Capítulo 03: Mi compañero de trabajo.

2748 Words
Dayana. Mi nombre es Dayana, y era una mujer que apenas estaba entrando a los treinta y la verdad era que estaba completamente loca por uno de mis compañeros de trabajo. Desde que le conocí hace años atrás en el banco, quedé fascinada por su cabello bajo, sus ojos color miel, su barba recortada y ese notable paquete que se le marcaba sin tener que mirar a su entrepierna con mucho esfuerzo. Todavía no sabía lo que tenía ese hombre, pero me había enamorado de él desde que comencé a trabajar en el banco. Y sin darme cuenta, cada vez nuestro amor se hizo aún más imposible. Por eso me limitaba a mirarlo de lejos, y a recordarme durante cada día que él jamás sería mi hombre. El verle todo el día en el trabajo hacía que me estremeciera con facilidad, observarlo a la distancia me enloquecía, quería tenerlo para mí y no compartirlo con nadie. Pero estaba segura de que eso sería mucho pedir, y que ésto era la vida real. No un absurdo cuento de hadas. Sin embargo, hoy era mi último día trabajando en el banco, ya había puesto mi carta de renuncia debido a que me mudaría a otra ciudad y estaba segura de que no volvería a ver a mi compañero de trabajo. No volvería a decirle los buenos días. No volvería a tomar café con él. No volvería a fijarme cómo se le marcaba la polla en esos pantalones. No volvería a suspirar como una adolescente quinceañera cuando salía de mi oficina después de haber tenido una charla laboral conmigo. No volvería a verlo todos los días. Por eso había decidido arriesgarme en la salida. No estaba segura de lo que haría, y las consecuencias que eso conllevaría. Pero necesitaba hacerlo, y si él terminaba odiándome al menos lo había intentado y le había demostrado lo que tanto oculté por muchos años. Porque por primera vez después de tanto tiempo, estaba decidida en hacerle el amor a como de lugar esta noche. La hora de salir se acercaba, puesto que la noche estaba cayendo en la ciudad. Miré mi reloj de mano impacientemente, y como había terminado primero que él decidí hablarle enseguida que alguien más lo hiciera y me ofrecí a llevarlo porque su coche estaba descompuesto. Por eso ahora me encontraba dentro de mi auto, respirando hondo y tragándome los malditos nervios. Estaba revisando mi maquillaje, mi cabello, acomodándome el uniforme del trabajo, porque quería lucir preciosa para él. De repente, empezó a caer una lluvia moderada, y en ese instante él salió del edificio y caminó por el estacionamiento para acercarse a mí. Le veía caminar hacia mí con esa seguridad encantadora que me gustaba en un hombre. Lo saludé de nuevo, aunque pasaron veinte minutos desde que yo salí del trabajo, lo extrañé con toda el alma. ¿Cómo haría cuando ya no lo tuviese que ver de nuevo? - Vámonos- me dijo en el momento que se subió a mi co-piloto, meneando su cabellera un poco mojada por la lluvia-, y perdón por la demora, tenía que arreglar unos papeles- se disculpó de una manera adorable, y yo no hice más que contestarle que no importaba y empezar a conducir por las mojadas calles de nuestra ciudad. La noche comenzó a caer con mucha más rapidez, hasta que el cielo estuvo n***o y la lluvia no hacía más que empeorar. Yo me encontraba con las manos rígidas en el volante, y él estaba mirando por el vidrio como la tormenta se estaba estrellando contra mi coche. Parecía concentrado en lo que hacía, y aunque quería que voltease a mirarme no sabía cómo llamar su atención, y por eso dí gracias cuando lo vi pronunciar con cierta melancolía: - Guau… No puedo creer que te vas del banco. - Hoy era mi último día- asentí, con cierto dolor en cada una de mis palabras-, pero debo seguir adelante. ¿No crees? - Y eso es lo que siempre me gustó de ti, Dayana- él me respondió, volviéndose hacia mí y mirándome con un brillo en sus ojos-. Eres una mujer tan emprendedora y segura que tengo la certeza de que cualquier hombre sería afortunado de tenerte. Mis manos se apretaron un poco al volante, sentí como el calor subía a mis mejillas y que estaba a punto de pisar los frenos para volverme hacia él y robarle un bendito beso al menos. Porque no le volvería a ver. - ¿Realmente crees que soy una buena mujer…?- susurré de manera nerviosa, mordiéndome el labio sin apartar la mirada del camino, y entonces sentí como él colocaba una de sus enormes manos sobre mi rodilla desnuda, puesto que el uniforme de las mujeres consistía en usar faldas de secretarias. - Pienso que, como dirían los jóvenes… Eres un partidazo- le escuché decirme de una manera adorable, y mi corazón latió fuerte en mi pecho. «Tienes que besarlo, Dayana.» «¡Tienes que atreverte a hacer algo!» - ¿Puedo hacerte una pregunta…?- dejé escapar de mis labios, mientras que podía sentir como los dos estábamos dándole una atmósfera melancólica a nuestra despedida. - Desde luego que sí. - ¿Vas a extrañarme? Me sentí como una completa idiota cuando le pregunté aquello, pero si me iba a mudar a otra ciudad al menos necesitaba saber sí él también me extrañaría tanto como yo lo haría. - ¿Te importa saber eso, Dayana? - Me importa muchísimo- asentí, sintiendo como una terrible tristeza me estaba invadiendo y como no hice más que sonreír para no llorar-. Me importa saber lo que piensas de mi renuncia… Entonces ninguno de los dos dijo nada en ese momento, que sentí ligeramente incómodo, hasta que él me apretó suavemente la pierna con su mano, haciéndome sentir una corriente eléctrica por todo el cuerpo. - Claro que te extrañaré- susurró, y por el rabillo del ojo vi como desviaba el rostro hacia otro lado de manera tímida-. Sabes que nunca tendré una conexión con alguien que también sea fanático de la cafeína. Los dos nos echamos a reír, y sin darme cuenta había bajado una de mis manos del volante y la había colocado sobre su mano. Él se quedó callado, y de manera instantánea los dos entrelazamos nuestros dedos sin decir mucho. Hasta que en medio de la avenida lluviosa rumbo a su hogar, yo le pregunté: - ¿Tienes que regresar a casa temprano? - Sabes que salí más temprano de lo normal- me contestó, y yo sentí como estaba decidida en cumplir mis fantasías, y como él parecía querer quedarse conmigo durante unas horas. Y nada más me bastó eso para que estuviera decida, y en vez de tomar el camino hacia su departamento. Conducí por un camino contrario, y noté como él estaba ligeramente confundido, mientras que nuestras manos seguían entrelazadas de una manera bonita. Él no cuestionó cuando conduje hacia otro lugar, y yo comencé a maquinar lo que pasaría a continuación. Dándome valor para continuar como la segura mujer que era. Además, su mano seguía entrelazada a la mía, y no quería sonar como una egocéntrica, pero no cualquier hombre maduro haría eso con una mujer. Y extrañamente, comencé a pensar que los dos estábamos seguros de lo que pasaría…. Y de lo que yo quería. De camino al lugar que tenía en mente bajaba la mirada de vez en cuando hacia nuestras manos, observando lo preciosas que se veían las de él, me gustaba el pálido de ellas y las venas que se mostraban. Sus dedos eran largos, y estaba segura de que cada uno de ellos... Entraría en mí. «Dayana no pienses en eso», me maldije cuando sentí como mi coño bombeó en ese momento, y mis bragas se comenzaron a mojar. - ¿A dónde vamos?- de pronto él me preguntó, mientras que yo estaba bajando calle abajo. Con mi otra mano apreté el volante, y dejando de estar con todos los rodeos posibles, respondí: - A buscar un lugar privado. Él no me respondió, pero por el rabillo del ojo vi como estaba sonriendo. Conduje durante unos cinco minutos hasta que encontré una calle poco iluminada, sin pavimento, escondida entre sombras, la lluvia comenzó a intensificarse. Me estacioné como pude (era primeriza en eso de conducir), y al momento de hacerlo, sumergiéndonos en esa penumbra, sentí como de pronto él tomó mi cara entre sus manos y me acercó a la suya con necesidad, besándome con una locura que hizo que inmediatamente me mojara. Entonces me quedé abrumada por su beso, y me separé de sus labios, colocando mis manos sobre su pecho, tartamudeando: - ¿Qué… Qué estamos haciendo? Su mirada era oscura, y podía ver como claramente él también había estado deseado esto desde hace mucho… Y que tenía las misma intenciones que yo. - Mañana no te volveré a ver, Dayana...- él susurró cerca de mi boca, agregando-: Así que dejame hacerte el amor esta noche. En ese momento volvimos a besarnos suavemente en medio de la penumbra de ese callejón, escuchando como afuera no dejaba de caer la tormenta. De pronto, comencé a sentir como no podía esperar para tenerlo dentro de mí. Y lo mucho que lo estaba deseando. Su voz entrecortada me sugirió pasarnos a la parte trasera de mi auto, la lluvia seguía y los cristales estaban empañados. Mi corazón estaba acelerado hasta más no poder, y creo que me había vuelto un ligero manojo de nervios, pero le copié cuando él comenzó a pasarse hacia atrás. Y cuando se sentó en los asientos, yo lo hice encima de él, con las piernas abiertas, expuesta y con el coño húmedo. Me rodeó con sus brazos y siguió besándome desesperadamente, cada beso me robaba más y más el aliento; con una de sus habilidosas manos levantó mi blusa, miró mis senos, comenzó a besarlos por la orilla del brasier, yo lo miraba desde arriba, incrédula de poder sentir tanto placer sólo con verlo. Podía ver como claramente estaba fascinado por mis tetas, pues parecía un pequeño con juguete nuevo… ¡Y no quería que este momento se terminase nunca! Debajo de mí empecé a sentir cómo su pene se endurecía a través de la ropa y que pareciera que fuese a romper la tela. Me levantó un poco para permitirle que se bajara el pantalón y el bóxer. Mientras, que yo me subía la falda hasta arriba y me bajaba las bragas, deslizándolas rápidamente por mis piernas. Entonces los dos nos vimos con miradas cachondas y húmedas en medio de la penumbra lluviosa, y de esa manera yo terminé sentándome encima suyo de nuevo, tragándome su v***a con el coño y estallando en un orgasmo de placer cuando él me penetró de una sola vez y de golpe. Su pene se abrió camino en mi interior empapado de sensaciones. Mientras con sus manos, liberaba mis senos del brasier. Mis tetas estaban saltando debido él me follaba debajo de mí como un animal, entrando y saliendo de mí aceleradamente. Tanto así que podía escuchar como se oía el sonido de nuestras pieles chocar. Mis pezones estaban duros de tanta excitación cuando él comenzó a morderlos, chuparlos, eché mi cabeza hacia atrás y me entregué de forma total a ese mar de sensaciones. Estaba literalmente chorreando, sus manos me recorrían todo el cuerpo y sentía cómo su polla se ponía cada vez más gruesa y grande dentro de mí. Empujando con sus caderas de una manera violenta, perforándome el coño como una bestia. Los dos estábamos gimiendo en descontrol, y yo estaba completamente empapada. Estábamos en un vaivén de sentimientos que habíamos tenido hacia el otro durante muchos años, y por primera vez los estábamos sacando a la luz. Él entonces controló el ritmo de las penetraciones, me besó el cuello, y me apretó las nalgas con sus enormes manos, ronroneando roncamente: - Te amo Dayana, y jamás te olvidaré...- soltó con la respiración agitada, subiendo y bajando con sus caderas debajo de mí. - ¡Yo también te amo…!- le contesté en un grito descontrolado, sintiendo como justo en ese momento sentía un orgasmo delicioso, puesto que él me había sujetado fuerte de mis hombros y me había empujado hacia abajo para que su polla se hundiera por completo dentro de mí de tal manera que llegó más profundo en mi coño. Solté un gemido descontrolado, y terminé dejándome llevar por el orgasmo de una manera divina… ¡Me vine con ese hombre hombre celestial! ¡Mi compañero de trabajo me había echo venir! Y como sabía que estaba a punto de acabar también, me levanté de su regazo húmedo, escuchándose un “plop” cuando saqué su v***a de mi coño. Entonces me puse de rodillas entre sus piernas, tomando su polla erecta con mis manos, estaba dura como roca y en su máximo esplendor. Podía ver como muchas venas sobresalían, lo circuncidado que estaba, y todo ese precum que estaba escupiendo de su enorme cabeza de hongo. Entonces cuando vi ese rostro de orgasmo en su cara, abrí la boca y me lo tragué, logré expandir el espacio en mi garganta y como él no tenía una polla monstruosa metí todo dentro de un bocado. Deleitándome del adictivo sabor que su pene tenía, sentir la piel delicada y sus venas me provocaron un cosquilleo en la boca excitante. Lo recorrí por completo con mis labios y mi lengua jugueteaba con la punta de su cabeza en forma de hongo, percibí unas gotas de líquido agridulce, así que lo succioné un poco y levanté la mirada mientras que le hacía garganta profunda. Él estaba gimiendo gruesamente, y lamentablemente fue poco lo que pude ver en medio de la penumbra del coche. Pero su expresión de placer me mataba. Por eso me incorporé cachondeada, y me pare sobre los asientos, lo tomé por la cara de manera dominante y lo acerqué a mi clítoris para que me mamase el coño. Era una maniobra casi circense, por aquello del poco espacio en el coche. El ambiente era tan primitivo, tan s****l, los vidrios estaban totalmente empañados y no cesaba la lluvia. Y en cuanto su boca tocó mis labios vaginales, las sensaciones me invadieron y de nuevo tuve un orgasmo. Sabía lo mucho que le encantaban mis gemidos y por eso no dejé de gritar de placer, mientras que su lengua ávida me recorría de arriba hacia abajo todo el coño. Con una señal, le pedí que metiese su caliente lengua lo más profundo que sea posible, y él obedeció… ¡Este hombre me encanta! Con mis dedos tomé su cabello, queriendo hundirlo en mí y que jamás pudiera escapar, quería tenerlo todas las noches del resto de mi existencia a mi lado, y estaba segura de que jamás dejaría de amarlo. Su boca desesperada por comerme el coño hizo un sonido delicioso, y desde donde estaba la vista era maravillosa. Su polla estaba cada vez más hinchada, mucho más precum estaba escupiendo del orificio de su cabeza, y pronto empecé a escuchar sus gemidos con cada lengüetazo. - ¡Ah, mierdaaa! ¡Voy a correrme, Dayana!- gimió descontroladamente, y entonces comenzó a masturbarse rápidamente, tirando de su polla como un animal hasta que salió todo ese delicioso chorro de semen, en varias tiras que cayeron alrededor de nosotros y en mis piernas. Era demasiado espeso, y estaba caliente. Mi compañero de trabajo se recargó por completo de su asiento, y yo descendí hasta caer de nuevo sobre su regazo, y reposar sobre su pecho entre jadeos de excitación. Los dos estábamos exhaustos después de haber estado follando duro durante casi una hora y media. Aún seguimos agitados, y entonces comenzamos a reírnos de nuestra aventura y de mi fantasía cumplida. Él era lo mejor que me pudo suceder, y por eso después de tantas risas los ojos se me humedecieron y comencé a llorar en su pecho como una niña desconsolada. Porque él no era tan joven como yo, mi compañero de trabajo era un cuarentón que ya había hecho su vida antes que yo apareciera en la suya. Era un hombre casado, con cuatro hijos y uno en camino. Mientras que yo me había comprometido con un hombre que no amaba, y con el que me casaría al llegar a la otra ciudad. Mi compañero de trabajo y yo nos amábamos, pero nuestro amor jamás sería correspondido.
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