La mansión Smirnov en Rusia se alzaba como un castillo helado en medio de un bosque de pinos. Sus muros de piedra blanca parecían guardar siglos de secretos y poder. Para Serafín, que nunca había visto algo así, fue como entrar a un mundo nuevo, deslumbrante y aterrador.
Nikolai caminaba a su lado con paso firme, su mano grande y segura en la espalda de ella, mientras guardias uniformados retiraban las maletas.
Pero al atravesar el gran vestíbulo, la voz de una mujer rompió el silencio:
—Nikolai Andreievich Smirnov.
Él se detuvo.
En lo alto de las escaleras, con un vestido gris perla y un chal de piel sobre los hombros, estaba Ekaterina Smirnova, la tía que lo había criado cuando sus padres murieron. Su porte era tan imponente como el de cualquier general. Sus cabellos recogidos en un moño perfecto revelaban un rostro severo, apenas suavizado por el carmín de sus labios.
Nikolai arqueó una ceja, pero se inclinó levemente en señal de respeto.
—Tía Ekaterina.
Ella bajó despacio, cada paso resonando con autoridad en el mármol. Sus ojos claros se posaron en Serafín, observándola de arriba abajo con una calma analítica.
—Así que esta es la razón por la que has tardado tanto en volver a casa. —No fue una pregunta. Fue una sentencia.
Serafín bajó la mirada, sintiendo cómo sus mejillas se encendían. Nikolai le tomó la mano con fuerza, obligándola a no apartarse.
—Ella es Serafín.
Ekaterina lo miró directamente a los ojos.
—¿Y Irina Volkova? ¿La has olvidado, sobrino? —Su tono era firme, pero no gritó. Ella nunca necesitaba alzar la voz.
Los ojos de Nikolai brillaron con una chispa peligrosa.
—No he olvidado nada. Simplemente, ese compromiso jamás fue mío.
Ekaterina suspiró, con esa paciencia que se reserva para quienes parecen no entender lo obvio.
—Tu tío y yo pactamos esa unión para asegurar el futuro del nombre Smirnov. Irina ha esperado años. —Se volvió hacia Serafín, sin perder la elegancia. —Y tú, niña… ¿sabes acaso lo que significa entrar a este mundo?
Serafín tragó saliva, apenas pudiendo responder.
—Solo sé que quiero estar donde él esté.
La tía frunció apenas el ceño, como si esa respuesta fuera una daga de ingenuidad. Se inclinó un poco hacia ella y, en un murmullo que solo Serafín pudo escuchar, dijo:
—Él tiene un compromiso… tú no eres más que un capricho pasajero.
Las palabras calaron hondo. Serafín bajó la mirada, el corazón golpeándole el pecho.
Nikolai, que había notado la tensión en su esclava, la rodeó con el brazo y dijo con voz seca:
—Tía, Serafín no es un capricho. Es mía.
Ekaterina lo sostuvo con la mirada, sin parpadear, y entonces asintió con la majestad de quien no discute, pero tampoco cede.
—Ya veremos, Nikolai. —Y se marchó hacia el salón principal, dejando tras de sí un silencio cargado de tormenta.
Serafín, aún con el eco de aquellas palabras clavado en el alma, caminó a su lado sin atreverse a preguntar. Pero esa semilla de duda ya había germinado.
Nikolai abrió una pesada puerta de roble al final de un largo corredor de mármol. Las bisagras chirriaron suavemente, como si anunciaran que estaban entrando a un lugar donde pocos tenían derecho a pisar.
—Aquí nadie entra sin mi permiso —dijo él, con esa voz grave que hacía temblar más que tranquilizar.
Serafín lo siguió, con el corazón latiendo fuerte.
El ala privada del Pantera era un mundo aparte dentro de la mansión. Un lugar tan lujoso como intimidante. El vestíbulo conducía a una amplia sala de paredes cubiertas de estanterías de libros encuadernados en cuero, un salón de gimnasia con sacos de boxeo y un cuadrilátero brillante bajo las luces, una cocina amplia donde el mármol blanco y el acero relucían impecables, y habitaciones decoradas con telas pesadas y alfombras persas.
Todo parecía diseñado para que Nikolai pudiera vivir allí sin necesidad de salir jamás.
Pero lo que más impactó a Serafín fueron las tres mujeres que se detuvieron en cuanto lo vieron entrar. Jóvenes, hermosas, cada una con una belleza distinta: una rubia de ojos azules que parecía salida de un cuadro, una morena de rasgos delicados y una pelirroja cuyo cabello brillaba como cobre bajo la luz. Vestían de manera sencilla, pero elegante, y al inclinarse con respeto, sus miradas furtivas pasaron de Nikolai a Serafín.
—Ellas mantienen este lugar en orden —explicó él, sin dar importancia.
Serafín forzó una sonrisa, aunque por dentro algo se retorcía. Eran hermosas. Demasiado hermosas. Y en ese momento, por primera vez, sintió un dolor extraño, una punzada de celos que no esperaba.
Nikolai la guió hasta un sofá de terciopelo oscuro y la sentó.
—Aquí tendrás todo lo que necesites —dijo, encendiendo un cigarro mientras la observaba con esos ojos que lo decían todo y nada a la vez.
Ella bajó la mirada, notando cómo las mujeres se movían con rapidez para cumplir órdenes invisibles: una llevaba frutas frescas a la mesa, otra preparaba té, otra disponía toallas en la sala de entrenamiento.
La voz de Serafín salió temblorosa, aunque trató de sonar firme:
—Se ve… como un palacio.
Él arqueó una ceja, complacido con su asombro.
—No es un palacio, es mi refugio. Y ahora es tuyo también.
La miró directamente, buscando esa reacción que tanto le gustaba arrancarle: sorpresa, sumisión, y algo más… ¿celos?
Ella lo sostuvo apenas un segundo antes de bajar la vista. No se atrevía a preguntar lo que su corazón gritaba: ¿Dormiste con ellas?
Nikolai, que la conocía mejor de lo que ella creía, sonrió de lado, acercándose lo suficiente para que sus labios rozaran su oído.
—No frunzas ese ceño, Serafín. —Su voz era un roce de acero y fuego. —No hay mujer en este lugar que pueda tocar lo que es mío.
Su cuerpo se tensó. Las palabras la tranquilizaban y la herían al mismo tiempo, porque no decían te amo, sino te poseo.
Él se recostó contra el sofá, encendiendo otro cigarro. La observaba como si cada gesto suyo fuera un espectáculo privado.
Serafín, intentando calmar el latido desbocado en su pecho, dejó escapar un suspiro. Sabía que había sido comprada como un objeto, como aquellas mujeres. Solo que, de algún modo, parecía ser la preferida del coleccionista.
Y en ese instante, sin que él se diera cuenta, por primera vez sintió el veneno dulce de los celos recorriéndole la sangre.
Nikolai, al verla morderse el labio, sonrió satisfecho. No porque supiera de sus celos, sino porque intuía que ella ya no era la niña temblorosa que había rescatado junto al río. Estaba cambiando. Y la estaba moldeando con paciencia.
La tarde se deslizó lenta en el ala privada de la mansión. Serafín, aún deslumbrada por la inmensidad del lugar, se encontraba hojeando un libro que había tomado de una de las estanterías. Sus dedos temblaban un poco; no por miedo, sino por la sensación de no pertenecer a ese mundo.
Nikolai, sentado frente a ella, bebía un whisky con calma. Sus ojos, sin embargo, no estaban en el vaso, sino en ella.
Sabía leerla como un mapa abierto: la manera en que evitaba mirar demasiado tiempo a las otras mujeres, la forma en que apretaba los labios cada vez que una de ellas pasaba demasiado cerca.
Y decidió comprobar lo que ya sospechaba.
Con un movimiento lento, hizo un gesto a la rubia.
—Tráeme otro vaso.
Ella obedeció, inclinándose cerca de él para servirle. Nikolai dejó que el momento se extendiera, observando de reojo a Serafín. La rubia le entregó el vaso, y él la detuvo con una mano en el antebrazo, sonriendo apenas.
—Gracias, Katya.
La joven bajó la mirada, nerviosa.
Serafín sintió un fuego repentino subirle por el pecho. No dijo nada, pero el libro en sus manos tembló con fuerza.
Nikolai no la perdió de vista ni un segundo.
—Puedes retirarte —le dijo a la rubia, quien salió sin protestar.
Se inclinó hacia Serafín, su voz grave como un trueno contenido.
—¿Sabes por qué lo hice?
Ella alzó la vista, con las mejillas ardiendo, aunque trató de parecer tranquila.
—No tengo idea, mi señor.
Él sonrió de lado, tomando el vaso sin apartar sus ojos de los de ella.
—Porque quería ver ese brillo en tus ojos. —Se detuvo, disfrutando del silencio cargado. —Ese que me dice que, aunque intentes ocultarlo, me quieres solo para ti.
Serafín sintió que la sangre le golpeaba las sienes.
—No soy tan egoísta…
—¿No? —Nikolai apoyó el vaso en la mesa y se inclinó hasta rozar su frente con la de ella. —Pues yo sí. Soy tan egoísta que si otro hombre siquiera te mira como yo lo hago… lo mato.
Su voz fue un murmullo que la envolvió como un veneno dulce.
Ella cerró los ojos un instante, intentando encontrar aire.
—Entonces no lo provoque, mi señor —susurró apenas, sin darse cuenta de lo que había dicho.
La sonrisa de Nikolai se ensanchó, peligrosa y satisfecha.
—Eso quería escuchar.
Con una rapidez que la dejó sin aliento, la atrajo a su regazo, apretándola contra su pecho. Su mano enredada en su cabello, sus labios rozando su cuello con una posesión casi feroz.
Serafín sintió que las dudas y los celos se mezclaban con un deseo que no podía controlar. Y comprendió que, en ese juego peligroso, Nikolai siempre tendría la última palabra.