Los días se desdibujaron en semanas, y las semanas, en meses. En el corazón de Serafín florecía una comprensión insólita de lo que significaba respirar sin la constante opresión del miedo. Ya no era la sombra temblorosa que se deslizaba por los pasillos. Ahora caminaba con una certeza silenciosa, observando el mundo que la rodeaba con una curiosidad que antes se había mantenido oculta bajo el terror. Parecía que el Pantera también había cambiado. Ella había notado el discreto movimiento de otras mujeres de la casa, sus pertenencias desapareciendo en las sombras de la noche. Finalmente, se atrevió a preguntar, la pregunta flotando en el aire espeso de la habitación como una mariposa nerviosa.
—¿Dónde las llevan?
Nikolai, que estaba apoyado en el marco de la ventana, observando el jardín bañado por la luz del atardecer, giró lentamente. Una sonrisa, suave y casi melancólica, curvó sus labios.
—A su libertad. A algún país remoto donde puedan empezar de nuevo con algo de dinero y papeles limpios. No maltrato mujeres, Serafín. Ni las poseo… eso lo hice solo contigo. —Sus ojos azules se clavaron en ella, intensos y cargados de una complejidad que ella aún luchaba por descifrar—. Pero si las compro… no tienes ni idea de lo que evité en tu vida al comprarte ese día. Aquí, mi ángel, en este mundo donde habito, somos bestias con hambre, y lo peor, con poder y dinero. Pero tú jamás volverás a ser presa, porque yo te he enseñado a defenderte.
Se acercó a la mesa donde ella estaba sentada.
—Acércate, mi ángel —dijo él, con esa voz baja que hacía temblar el aire.
Nikolai la condujo hasta el salón privado, ese donde nadie más podía entrar sin su permiso. Sobre la mesa de madera oscura, descansaba un arma de acero pulido, reluciente bajo la luz. Entonces señaló su bolso uno que el mismo le había comprado.
—Guarda esto aquí. Y si alguien intenta tocarte y no hay otra opción, dispárale. Pero nunca levantes esta arma contra mí si de verdad no vas a matarme —explicó, moviendo el seguro del arma con un clic seco.
Serafín tomó el arma, su peso inesperado en la palma de su mano. La miró a él, con una pregunta silenciosa en sus ojos.
—¿Tiene miedo de que algo pase?
Él sonrió, una sombra fugaz que no alcanzaba sus ojos.
—Yo muy poco conozco el miedo, Serafín. Pero tú, cada día, debes más aprender a cuidarte.
—Porque ahora tengo a esa mujer… la Sombra —dijo ella, una pequeña sonrisa jugando en sus labios. En el mundo opaco de los hombres de seguridad máxima, los nombres se desvanecían, reemplazados por números o apodos que reflejaban su función.
—Sí —contestó él, con una leve sonrisa—. Pero no porque yo tenga a la Sombra a mi lado dejaré de estar atento con mi propia seguridad.
Serafín bajó la mirada, reprimiendo el temblor de sus labios. Nunca había sentido tanta libertad y tanta prisión al mismo tiempo.
Un silencio cargado los envolvió hasta que él, con gesto rutinario, se levantó para ir a la mesa donde reposaba una pequeña caja blanca. Sacó la pastilla que cada mañana le entregaba, casi como un ritual.
—Es la hora —dijo, tendiéndosela.
Ella la tomó con suavidad. El agua estaba lista en su copa, como siempre. La llevó a los labios, dejando que él viera cómo la colocaba en su boca, y bebió el agua entera.
Nikolai, satisfecho, volvió a su asiento.
Pero cuando se volvió hacia el periódico, sin notarlo, Serafín dejó que la pastilla resbalara con cuidado bajo su lengua. El sabor amargo quemó un instante, hasta que la guardó en el puño cerrado de su mano.
El corazón le golpeaba el pecho con fuerza. Por primera vez desde que entró en la vida del Pantera, había tomado una decisión sola.
Una decisión peligrosa.
Se miró las manos. Temblaban, pero no de miedo. De poder.
La misma mano que había sostenido el arma ahora guardaba el secreto que cambiaría todo.
—Mi señor… —dijo en voz baja, como si quisiera probarse el nuevo valor que había ganado.
Él levantó la vista, sus ojos de acero observándola con esa intensidad que siempre le hacía olvidar respirar.
—¿Qué pasa, mi ángel?
Ella sonrió, con una dulzura que escondía la tormenta que había elegido desatar.
—Nada, solo… que cada día que paso aquí me siento menos perdida.
Nikolai sonrió apenas, sin imaginar que en ese mismo instante ella había trazado un nuevo destino.
Uno que ni él, con todo su poder, podría controlar.
Las semanas habían transcurrido con una calma que rozaba lo peligroso. Serafín, con el corazón firme, no volvió a tomar ninguna pastilla desde aquel día. Cada una de ellas estaba oculta en una pequeña caja de música que Nikolai le había regalado, como si en su interior guardara no melodías, sino un destino nuevo.
Él no lo sospechaba. La miraba cada mañana con el mismo orgullo feroz, convencido de que ella seguía obedeciendo a cada una de sus órdenes.
Aquella mañana, mientras Nikolai terminaba de abotonarse la camisa frente al gran espejo de su habitación, notó a Serafín observándolo desde la cama. Tenía los rizos sueltos, los pies descalzos y la mirada fija en él, como si buscara leer más allá de la máscara de frialdad que siempre llevaba.
—Me miras como si quisieras descifrarme, mi ángel —dijo Nikolai sin apartar la vista del espejo, mientras ajustaba los gemelos de oro.
—Tal vez eso intento —respondió Serafín suavemente, jugando con el borde de la sábana—. Pero usted siempre tiene una respuesta lista para que nadie logre entrar.
Él giró para mirarla, con media sonrisa peligrosa.
—¿Y tú? ¿Ya dejaste que yo entrara?
Serafín bajó la mirada un instante y luego la alzó, con una valentía que antes no habría tenido.
—No tuve opción… usted se instaló aquí —dijo, llevando la mano a su pecho.
Nikolai caminó hacia ella con pasos lentos, como un depredador midiendo cada movimiento, y se sentó en el borde de la cama. Con el pulgar le levantó el rostro para que lo mirara.
—Me gusta pensar que no te obligué del todo. Que un pedazo de ti quiso dejarme entrar.
—Un pedazo… —repitió ella con un hilo de voz—. No, Nikolai… usted entró completo. Y ahora no sé si puedo vivir sin usted.
Sus palabras lo atravesaron. La máscara de Pantera se resquebrajó un instante, aunque él la cubrió con un beso en su frente.
—Ten cuidado, Serafín. Cuando dices esas cosas, me haces sentir humano… y eso es más peligroso que cualquier bala.
Ella sonrió apenas, apoyando la frente contra su pecho.
—A mí me gusta ese peligro.
Nikolai cerró los ojos unos segundos, inhalando el aroma de su cabello. No sabía que bajo esa calma que ella mostraba se escondía un secreto: que cada mañana fingía tragar aquella pequeña pastilla y después la dejaba caer en la caja de música, guardando con silencio la posibilidad de un futuro distinto.
—Hoy saldremos de nuevo —anunció él, acariciando su nuca—. No quiero que te acostumbres a las mismas paredes. Quiero que el mundo te vea, que sepa que eres mía.
—¿Y si el mundo no aprueba que yo sea suya? —preguntó ella, con un dejo de duda.
Nikolai arqueó una ceja y la miró fijo.
—El mundo no tiene voto aquí. Solo yo. Y tú, si alguna vez decides dejarme… —se inclinó más, rozando sus labios con los de ella—. Aunque no creo que lo hagas.
Serafín tragó saliva, sintiendo que su secreto pesaba como plomo en su conciencia. Y aun así, susurró:
—Nunca lo haría, Nikolai. Nunca.
Él la besó entonces, profundo y posesivo, sin sospechar que la mujer que se rendía a él con tanto amor había tomado, por primera vez, el control de su destino.