escucharlo reventar en el silencio de la sala.
Por primera vez, comprendió lo que Nikolai había querido decirle tantas veces:
la sumisión podía mantenerla viva, pero la fuerza era lo único que la haría suya.
Y en ese instante, Serafín prometió en silencio que, aunque hubiera llegado a esa casa como esclava, no permitiría que nadie la reemplazara en el corazón del Pantera.