Desperté en la penumbra de una habitación desconocida, y por un instante, no supe dónde estaba. La suave luz del amanecer se filtraba a través de las cortinas cerradas, pintando líneas doradas sobre las sábanas desordenadas. Fue solo cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad que todo empezó a tomar forma. El olor a café recién hecho, el sonido lejano de la ciudad que despertaba... y el calor de un cuerpo junto al mío.
Mi corazón se hundió en el pecho cuando recordé lo que había sucedido. Chicouke. Estaba allí, a mi lado, respirando lenta y profundamente, todavía dormido. Mis pensamientos comenzaron a arremolinarse en mi cabeza, un torbellino de emociones que no sabía cómo manejar. Me sentía... confundida, dividida. Una parte de mí estaba embriagada por la euforia del momento, por el deseo que nos había consumido anoche. Pero la otra parte, la más racional, me gritaba que esto estaba mal.
No debería haber pasado. Sabía que no debería haberme dejado llevar. Pero lo hice.
Me senté en la cama, sintiendo cómo las sábanas se deslizaban de mi cuerpo, exponiendo mi piel al aire frío de la habitación. Mi respiración era irregular, y sentí que el peso de lo que había hecho empezaba a caer sobre mí. No era solo un beso robado en medio de la noche. No. Habíamos pasado la noche juntos. Cada centímetro de mi piel aún recordaba el tacto de sus manos, la urgencia con la que me había deseado, la manera en que habíamos colapsado en esta cama como si el tiempo no hubiera pasado entre nosotros.
Había sido hermoso, intenso... y completamente equivocado.
Miré a Chicouke dormido a mi lado. Su rostro estaba relajado, aunque no estaba libre de la máscara que normalmente ocultaba sus emociones. Lo miré como si pudiera encontrar una respuesta en su expresión tranquila. Él estaba cubierto de casi cuerpo completo por la sábana. Él era una tentación viva, una de la que no había podido escapar. Y en ese momento, me sentí atrapada entre lo que había sido y lo que era ahora.
Mis dedos temblaron cuando los llevé a mi rostro, cubriéndome los ojos por un segundo. ¿Qué demonios había hecho?
Me levanté con cuidado de no despertarlo, recogiendo mi ropa esparcida por el suelo con movimientos rápidos y nerviosos. Cada pieza de ropa que me ponía me hacía sentir un poco más consciente de la gravedad de mis acciones. Me estaba vistiendo, pero la vergüenza y el arrepentimiento se adherían a mi piel, mucho más pegajosos que cualquier tela.
No podía creer que había cruzado esa línea. Archie. Su imagen apareció en mi mente, y una punzada de culpa me atravesó el corazón. Él confiaba en mí. Nos habíamos casado, habíamos prometido construir una vida juntos, y ahora... ahora le había fallado. Lo peor de todo es que no se trataba solo de una traición física. Lo que había pasado anoche con Chicouke iba mucho más allá. Había sido una explosión de emociones reprimidas, una liberación que había estado conteniéndose durante demasiado tiempo.
Mientras me ponía los zapatos, escuché un suave susurro a mis espaldas. Me congelé, mi cuerpo tensándose al instante.
—¿Ya te vas? —La voz de Chicouke, adormilada pero con un tono inconfundible de deseo, me alcanzó desde la cama.
Me giré lentamente, mis ojos encontrándose con los suyos. Eran esos ojos los que siempre me habían atrapado, los que siempre me habían hecho sentir como si estuviera caminando sobre un terreno peligroso. Y ahora, después de lo que habíamos compartido, se sentían aún más intensos, más cargados de lo que nunca había sido capaz de manejar.
—Sí, debería irme —murmuré, sintiendo que las palabras pesaban en mi boca.
Él se incorporó, apoyándose en los codos, con esa media sonrisa que siempre había sido su arma secreta. La que sabía que me desarmaba por completo.
—No tienes que irte tan pronto —dijo, con una suavidad en su voz que me hizo estremecer.
Mi mente gritaba que me fuera, pero mi cuerpo, ese maldito traidor, se quedó quieto. Por unos segundos, consideré quedarme, perderme otra vez en esa sensación de libertad que solo Chicouke podía darme. Pero no podía. Sabía que no podía.
—Chicouke, esto... —mi voz temblaba, pero lo miré a los ojos, buscando algo, cualquier cosa que me ayudara a encontrar una salida—. Lo que pasó anoche fue... un error.
Sus ojos se entrecerraron un poco, y vi el cambio en su expresión. No estaba enfadado, pero definitivamente estaba más alerta.
—¿Un error? —repitió, y por un momento pensé que se reiría, pero no lo hizo. En cambio, se levantó de la cama, caminando hacia mí con esa seguridad innata que siempre había tenido—. No creo que lo hayas sentido como un error anoche.
Mi cuerpo se tensó. Tenía razón. Había disfrutado cada maldito segundo de la noche, cada caricia, cada beso. Pero eso no significaba que fuera lo correcto.
—No puedo hacer esto, Chicouke. Tengo una vida ahora, una familia. No puedo simplemente... —mi voz se quebró y bajé la mirada.
Él me levantó el mentón con suavidad, obligándome a mirarlo. Su toque aún me derretía.
—No estoy pidiendo que dejes nada —dijo en un tono bajo, casi seductor—. Solo estoy diciendo que... podemos seguir viéndonos. A escondidas.
Mi corazón dio un vuelco. Sabía que no debía escuchar esas palabras, pero parte de mí ya las estaba considerando. ¿Seguir viéndonos a escondidas? ¿Cómo si todo esto fuera un juego? Sabía que estaba mal, pero al mismo tiempo, la adrenalina que sentía al estar con él era adictiva.
—Chicouke... no sé si puedo. —Mis palabras eran honestas, pero también llenas de duda.
—Claro que puedes —respondió, y su confianza me hizo tambalear—. Nadie tiene que enterarse. Será nuestro secreto.
Nuestro secreto. Esa frase resonó en mi cabeza mientras trataba de procesar lo que estaba sugiriendo. La idea de mantener una relación clandestina con él me provocaba una mezcla de emociones: emoción, miedo, culpa... deseo. Era tentador, demasiado tentador.
Finalmente, asentí, aunque una parte de mí aún luchaba contra la decisión. Acepté su propuesta. Sabía que estaba caminando por una cuerda floja, y que un paso en falso podría hacer que todo se desmoronara. Pero en ese momento, el riesgo parecía valer la pena.
—Nos veremos pronto —me dijo, con una sonrisa que me hizo sentir vulnerable y poderosa al mismo tiempo.
Salí de la habitación antes de que pudiera cambiar de opinión, dejando atrás el calor de su presencia y la intensidad de lo que habíamos compartido. Mi mente estaba nublada, llena de pensamientos contradictorios mientras me dirigía a la mansión. Sabía que lo que había hecho estaba mal, que había traicionado a Archie de la peor manera posible. Pero decidí guardarme el secreto. Nadie tenía por qué saberlo.
Entré a la mansión con un nudo en el estómago, sintiendo que cada rincón de esa enorme casa era testigo de mi traición. Me esforzaría por seguir adelante, por ser la esposa perfecta, la madre perfecta. Pero ahora había algo más dentro de mí. Algo oscuro, prohibido, pero irremediablemente excitante.
Y sabía que no sería la última vez.