Matrimonio. 1

4561 Words
Mia suspiró con impaciencia mientras se acomodaba en la cama de su cuarto, con el teléfono en la mano pues recién había revisado la hora, llevaba un mes sin ver a Antoni y aunque estaba acostumbrada a sus viajes de negocios, esta vez la espera se le hacía insoportable porque era el mayor tiempo que había pasado fuera de casa. Mia intentaba mantener su mente ocupada, pasaba horas en la cocina de su academia, perfeccionando sus técnicas, probando nuevas recetas y dedicándose por completo a sus estudios para convertirse en chef, pero por más que lo intentara, no podía ignorar la sensación de vacío que le dejaba la ausencia de Antoni. Cada vez que terminaba un plato, su primer pensamiento era para él ¿Le gustaría? ¿Habría probado algo parecido en sus viajes? ¿Cuánto faltaba para que volviera y pudiera cocinarle personalmente? Sabía en qué mundo se movía Antoni y, aun así, lo había elegido ciegamente en su momento, se habían casado hacía apenas ocho meses y aún estaban en plena luna de miel, o al menos eso le gustaba pensar cuando tenía la oportunidad de compartir noches enteras con él, pero ser la esposa de un mafioso significaba aceptar que, en cualquier momento, él debía salir y eso ya no era algo que le gustara. Al principio, lo había manejado con paciencia, dos o tres días fuera de casa, cuando llegaba Antoni la llenaba de atenciones, de regalos exquisitos, de noches de pasión que la dejaban temblando y con el corazón latiendo enloquecido, pero después de un mes sin verlo, esa paciencia comenzaba a desgastarse. Se recostaba en la cama, abrazando una de las almohadas con su aroma, no era suficiente, nada lo era, en ese momento el teléfono vibró en su mesa de noche y lo tomó de inmediato, era un mensaje de Antoni. "Principessa, abordaré en unas horas. Espérame despierta." Mia se mordió el labio, conteniendo la emoción, por fin, él volvía, Mia no perdió tiempo, se levantó de la cama con energía renovada y se dirigió a la cocina, si Antoni volvía esa noche, quería que todo fuera perfecto. Eligió un menú especial, algo que sabía que le encantaría, un plato de pasta casera con salsa de trufa, uno de sus platillos favoritos, acompañada de un buen vino tinto, para el postre, un tiramisú suave y cremoso, con el equilibrio perfecto entre café y mascarpone. Mientras amasaba la pasta fresca, no pudo evitar sonreír, a pesar de todo, de la distancia y de la incertidumbre que conllevaba estar casada con un hombre como él, su amor seguía intacto, al terminar, preparó la mesa con esmero, velas encendidas, copas elegantes y un ambiente cálido que contrastaba con la crudeza del mundo en el que Antoni se movía, en su hogar, él no era el temido mafioso, sino su esposo, el hombre al que amaba. Mia se miró en el reflejo del horno, su cabello estaba revuelto y tenía harina en las mejillas, debía correr para darse una ducha y ponerse un lindo vestido, lo esperaría con esa gran sorpresa. Las horas pasaron lentamente y con cada minuto que transcurría, la emoción de Mia se fue desmoronando, la cena estaba lista, el vino servido, las velas encendidas, pero Antoni no llegaba. Marcó su número una vez más, llevándose el teléfono al oído con una mezcla de esperanza y frustración, nada, ni siquiera el buzón de voz. Soltó un suspiro tembloroso y dejó el teléfono sobre la mesa, miró la cena perfecta que había preparado y sintió que la decepción le pesaba en el pecho, no era la primera vez que pasaba, de hecho, era la segunda vez que la dejaba plantada, pero eso no lo hacía menos doloroso. Apagó las velas con un movimiento brusco y se bebió el vino en su copa de un solo trago, no tenía hambre, no tenía ganas de seguir esperando, sabía que la vida con Antoni nunca sería sencilla. Mia se pasó una mano por el rostro, intentando contener su frustración, miró la mesa impecablemente servida y supo que no tenía sentido seguir esperando porque ya era bastante tarde, se giró hacia las sirvientas, que observaban la escena en silencio, y con voz firme, aunque con un deje de tristeza. — No dejen que se desperdicie, coman ustedes la pasta. — fue al fregadero para lavarse las manos. — Señora Giuseppe, debería cenar, en este mes no ha estado comiendo bien. — dijo el ama de llaves. — No tengo hambre, ha sido un día pesado y creo que es mejor dormirme temprano. — salió de la cocina con hombros caídos. — Bueno, no podemos desperdiciar la comida, al menos sirve para algo y no es solo una cara bonita. — dijo Camila, una de las sirvientas más jóvenes. — ¡Mide tus palabras, ella es la señora de la casa y quien te paga! — el ama de llaves la miro con dureza. — Eso no es verdad Marie, quien me paga es el señor Giuseppe. — dijo su apellido con una sonrisita. Las mujeres se miraron entre sí, algo sorprendidas, pero ninguna dijo nada y solo tomaron la comida preparada para repartirla entre ellas, Mia era una excelente cocinera y siempre les estaba dando de todo lo que preparaba, era una buena jefa de hogar, todas, menos Camila, le tenían una lealtad impresionante. Mia se quitó lentamente el vestido que había usado para la cena, la tela suave resbalando de su piel mientras dejaba que su frustración se disolviera en cada movimiento, después de un día largo, se sentía agotada, pero su mente seguía activa, pensando en Antoni. Se puso un camisón de seda color blanco, que la envolvía delicadamente y al mirarse en el espejo, se dio cuenta de que, aunque estaba lista para descansar, la tristeza seguía pesando en su pecho. Suspiró, dejando de lado la tensión del día, se recogió el cabello en una coleta baja y se dirigió al baño para lavarse la cara, en su mente solo estaba Antoni, preguntándose si estaba bien, si estaría a salvo, o si simplemente se había olvidado de ella, al terminar de lavarse, salió del baño y apagó todas las luces detrás de ella. Mia estaba concentrada en su rutina nocturna, pasando el sérum por su rostro y con un leve suspiro, cuando de repente, el sonido metálico de algo cayendo la sacó de su concentración, miró al suelo, pero no vio nada. Después, al volverse hacia el otro lado del tocador, vio el brazalete dorado que había caído justo detrás del mueble, con una leve exclamación, intentó estirarse para alcanzarlo, pero la distancia era demasiado y el mueble estaba demasiado pegado a la pared, intentó meter la mano por el espacio detrás del tocador, pero no logró tocarlo. Se agachó y con un pequeño suspiro, intento mover el mueble, pero era demasiado pesado para su fuerza, Mia, sintiéndose frustrada por no poder alcanzar el brazalete, decidió que no podía dejarlo ahí, se envolvió en una bata de seda blanca, sin importar si estaba algo fría y salió de su habitación en busca de ayuda. La casa estaba en silencio en esos momentos, la luz tenue de los pasillos apenas iluminaba el camino, al llegar al final del pasillo, se encontró con uno de los guardias de la casa, él estaba parado cerca de la escalera, vigilando como siempre, su relación con los hombres que cuidaban la casa era bastante neutral, se aseguraba que tuvieran agua fresca, meriendas y comidas decentes, ellos no se acercaban mucho a Mia porque le tenían miedo a su esposo, todos la trataban con respeto y lejanía. — ¿Disculpa? — llamó suavemente, su voz apenas un susurro en la quietud de la noche — ¿Podrías ayudarme? Un brazalete cayó detrás del tocador y no puedo alcanzarlo. — el guardia la miró con una leve inclinación de cabeza, reconociendo de inmediato su rostro. No parecía sorprendido por la solicitud, ya que conocía el nivel de detalle con el que Mia siempre se preocupaba por las pequeñas cosas. — Por supuesto, señora... — respondió, con una sonrisa cortés — Dígame donde esta. — fue con ella al cuarto. El hombre se agachó, echó un vistazo al espacio detrás del mueble y con facilidad alcanzó a mover el mueble y tomó brazalete que se había caído, al levantarse, lo sostuvo en sus manos. — Aquí está. — dijo, entregándoselo con una reverencia ligera, Mia sonrió, agradecida, aunque aún con el ánimo algo apagado por la ausencia de Antoni. — Gracias. — murmuró, tomando el brazalete de su mano. El guardia se retiró sin decir una palabra más, regresando a su puesto en silencio, Mia observó cómo desaparecía por el pasillo, dejando la calma de la casa nuevamente intacta, con un suspiro, Mia cerró la puerta tras de sí y se dirigió al tocador, se quitó la bata de seda y la dejó sobre la silla antes de sentarse nuevamente frente al espejo. Ahora, con el brazalete en su muñeca, comenzó a terminar su rutina nocturna, su reflejo la miraba con una expresión cansada, pero aún deseosa de que su esposo estuviera allí para compartir la noche. Finalmente, apagó la lámpara de la mesita de noche, apagó la luz del cuarto y se metió bajo las sábanas, el silencio de la casa la envolvía, y, aunque trató de relajarse, no pudo evitar pensar en Antoni, preguntándose si estaría bien, si habría regresado a salvo, o si algo más estaba ocurriendo que le impedía llegar a casa. Cerró los ojos con fuerza, deseando que el sueño llegara, mientras la quietud de la noche se adueñaba de la habitación, pero, en su corazón, sabía que otra vez dormiría sola, esperando con todo su ser que el día siguiente trajera consigo las respuestas que tanto ansiaba. Mia se giró por enésima vez en la cama, frustrada, miró el reloj en la mesita de noche: 1:27 a. m. Suspiró con cansancio, sintiendo la pesadez del insomnio en cada fibra de su cuerpo, no importaba cuánto intentara acomodarse, el sueño no llegaba, su mente estaba inquieta, atrapada en pensamientos sobre Antoni ¿Por qué no había llamado? ¿Dónde estaba? ¿Estaba a salvo? Se sentó en la cama, abrazando sus piernas y apoyando la frente en sus rodillas, la inmensidad de la habitación solo hacía que se sintiera más sola, el espacio vacío a su lado en la cama era un recordatorio cruel de su ausencia. No solo era la preocupación lo que la mantenía despierta, sino la frustración latente que se había acumulado durante un mes entero sin Antoni, era su esposo, recién casados, deberían estar disfrutando su luna de miel, pasando noches enteras enredados el uno con el otro, explorándose, amándose, pero en cambio, ella dormía sola, contando los días y las noches, recordando el calor de su cuerpo, la intensidad de su mirada, la manera en que la tomaba entre sus brazos como si fuera lo único en el mundo. Apoyó las manos sobre sus rodillas, cerrando los ojos y respirando hondo, pero ni siquiera el aire fresco de la madrugada podía disipar la tensión que la consumía. El deseo reprimido la hacía sentirse aún más inquieta, más impaciente, su piel extrañaba el roce de las manos de Antoni, su boca ansiaba la suya, un mes entero sin su amor, sin su toque, sin su pasión, no era justo y sentía que no podía seguir esperando, esa noche parecía que no iba a volver a casa y entonces Mia pensó que sería justo liberar su ansiedad con ella misma. Su respiración era pausada, pero dentro de ella ardía una impaciencia que no podía ignorar, un maldito mes sin Antoni, un mes de noches solitarias, de caricias inexistentes, de un deseo acumulado que la mantenía en un estado de tensión constante, cerró los ojos y, por un momento, dejó que su mente la llevara a él, a su toque firme, a su voz grave susurrándole al oído, a la manera en que la hacía suya sin dejar espacio para dudas, su mente la llevó a esas noches donde el cuidado y la delicadeza se habían olvidado, azotes, tirones de cabello, mordidas y juegos rudos de adultos. Un escalofrío recorrió su espalda y apretó los muslos, sintiendo el calor extendiéndose dentro de ella, su cuerpo lo extrañaba desesperadamente. Tomó una bocanada de aire, tratando de calmarse, pero su propia piel clamaba por algo más, quizás, solo por esa noche, podría permitirse aliviar un poco de esa tensión por sí misma, no sería lo mismo que sentir a Antoni sobre ella, pero al menos, por un instante, podría pretender que no estaba completamente sola, con un último suspiro, bajo de la cama y se deshizo del camisón que cubría su cuerpo, se sentía envuelta en el fuego de su propia necesidad y no pensaba quedarse así, entró al baño y busco una caja de madera de color n***o, al abrirla sus ojos reflejaron el destello de la seda roja con la que estaba forrado su interior y una sonrisa se dibujó en sus labios, con mucho cuidado sacó lo que iba a necesitar para preparar su cuerpo, limpiarse tal como Antoni le había enseñado para poder jugar con ella misma por un buen rato. *************************************************************************************** Las camionetas blindadas recorrían la carretera iluminada solo por la tenue luz de la luna, el motor rugía en el silencio de la noche y dentro del vehículo principal, Antoni se mantenía en calma aparente, aunque en su interior bullía la ansiedad. Un mes, un maldito mes sin Mia, apoyó el codo en la ventanilla y pasó una mano por su barba recién arreglada, se había enfrentado a enemigos, cerrado acuerdos y eliminando traidores sin dudarlo, pero nada lo ponía más inquieto que la distancia con su esposa. La extrañaba, la necesitaba, sabía que ella no estaría contenta con su ausencia, Mia tenía paciencia, pero también fuego en la sangre, seguramente lo había esperado cada noche, quizás incluso preparándole una cena que terminó fría sobre la mesa, solo imaginarlo le hacía apretar la mandíbula. El chofer habló por el intercomunicador, informando que estaban a minutos de la mansión, Antoni enderezó la espalda y se ajustó los puños de su camisa, no importaba lo que tuviera que hacer para calmar la frustración de Mia, esa noche pensaba recordarle exactamente a quién pertenecía. Cuando las camionetas atravesaron las imponentes rejas de la propiedad, Antoni solo tenía un pensamiento en mente, Mia era suya y esta noche se lo demostraría. Apenas Antoni cruzó la puerta principal, la servidumbre se alineó en el recibidor, inclinando la cabeza con respeto, el mayordomo se adelantó con un gesto solemne. — Bienvenido a casa, señor Giuseppe. — dijo el hombre con voz serena, pero se notaba un poco soñolienta. Antoni asintió brevemente, sin detener su paso, no le interesaban los saludos ni las formalidades en ese momento, su mirada se movió por la estancia con un solo objetivo en mente. — ¿Dónde está Mia? — preguntó con voz firme. — En su habitación, señor, se retiró hace un par de horas. — respondió el ama de llaves. — Debe estar con Dominique. — susurro entre dientes Camila y otra de las sirvientas le pego un codazo. — ¿Que dijiste? — el rostro de Antoni cambio completamente. — La señora perdió un brazalete atrás de su tocador, Mario estaba afuera con los jardineros y la señora recurrió a Dominique para que la ayudara a mover el mueble y recuperarlo. — explicó Marie con calma, pero dedicándole una mirada seria hacia Camila. — Pues yo no vi que Dominique saliera de su cuarto. — Camila siguió hablando. El silencio en la estancia se volvió sofocante, la servidumbre mantuvo la cabeza gacha, nadie se atrevía a respirar más fuerte de lo necesario, Antoni no dijo nada por un instante, pero sus nudillos se volvieron blancos cuando cerró los puños, un ardor frío le recorrió el cuerpo ¿Mia? ¿Con otro hombre en su habitación? No podía ser, ella era suya. Dio media vuelta y continuó su camino escaleras arriba, pero esta vez con pasos más lentos, calculados, si lo que acababa de escuchar tenía el más mínimo rastro de verdad, alguien pagaría caro por ello. El sonido de la bofetada resonó en el amplio recibidor como un latigazo, la sirvienta soltó un jadeo de sorpresa, llevándose una mano a la mejilla ardiente mientras miraba con los ojos abiertos de par en par al ama de llaves. — ¡No podías quedarte callada, estúpida! — espetó la mujer mayor con severidad, mirándola con una furia contenida — No metas cizaña donde no debes... — se arregló su ropa — ¡¿Acaso quieres causar problemas en esta casa?! — la empujo hacia un lado mientras se iba hacia la cocina. Antoni se detuvo en la escalera, observando la escena con el ceño fruncido, el ama de llaves siempre había sido una mujer recta y leal, alguien que no toleraba los chismes ni las intrigas entre la servidumbre. — Señor Giuseppe, le aseguro que la señora Mia jamás cometería una falta de ese tipo, lo que esta deslenguada insinúa es una mentira malintencionada. — dijo otra sirvienta que vio a Antoni detenerse. Antoni clavó sus ojos fríos en la sirvienta, que se retorcía nerviosa, evitando su mirada, su instinto le decía que el ama de llaves tenía razón y que la otra sirvienta decía la verdad, pero la semilla de la duda ya estaba plantada en su mente, sin decir una palabra más, continúo subiendo hacia la habitación, necesitaba ver a Mia con sus propios ojos y asegurarse de que realmente eran chismes los que acababa de escuchar. Antoni se quedó inmóvil en el umbral, su mano aún en la perilla de la puerta, los gemidos eran suaves, ahogados, pero inconfundibles, el fuego helado de la ira recorrió su cuerpo en un instante, tensando cada músculo ¿Mia? ¿Con otro? Avanzó un paso dentro de la habitación, su mirada oscura como una tormenta, la luz tenue de la lámpara de noche iluminaba la cama sola. El aire se volvió denso, la mandíbula de Antoni se tensó al escuchar los gemidos que provenían del baño, su agarre sobre la pistola se afianzó, los nudillos blancos por la presión, cada sonido alimentaba el veneno que corría por sus venas, Mia parecía estar con otro hombre, la idea lo enfureció hasta el punto de hacerle perder toda razón. Su esposa, su mujer, aquella a la que había dejado en su hogar, esperando con paciencia su regreso ¿Le había pagado de esa manera? Sus pasos fueron letales, silenciosos, con un movimiento rápido, empujó la puerta del baño y alzó el arma. La escena ante él lo dejó paralizado por un segundo, Mia estaba sola, de rodillas en la ducha, su piel estaba mojada al igual que su cabello, estaba con los ojos cerrados y sus labios entreabiertos gimiendo su nombre mientras movía las caderas con cierto desespero, su esposa jadeaba suavemente, perdida en un placer que claramente no esperaba ser interrumpido, su mano se deslizaba entre sus muslos, mientras su otra palma descansaba contra la pared de mármol para sostenerse. Antoni bajó el arma lentamente, su respiración pesada, los celos ardían en su interior, pero ahora se mezclaban con algo más potente, deseo puro y primitivo, levantó su arma y con una calma aterradora, apuntó al espejo del baño, vacío el cargador sin dudar, Mia estaba tan concentrada en lo que estaba haciendo que ni escucho el sonido de las balas chocando entre sí, dejo el cargador sobre uno de los muebles junto a la puerta y entro al baño con pasos silenciosos mientras ella continuaba con su afán de alcanzar el placer por su cuenta. Mia estaba completamente absorta en su propio placer, con los ojos cerrados y el cuerpo tembloroso mientras sus caderas se movían con entusiasmo, cuando de repente sintió unos dedos fuertes enredarse en su cabello mojado, antes de que pudiera reaccionar, un tirón firme la hizo arquear la espalda y soltar un jadeo ahogado, de rojo vio el cañón de un arma posarse en su sien. — ¿Te diviertes sola, Mia? — susurró Antoni contra su oído, su voz grave y cargada de peligro. El corazón de Mia martilló en su pecho, su cuerpo aún sensible y vulnerable, no lo había escuchado entrar, no lo había sentido acercarse, pero ahora, con su aliento cálido rozando su piel y su agarre posesivo en su cabello, todo su mundo se reducía a él y al deseo de que continuara lo que ella había comenzado. — Antoni... — su voz salió temblorosa, más por la intensidad de la situación que por miedo. — ¿Qué? ¿No me esperabas tan pronto? — él la obligó a inclinar la cabeza hacia atrás, haciéndola mirarlo, sus ojos oscurecidos ardían con una mezcla de celos, deseo y un dominio absoluto. Mia tragó saliva, su cuerpo aún envuelto en la calidez del momento y ahora también en la tormenta que era su esposo, quien en esos momentos la estaba apuntando con un arma como si ella fuese un enemigo, pero jadeó ligeramente cuando él movió el arma por debajo de su barbilla. — Yo, te extrañé. — los labios de Antoni se curvaron en una sonrisa peligrosa. — Sí, ya lo veo, pero dime, tesoro... — no aflojó su agarre y deslizó el arma por su pecho — ¿Quién te enseñó a tocarte así? — Mia sintió que su cuerpo entero se encendía y en ese instante supo que su esposo no la dejaría dormir esa noche. — Lo aprendí de ti, tú me has enseñado todo esto. — contrajo el abdomen ante lo frío del arma que iba bajando por su abdomen. — ¿Te diviertes sin mí, querida esposa? — su voz era grave, peligrosa, cada palabra impregnada de un dominio absoluto. — Estaba desesperada, me dejaste plantada esta noche después de que yo preparara uno de tus platillos favoritos. — se removió inquieta cuando el arma llegó a su vientre. — Entonces ¿Eso justifica tu infidelidad? — termino de bajar el arma y comenzo a rozarla entre las piernas de su esposa. Mia parpadeó con sorpresa, su respiración se agitó mucho más mientras Antoni la mantenía atrapada entre su agarre firme y su cuerpo un poco recostado sobre el de ella, su mirada era oscura, intensa, pero había algo más en ella, algo travieso. — Así que esto es lo que haces cuando no estoy... — murmuró, inclinando el rostro hasta que sus labios rozaron su oído — Y yo pensando que tenía una esposa fiel, pero resulta que me engaña con un montón de pedazos de plástico, imagino que esas cosas deben ser más divertidas que tu esposo, eres una descara, perra infiel. — gruño sobre su oreja con una amenaza y tiro más de su cabello. Mia abrió la boca, indignada, pero antes de que pudiera protestar, él deslizó el arma con un poco más de intensidad entre sus piernas y eso la hizo soltar un gemido, apenas puso removerse, el poco peso de Antoni sobre ella era capaz de mantenerla inmóvil. — Tsk, tsk, qué decepción... — chistó con falsa desaprobación, su voz impregnada de diversión oscura — Y yo que pensaba que me esperabas con paciencia, como una buena esposa, como una dama, pero no, te encuentro aquí, dándote placer a escondidas, como si no tuvieras marido que te complazca. — Mia sintió su piel arder por completo, una mezcla de vergüenza y deseo enredándose en su estómago, el muy desgraciado se estaba divirtiendo a su costa. — ¡No seas idiota, Antoni! — espetó, tratando de apartarse, pero él solo la atrapó con más fuerza, riendo bajo. — Idiota no, amor mío, engañado, tal vez... — fingió un suspiro de tristeza, aunque la malicia en sus ojos decía otra cosa — Tal vez debería castigarte por tu infidelidad, por ser tan sucia, tan descarada, una infiel. — saco el arma, se podía ver lo mojada que había quedado y Mia se puso roja al verla, pero se mantuvo desafiante, — ¿Y si no quiero tu castigo? — Antoni sonrió de lado, su agarre al cabello de Mia se volvió más fuerte. — ¡Oh, amor, no tienes opción! — acercó el arma a su boca y le dio una lamida, la pobre Mia casi se infarta con la imagen ante ella porque eso era nuevo. Mia entendía que todo era un juego, que Antoni solo estaba provocándola, empujándola a esa dinámica peligrosa que tanto disfrutaban, esos juegos de adultos donde las palabras de amor puro quedaban en el olvido y solo había palabras sucias, pero el nervio la estaba consumiendo viva. En esos momentos su esposo tenía una presencia tan dominante, tan intensa, que, aunque supiera que era una broma, su corazón latía como si estuviera en peligro, como si realmente la hubiera atrapado haciendo algo imperdonable. — Mírate, temblando... — Antoni sonrió con burla, deslizando un dedo por su mandíbula — ¿Es culpa del agua o de la culpa, tesoro? — Mia mordió su labio, sus ojos reflejando el torbellino de emociones que la recorrían. — No he hecho nada malo. — susurro entre dientes. — ¿Nada? — repitió él, fingiendo sorpresa — Y esos gemidos que escuché al entrar ¿Eran para quién? ¿Para el mayordomo o para los guardias de seguridad? — Mia apretó los labios, su orgullo resistiéndose a darle la respuesta que quería, pero Antoni no era de los que pedían, él tomaba — Dímelo, Mia... — su mano se deslizó hasta su nuca, apretándola levemente — O tendré que sacártelo de otra manera, sabes que soy excelente para esas cosas. — ella tragó saliva, sintiendo cómo la tensión la consumía. Sabía que todo esto era parte del juego, pero la forma en que él la miraba, como si realmente estuviera considerando hacerla pagar por su "traición", la estaba volviendo loca, sabía que Antoni era excelente para las torturas, desafortunadamente tuvo la oportunidad de escucharlo en una ocasión, lo que haría con ella para obtener la respuesta, serian muchas cosas. — Eran para ti. — Antoni sonrió, satisfecho, inclinándose hasta que sus labios rozaron los de ella. — Así me gusta, ahora, deja que me encargue de recordarte a quién perteneces y con quien debes gemir de esa forma. — se levantó con brusquedad tirando del brazo de Mia. Mia sabía que estaba atrapada en un juego de dominante y sumisa, la primera vez que le pidió a Antoni que fuera un dominante real, terminó llorando a mares, asustada por ver otro lado de su esposo y sintiendo una terrible culpa porque le gusto, sentimientos confusos que la descolocaron por completo, su pobre esposo no encontraba la forma en cómo consolarla después de haberse dejado llevar por el papel, Antoni se sintió tan mal que al día siguiente le lleno el cuarto de flores esperando que se sintiera más cómoda con todos los colores invadiendo su espacio seguro, pero fue cuestión de semanas para que Mia volviera a pedir un juego similar, desde entonces, de vez en cuando, sin decirse mucho se dejaban llevar en los papeles de dominante y sumisa, un poco de diversión al matrimonio.
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