Estrella
Debo de parecer una completa tonta para que Eliseo crea que puede mentirme así de descarado. ¿O qué, ya se le olvidó que hace unas horas me gritó que me quedaría aquí para siempre? Eso no es una broma, ni aquí ni en ningún lado. Es obvio que no piensa dejarme ir.
Lo escucho hablar bonito, queriéndome endulzar el oído, pero su voz me da escalofríos. Sé que algo no está bien. No le creo nada, aunque me jure lo que quiera. Tengo que escapar de aquí, cueste lo que cueste, porque por más que intente convencerme, yo ya le tengo miedo… y el miedo nunca miente.
Juan Pablo
He tenido unas pequeñas visiones durante esta noche, pero nomás no veo claro. Es como si el destino de mi Estrellita estuviera envuelto en una neblina que no se quiere quitar. Y eso… eso puede ser bueno. Cuando el camino está cubierto, quiere decir que nada está escrito todavía, que ella tiene la oportunidad de cambiar su suerte. Al menos ya no miro esas cosas tan feas que veía antes, esas que me apretaban el alma.
— Gracias, ancestros, por atender mis súplicas —murmuro, poniendo mis manos sobre la mesa de madera gastada—. Sé que en algo me están ayudando, aunque sea poquito.
— ¿Has visto otra cosa, Juan? — pregunta María, con los ojos rojos del desvelo.
— Pos nada claro, mujer… pero eso, créeme, es buena señal.
María suspira hondo, como si soltara un peso demasiado grande.
— Que nuestra angustia sirva de algo —dice con la voz quebrada—, por lo menos para que nuestra niña encuentre la felicidad.
— Pos sí —respondo, sintiendo que se me cierra la garganta—. Aunque nosotros ya no podamos volver a ser felices… con saber que ella está a salvo, me doy por bien servido.
Miro hacia la ventana, hacia el horizonte oscuro. Algo me dice que lo peor todavía no se ha terminado… pero también siento, por primera vez en días, un hilito de esperanza.
CIUDAD DE BUENAVENTURA
Isabel
Hoy amanecí tan cansada… más de lo normal. No sé si sea la edad o que nomás no pude dormir, porque traigo esta angustia atorada en el pecho que no me deja respirar tranquila. Me acerqué al pequeño altar que tengo junto al jardín, el que preparo todos los días con veladoras encendidas y flores frescas para mi niña. Allí está su fotografía, la Virgencita de Guadalupe y nuestro Señor Jesucristo. Cada mañana les ruego que me permitan encontrarla algún día… pero hoy mis palabras salieron más desesperadas que nunca.
— ¿Será que mi hija está en peligro? — murmuro con la voz temblorosa. — Ay, Dios mío, por favor te pido que me la protejas de todo mal…
— Mamita, ¿otra vez estás triste? — pregunta Lili mientras se acerca con sus piecitos descalzos.
— Mi cielo, discúlpame… es algo que no puedo explicar. Pero siento… siento aquí — me llevo la mano al corazón — que tu hermana puede estar pasándola muy mal.
— ¿Cómo sabes eso?
— Porque lo siento como… como si el corazón se me arrugara.
— ¿Así como cuando lo sienten apachurradito? — pregunta ella, frunciendo la nariz.
— Exactamente así.
— Entonces sí está pasándola muy mal, mamá, porque yo también lo siento.
Sus palabras me hacen temblar. La abrazo fuerte, tan fuerte como si quisiera proteger a las dos.
— Lo que más me inquieta — confieso con un hilo de voz — es que hace como un mes que traigo este presentimiento…
— Vamos a rezar para que Diosito la cuide, mamá — dice Lili, con esa fe tan pura que sólo tienen los niños —. Aunque no la conocí, yo la quiero, y quiero que esté bien.
— Mi Lili… estoy segura de que tú y ella no son tan diferentes — le acaricio el cabello con ternura. — Tienen el mismo corazón.
— Mamá… ¿qué pasa? ¿Por qué están tan tristes? — pregunta Ignacio al vernos abrazadas.
Lili levanta la mirada y responde con esa inocencia que duele:
— Es que creemos que nuestra hermana está mal… porque sentimos el corazón arrugadito.
Ignacio se acerca, nos rodea a ambas con su abrazo fuerte y protector.
— ¿Corazón arrugadito, eh? — suspira. — ¿Sabes qué pienso?
— ¿Qué? — pregunta Lili, mirándolo con ojos grandes.
— Que Dios y la Virgencita escucharán nuestros rezos… y que, donde sea que esté, nuestra hermana va a sentirlos. Y eso la va a mantener de pie.
La vela del altar titila, como si respondiera.
Y por primera vez en mucho tiempo… Isabel siente un pequeño rayo de esperanza atravesar su angustia.
Xavier
No puedo creer que hayan pasado tantos años desde que nuestra pequeña desapareció durante aquellas vacaciones. A veces siento que el tiempo se detuvo justo en ese instante… en el momento exacto en que la perdí. Me he repetido mil veces la misma pregunta: ¿por qué no la cuidé mejor? Yo debí resguardarla, yo debí protegerla… pero no lo hice.
Y ahora vivo con esta culpa que me carcome todos los días.
Isabel… mi Isabel… ella jamás me perdonará cuando sepa la verdad. Porque no importa cuánto intente disfrazarlo, porque aunque trate de convencerme de que fue un accidente… en el fondo lo sé: yo soy el único culpable.
PUEBLO DE ANDALUCÍA
Estrella
El día se me va de las manos y sigo sin encontrar otra forma de salir de aquí. Lo único que tengo claro es que, para escapar, tendré que saltar desde el segundo piso. Nomás de pensarlo me tiemblan las piernas… pero quedarme es peor.
Ojalá los ángeles me cuiden, porque yo sola no voy a poder con esto.
Por ahora, lo único que puedo hacer es fingir. Dejar que Eliseo crea que le creí todas sus mentiras, sonreírle como si de verdad estuviera agradecida por “cuidarme”. Qué absurdo… si supiera el miedo que me provoca.
Pero hoy toca actuar. Ser amable, quedita, dócil. Que no sospeche ni tantito.
Y cuando llegue la noche… cuando todos duerman… voy a huir como sea.
No puedo hacerlo de día porque me verían, y no quiero que nadie me impida escapar. Así que tendré que enfrentar la oscuridad, aunque me aterre desde niña.
Ni modo. Si quiero recuperar mi vida, tengo que arriesgarme. Esta noche será.
Eliseo
Hoy es el día.
El día en que por fin me llevaré a mi Estrella lejos de este lugar mugroso, desteñido por el olvido de Dios. Y cuando crucemos ese camino, nadie… nadie volverá a saber de nosotros. Será ella y yo, como debe ser.
Camino hacia su cuarto despacio, disfrutando el pensamiento de lo que está por venir. Quiero invitarla a almorzar, que me vea de buen humor, que confíe. Pero cuando intento abrir, la puerta no se mueve. Seguro. Desde adentro.
Frunzo el ceño.
— ¿Estrellita? ¿Estás bien? Vine para almorzar juntos.
Nada. Ni un murmullo.
¿Dormida? No. Ella siempre madruga, siempre anda dando vueltas como pajarito inquieto.
Golpeo un poco más fuerte.
— ¿Estrellita? ¡Estrella! ¡Ábreme!
El silencio me taladra la sien. Una punzada de miedo me atraviesa el pecho… miedo de que algo le haya pasado.
O peor: miedo de que me haya intentado dejar.
No. No puede. Ella no me haría eso. ¿Verdad?
Acerco el hombro a la puerta.
Si tengo que tumbarla, lo haré.
Pero yo entro.
Porque nadie me la quita.
Nadie.
Estrella
Escapar fue más sencillo de lo que pensé.
De la ventana al balcón, del balcón a la barda, y luego al tubo… casi parecía un juego. Hasta me divertí tantito. Extrañaré esa camota tan suave y cómoda, la verdad, pero pues ni modo… no me puedo quedar allí nomás para que el Eliseo me encierre de por vida.
Caminé toda la noche rumbo a la ciudad. El frío me caló los huesos, pero el miedo me hacía caminar más rápido. Ahora estoy aquí, escondida entre los árboles, esperando a que pase algún auto. No puedo arriesgarme a que mi apá o el Eliseo me encuentren; no, gracias, ¿pa’ qué quiero?
Una camioneta de carga aparece a lo lejos. Me sudan las manos. Las junto, cierro los ojos y murmuro:
— Por favor, ángeles… déjenme irme de aquí.
La camioneta se detiene.
¡Se detiene!
Es un milagro.
— Gracias, ángeles… — susurro con el corazón brincando en el pecho.
El chofer baja a revisar las llantas y luego se mete entre los árboles; seguro va a hacer sus “necesidades”. En fin… hombres. Es mi oportunidad. Me muevo en silencio y me acomodo entre la mercancía que trae. No me verá.
A los pocos minutos, escucho la puerta cerrarse y el motor encenderse. La camioneta arranca, se mueve… y yo por dentro estoy rogando para que vaya rumbo a la ciudad.
O a donde sea.
Con tal de que sea lejos.
Muy lejos.
Y que pueda empezar una nueva vida.
Eliseo
¡No puede ser que la Estrella se haya escapado!
¿Cómo pude ser tan estúpido? ¡Tan confiado! Todo por pensar que ella ya había entendido que su lugar era conmigo. Pero no… claro que no.
Aprendió a esconderse, a mentirme, a moverse sigilosita como si yo no la conociera.
Aprieto los puños. Siento la rabia subirme hasta la cabeza.
No me importa lo que tenga que hacer.
No me importa a quién tenga que preguntarle, ni por dónde tenga que buscar.
¡Te encontraré, Estrella!
¡Te voy a encontrar!
Y cuando lo haga… ya nunca vas a poder escaparte de mí. Nunca.
Porque tú y yo estamos destinados. Eso tú todavía no lo entiendes… pero lo vas a entender.
Juan
Ahora sí estoy viendo claro… mi muchachita está en la ciudad.
— ¡María, María!
— ¿Qué pasa, Juan? No me asustes.
— Ahora sí la veo clarito, mujer. Nuestra niña anda en la ciudad, sana y salva.
— Ay, Juan… yo no creo poder vivir sin ella. Tú sabes que desde que llegó a nuestras vidas me robó el corazón.
— Lo sé, mujer, lo sé…
— Apá — interrumpe Changel — ¿y por qué no seguimos el ejemplo de Estrellita y nos vamos pa’ la ciudad también? Estando allá podremos buscarla.
— Pos es que yo no sé qué haría allá sin mis gallinas y mis…
— ¡Los vendemos y nos vamos, Juan! — dice María de golpe — ¡Así nomás!
— Pero pos tú siempre quisiste tener animalitos, ¿qué no? Y allá no vas a poder…
— ¿Y qué tiene? Mi Estrellita es más importante que todos esos animales juntos.
— Ándele, apá — insiste Changel — allá yo sí podré ir a la escuela.
Juan se rasca la cabeza, resignado.
— Pos ta’ bueno, pues… pero hay que hacerlo bien. Tenemos que vender todo y comprar una casita allá. ¿O dónde piensan vivir? Ni modo que abajo de un puente.
De pronto, María se pone a llorar.
— ¿Y ahora tú, por qué lloras, mujer?
— Pos es que… estoy pensando que a lo mejor la Estrellita sí está viviendo abajo de un puente, Juan…
— ¡No, amá! — dice Sofía, abrazándola — La Estrellita es muy lista. Ya verá que a estas alturas ella ya encontró dónde vivir.
— Sí es cierto, amá — agrega Changel — acuérdese que desde bien chiquita siempre fue bien creativa y trabajadora. A lo mejor vive mucho mejor de lo que pensamos… y usted aquí preocupándose nomás.
María se limpia las lágrimas, aunque todavía respira hondo.
— Pos ojalá que así sea, Diosito quiera.
Eliseo
He salido a buscarla en el carro, esperando encontrarla igual que anoche. Es imposible que se haya ido tan pronto… ¡no puede ser! Ya empecé a beber desde hace rato y creo saber dónde está. Ahora mismo voy a exigirle cuentas al viejo Juan. Ese ignorante no va a hacerme ver la cara de idiota.
Llego a su casa y empiezo a tocar la puerta con desesperación, casi a golpes.
— Joven Eliseo… — intenta saludarme, pero no lo dejo ni hablar.
— ¿Dónde está Estrellita, don Juan? Necesito su respuesta ya.
— Eso será imposible, muchacho — respira hondo — porque mi hija no está. Huyó hacia no sé dónde desde antier que la andábamos buscando. ¿Te acuerdas?
— ¡A mí no me venga con ese cuento, don Juan! ¡Yo sé que usted la está escondiendo y quiero verla!
— Ya te dije la verdad — su voz tiembla un poco, pero trata de mantenerse firme — pero si no quieres creerme, ese ya es tu problema.
Lo aparto de un empujón, sin miramientos, y me meto a su pobre y fea casa para buscar por mi cuenta. Abro puertas, muevo cosas, reviso cada rincón.
— ¡Estrellita! — grito como loco — ¡Sal de donde estés!
Changel
Este tipo no va a venir a mi casa a gorrear ni a tratarnos como se le dé la gana. ¿Pos quién se cree?
— ¡Basta ya, Eliseo! ¡Te me vas ahorita mismo de aquí! — lo agarro del brazo como puedo, nomás para alejarlo de mi apá.
— ¡Tú no me toques, imbécil!
— ¡Entonces lárgate de mi casa! — le suelto, plantándome firme.
— ¡Tú no me vas a dar órdenes! — escupe, oliendo a alcohol desde un metro.
Este tipo, además de maleducado, es un borracho de lo peor. Ni modo, don Arnoldo… su hijo se lo buscó.
— ¡Vete o te saco a patadas! — le advierto, ya harto.
— A ver… maldito pobretón.
Ya sacó boleto.
Juan
Mi muchacho ya se agarró a golpes con el Eliseo… ¡me lo va a matar! Y si eso pasa, la visión que tuve se hará real. No puedo permitirlo. Quizá no hoy, pero ese muchacho es muy rencoroso; sé que va a quedarse esperando el momento para atacar por la espalda. Definitivamente tenemos que irnos de aquí para siempre.
— ¡Respeten mi casa, por favor! ¡NO!…
Me meto entre los dos como puedo, aunque sé que cualquiera de los dos me puede tumbar de un empujón. Pero prefiero eso a ver a mi hijo en desgracia. Eliseo está fuera de sí, con los ojos rojos por el alcohol y el coraje, y mi Changel nomás lo sostiene por pura rabia acumulada.
— ¡Ya, Changel, ya! ¡Suéltalo! — le grito, empujándolo del hombro.
— ¡Apá, este desgraciado vino a gritarnos como si fuéramos basura! — responde mi muchacho, sin dejar de forcejear.
— ¡Les voy a destruir la vida, Juan! — amenaza Eliseo, escupiéndonos al hablar — ¡A ti, a tu hijo, y a la maldita Estrella cuando la encuentre!
Sus palabras me atraviesan como cuchillo. Sí, este pleito no se acaba aquí… y si nos quedamos, nos va a costar caro.