A fuerza, ni los zapatos entran.

1306 Words
En el hotel, al llegar la pareja, por petición de don Félix, ya un grupo selectivo de empleados ya los estaba esperando. Los empleados seleccionados para servir al matrimonio recién llegado, los dirigió a la habitación principal del hotel. A Álvaro le gustó mucho el trato tan especial, se sentía como nunca, se sentía espléndido y muy importante en su papel de esposo de Lana. Álvaro miró a Lana con un poco de sensación de coqueteo, pero vio en ella demasiado desinterés. Nunca una mujer lo había tratado así de menos, por lo que su corazón se llenó de rabia. —Lana —llamó por su nombre, ella volvió para mirarlo y con cara de pocos amigos, preguntó. —¿Quieres algo más de mí? —Álvaro se sintió otra vez frustrado. —Somos esposos, y podríamos nosotros … —Ser … —Estamos jóvenes y … —¿Qué con eso? —Lana reprimió las ganas de pelear. Ya habían llegado a su Suite, así que Lana entró primero. Álvaro la siguió de cerca. —¿Te habían dicho lo bella que eres? —Álvaro trató de enamorarla. —Mm, no —respondió Lana. —En serio me gustas mucho. —parecía que Álvaro probaba terreno con Lana. —Podríamos intentar esta relación. —No quiero ser tu pareja. —respondió tajantemente Lana. —Solo acepté casarme contigo para complacer a mi padre. —la cara de Álvaro enrojeció de ira. —Entonces, siendo así, deberías continuar tratando de agradar a tu padre al pie de la letra. —Quiere nietos, y lo sabes, y ya que estás tan dispuesta a complacerlo, porque no nos ponemos manos a la obra —dijo Álvaro con toda la intención. Dicho eso, Álvaro la tomó de los hombros y la acercó a él. Lana empujó a como pudo al hombre alto y fuerte, pero su fuerza sobrepasaba al de él. —No te atrevas, Álvaro —por mas que Lana empujara lejos de ella a Álvaro, mas se afanaba Álvaro. Al punto de pasar algo entre ellos, la habitación fue interrumpida por tres empleados que traían sus equipajes. Lana fue salvada por el momento. Álvaro miró a Lana con disgusto y dijo: —No siempre estaré disponible para ti, recuerda eso. Por esa noche, Álvaro se fue de la suite y lo pasó fuera a como quiso. Lana no lo llamó, no lo buscó, pero todos en el hotel hablaban acerca de la pareja de recién casados en su luna de miel. Después de tres días en el hotel, Álvaro al fin regresó a la habitación compartida, Lana estaba en la terraza. Álvaro llegó, y se fue directo a la ducha, seguía enojado con Lana. Ninguna mujer lo había despreciado como ella lo había hecho. El móvil de Álvaro sonó. —¡Álvaro, donde te has metido! —Álvaro estaba sorprendió con la llamada de su padre. —Pues aquí en mi luna de miel —respondió. —Estás en la sección de los chismes, la prensa amarillista te tiene en primera plana —dijo don Adolfo. —Papá, no sé que esta pasando —Álvaro quiso ocultar su tres noches de juerga, pero su padre ya sabía todo, y no solo su padre, sino toda la ciudad donde vivían. —Bueno, Lana me rechazó, no quiso nada conmigo, por eso fui a divertirme por allí, eso fue todo, no es para tanto. —Álvaro minimizó su mal comportamiento. —¡Arregla esto! —ordenó don Adolfo. —Tu eres el hombre, no puede ser que te dejes mangonear por una mujer frágil y tan joven como Lana —extenuó Adolfo sus propios deseos. —Ella no se manda sola. Tu debiste tomarla y ya, nadie te iba a acusar de abusar de ella, ella es tu mujer. —mientras Adolfo hablaba, se sentía la rabia contenida hacia su nuera. —Está bien, papá. De hoy no pasa que la tome a la fuerza. —prometió Alvaro dejando más tranquilo a su padre. En Arandas, Beatriz quien estaba al lado de Adolfo, sintió nauseas de escuchar la conversación entre su marido e hijo. —Adolfo, no puedes dar esa clase de consejos a tu hijo. —Ese matrimonio se va venir abajo si Alvaro empieza a tratar mal a su esposa —Beatriz quería que su hijo tratara bien a su esposa y que por ende, ellos fueran felices. —¡Cállate, cállate! —Abres la boca y solo dices tonterías, mujer. —regañó Adolfo. —Te digo la verdad, Alvaro debería tratar bien a Lana, así ella se enamorará de él y con el tiempo serán felices. —¡Jah! —¿Todo eso va a ser cuando ? ¿Cuando a la señorita Rangel le dé la gana? —Pues no, las cosas no son así. A las mujeres como tú, o como Lana, hay que ponerles riendas desde ya. —Adolfo agarró a Beatriz del pelo y la tiró al suelo. —Si sigues hablando a favor de esa zorra, tu serás quien reciba los golpes que a ella no se le a dado. En la hacienda “Las Rosas” don Félix miraba hacia el cielo despejado. Había visto lo que la prensa amarillista había publicado. No llamó a Álvaro, pero se reservó el sabor amargo en su corazón. De vuelta en Cancún, Álvaro salió de la ducha y miró a Lana en la terraza. Ella traía un vestido largo, holgado y con abertura en las piernas, se veía la piel radiante de ella y su cuerpo bien formado. Álvaro tragó saliva, pues sentía ese ardor punzante de tomar a Lana y hacerla suya. Lana se dio cuenta de la mirada lasciva que Álvaro le tendía a ella. Por eso, al estar sola estos últimos tres días, Lana se sentía muy bien, un poco preocupada, pero en paz, porque no sabía en qué momento Alvaro aparecería para acabar con su tranquilidad. —Ya volví —dijo Álvaro acercándose a Lana. —Si, ya me di cuenta —respondió ella. —¿No te importa dónde estuve ni con quién? —Realmente, no. —Lana fue sincera al responder. —¿Porque te crees demasiado? —preguntó Alvaro. —Me rechazas porque crees que no soy digno de ti —dijo Alvaro mirando a Lana peligrosamente. —No es así. Creo que para todo hay procesos. Para mí tú eres un completo desconocido. —Entonces, ¿es eso? No nos conocemos, y luego ya somos conocidos, y pum pum pum. Listo. —las palabras de Álvaro eran insinuantes. —No tienes que complicarnos la vida, señor Álvaro —dijo Lana retrocediendo atrás. —Quiero, exijo mis derechos —engulló sus palabras Álvaro. —¿De qué derechos habla? —Pues los que me da el derecho a cogerte —respondió Álvaro dejando caer la toalla que traía. —¡No te atrevas Álvaro! No quiero estar contigo. —¿Cuando entenderás? ¡Tu padre te ha estado enseñando en todo este tiempo! —el rostro de Lana se llenó de ira, pero palideció. —¡No metas a mi padre en esto! —Lana habló atragantándose a grito silencioso. —¡Eres mujer! No estás por encima de mí. Es más, ahora yo soy tú dueño.—Álvaro ratificó sus palabras. —Nadie es dueño de nadie. No me digas que vives con una mente retrógrada. —Digas lo que digas, hoy te voy a saborear, y después decido si vales la pena probar de vez en cuando. Lana casi quería llorar, cuando aceptó casarse, para complacer a su padre, no esperaba que su vida fuera un infierno. Sobre todo, veía a Álvaro desnudo delante de ella, Álvaro la tomó en brazos la llevó a la cama y la dejó caer sobre la amplia cama.
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