El principio del fin

1377 Words
Los gritos de Lana se hicieron ecos, la habitación era la suite principal del hotel Hilton. Nada de lo que pasaba dentro, podía saberse o ser escuchado por otras personas. Álvaro rasgó el vestido de Lana en pedazos, su mirada se ensanchó más al ver la piel suave y radiante de la chica, su toque lo volvió todavía más loco. Pues Lana era como el mejor tesoro sin ser manoseado por nadie. —Mía, eres mía y de nadie más —gruñó Álvaro. Mientras ya había empezado a besar a Lana por doquier. —¡Suéltame! No me toques —gritaba Lana. Sus puños terminaban sobre coraza fuerte. Álvaro sentía mucha más excitación al ver el rechazo que ella le hacía. No pasó mucho antes que el hombre le abriera las piernas a la joven para introducir su gaver en su flor. Lana se sintió ultrajada, invadida su privacidad personal, pues ella no le había dado consentimiento a este hombre de tomarla así sin más. Pronto Álvaro, quien ejercía fuerza y tracción sobre Lana, pues la penetraba sin descaro alguno, le daba duro, hasta que vio que ella empezara a desangrar abundantemente. Álvaro se asustó y se apartó de ella, aún en el estado en que estaba Lana, Álvaro todavía hizo un comentario despectivo. —No aguantas nada. Se ve que no eres mujer a mi medida. —No soy mujer para un Neanderthal. —¡Me das asco! —gritó Lana. Como viera que Lana seguía sangrando, Álvaro le dijo: —Vete a una clínica, no vaya a ser que tu padre me culpe de tu muerte. —Sería mejor destino morir. —respondió Lana con lágrimas en los ojos. Pronto llegó un equipo de médico y enfermera para revisar a Lana. Ella se sentía vulnerable y adolorida. Álvaro que seguía en la habitación, dijo: —Doctora, por favor revisa a mi esposa, no me contuve y ya sabes, ella aún era virgen —esto último lo dijo como en tono burlón. Después de un momento, la doctora dijo: —Le rasgaste su parte íntima. ¿Acaso no escuchaste que ella dijera parar, ya no más ? —Doctora, ¿quién puede detener cuando las ganas están acumuladas alli? —Un buen esposo lo haría —dijo la médico. —O el hombre que ama a su esposa —respondió Lana mirando con odio a Álvaro. —¡Basta! —dijo Álvaro. —¿Acaso me quieren hacer sentir culpable? —No tengo la culpa de tenerlo tan grande —lo último lo dijo con una sonrisa en el rostro. —¿De qué sirve tenerlo grande como insinúas, si para complacer no te sirve? —enseguida el rostro de Álvaro se puso rojo de rabia. —¿Quieres que te agarre de nuevo y te lo demuestre? —sus palabras eran puras amenazas, por lo que la doctora miró a Alvaro y luego a Lana y dijo: —No puedes tener relaciones sex4uales, al menos por los siguientes diez días. —Y … las relaciones sex4uales deben ser consentidas, no impuestas. —miro a Lana con determinación. Seguramente, para la doctora, Lana era una adolescente, pues aparentaba tener sus quince años. Lana asintió y se agachó. Cuando el equipo médico se fue, Álvaro se acercó a Lana y le dijo: —Más vale que eso se te cure ya, no pienso esperar diez días para cogerte debidamente. —dicho eso, le lamió la cara a Lana, ella se sintió terrible. Después de ese incidente, ya no tenía lógica quedarse en Cancún. La pareja regresó a la Ciudad de Arandas. En cuanto volvieron, Don Félix salió a felicitar a Alvaro. Lana estaba asqueada de la actitud de su padre, pues Félix había oído que Lana fue rasgada íntimamente al tener relaciones con Álvaro. Álvaro se instaló en la misma habitación que Lana, era un hombre a quien no le importaba la opinión de Lana. Pronto la visita de Aura llegó a ser más frecuente. Lana podía darse cuenta que entre Álvaro y Aura había algo, pues más de una vez los encontró susurrando, muy cerquita uno del otro, además, que la actitud de Aura era muy sospechosa. Aura veía a Lana por debajo del hombro, como queriendo burlarse de ella, sin llegar a hacerlo abiertamente. Don Félix, quien mas sabía por viejo que por diablo, también se había dado cuenta que entre Álvaro y Aura había algo. Sobre todo, que esto estaba pasando apenas en el primer trimestre de matrimonio de Lana y Alvaro, por eso mismo, Félix llamó a Álvaro lejos de la hacienda y le tocó el tema. —Álvaro, aunque tener una amante aparte de mi esposa, nunca fue un deseo mío, entiendo que algunos hombres si les gusta y lo hacen. —Pero, no deberías permitir que tu amante visite el hogar de ustedes dos. —enseguida Álvaro se sintió molesto. El dijo con suficiente entereza que creía tener. —Todo es culpa de tu hija. —Si ella me diera todas las noches lo que quiero, yo no estaría viendo a otra mujer. —el descaro de Álvaro era tal, que creía que podía justificar sus actos malvados. —Dije que entendía tu postura, pero no se trae a la otra al hogar. —repitió Félix. —Le di la opción a tu querida hijita, y ella prefiere que yo haga lo que yo quiera, solo por no dejarse tocar por mi. —¿Crees que me importa si ella se siente mal porque mi querida Aura venga hasta donde mi? —dicho eso, Álvaro ladeó con una sonrisa brusca y se fue a grandes zancadas dejando atrás a su suegro. Don Félix, que más de tres meses después del casamiento de su hija, veía perderse La Paz en su hogar, ver a su hija siendo más infeliz que nunca, por primera vez se sintió perdido. “Rosa, he fallado de nuevo” dijo limpiando una lágrima de sus ojos. “Tu hija es una mujer muy infeliz, el yerno que elegí, no debía ser él, quizás” Félix empezó a darse cuenta acerca de cambios en varios de sus negocios. Álvaro había pedido llevar el control hacía ya dos meses atrás. Félix con gusto había aceptado su petición, pero se había dado cuenta que los números habían empezado a bajar considerablemente. Félix suspiró pensativo, había considerado a Álvaro su mano derecha, e incluso, él era el hijo que no pudo llegar a tener, pero ahora debía levantar la guardia con respecto a él. ¿Era demasiado pronto para sospechar de Álvaro? Con este pensamiento, don Félix consideró que debía esperar unos meses más para ver si las cosas mejoraban en los negocios. Lana, estaba en el piano cuando don Félix entró, para no molestar a su padre, Lana siempre rehuía de la presencia de su papá, por eso al ver que él llegó, Lana se levantó para subir a su habitación. —No tienes que irte —dijo don Félix. Lana quedó sorprendida, su padre no le dirigía la palabra, pero hoy le había dicho que no tenía que marcharse ante su llegada. —Papá, no quiero molestar. —Puedes tocar esa melodía que le gustaba mucho a tu madre —pidió don Félix. Asombrada ante la petición de su padre, Lana dudó un poco. Panchita le hizo señas de que se sentara y tocara la melodía. Para Panchita, tarde que temprano, padre e hija debía hacer las paces y llevar la fiesta en paz. Finalmente la melodía resonó en toda la sala, don Félix se sintió abruptamente en paz y disfrutando de la canción tocada por su hija. En verdad esto era lo máximo, pensó don Félix, pero se dio cuenta que no podía decirle a su hija lo bueno que tocaba el piano y la melodía, las palabras se le trabaron en la garganta. Don Félix miró a Lana por primera vez con mucho orgullo. Lana pensó que su padre la observaba con el ojo del látigo, Félix dijo en voz baja, “es hermosa la canción, ahora sé porque a tu madre le gustaba tanto.” Dicho eso, don Félix subió las escaleras lentamente. Lana miró la espalda de su padre, lo miró más envejecido esta vez.
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