—No, no, no — se queja Caín de nuevo —. No puede ser que de verdad...
Deja la oración al aire.
Desde hace un rato se encuentra quejándose, diciendo una y otra vez que no podría creer que Abel de verdad nos llevaría allí. No tenía claro aún a donde se refería, peque por más que preguntaba no respondía.
—De verdad que ustedes son insufribles — golpea el volante y apaga el auto.
Me doy cuenta que se ha estacionado detrás de un edificio pequeño.
—¿Podrías decirme qué está pasando? — vuelvo a preguntar enojada.
Pero él no responde, solo se baja del auto bruscamente. Noto que Abel también se baja de la camioneta que ha estacionado a mi derecha.
Bajo a Gemma de mi regazo con mucho cuidado y salgo del auto rápidamente para intentar comprender lo que sucede.
—¿Te has vuelto loco? — pregunta Caín empujando a Abel, encontrándolo frente al capó.
—No había otro lugar — contesta firme y seguro —. Esta era la única opción.
—¿La única opción? — Caín se nota cada vez as fuera de sí— ¡Podías no haberla traído en primer lugar! ¡Lo que le pase no es tu problema! ¡Ya deja de intentar ser un héroe con ella! ¡Ya tenemos una situación de la qué ocuparnos!
—Sé que tu egoísmo no te permite comprenderme, pero no podía dejarlos atrás — Abel le da en el pecho con el dedo índice —. Así que ya deja tu drama y acéptalo. ¡No va a cambiar nada lo que vamos a hacer!
—¿No va a cambiar nada? ¡Lo ha cambiado todo, Imbecil! — vuelve a empujarlo — Estamos perdiendo el tiempo con todo esto, ya déjalo.
—Ya déjalo tu — Abel toma su camisa por el pecho —. Deja esta parte irracional y despiadada atrás, deja de comportarte así, no tienes que hacerlo más.
—Es nuestra naturaleza, idiota — replica como un loco soltando su agarre—. Lo que necesitamos es ser libres, y no te estás concentrando en ello por su culpa.
—¡Ya basta, Caín! En ningún momento he dejado lo que tengo que hacer. Así que para ya.
—¿Qué es lo que sucede? — interrumpo acercándome a ellos —¿Qué sucede con ustedes? ¿Qué está pasando realmente? ¿No se supone que los envío mi tío?
Caín se ríe sin gracia y deja salir una respiración pesada.
—Sucede que nos van a matar por tu culpa — me señala —. Terminaremos muertos, por ustedes, eso es lo que va a suceder.
—Caín, ve a calmarte — ordena Abel autoritario, sin alzar la voz.
La forma en la que Caín lo mira me produce escalofríos, estaba realmente furioso.
—Ahora — agrega Abel.
Caín me mira de la misma manera por unos segundos y luego se retira adentrándose al edificio.
—No le hagas caso — Abel se acerca un paso hacia mi —. Solo está preocupado.
—Parece como si realmente yo fuese una carga para ustedes.
Los hombros de Abel caen y niega con la cabeza.
—No, no, no lo eres — se acerca más a mí —. No lo escuches, él es un tanto narcisista y cada misión lo afecta de forma diferente, no le hagas caso. Yo me encargo de él, ¿está bien?
Intento aceptar la insistencia de su mirada, pero algo no termina de encajar para mí, se siente como si hubiesen muchos cabos sueltos y no soy capaz de verlos y unirlos todos.
La expresión de su rostro sigue siendo difícil de leer para mí y por algún motivo se siente familiar.
Nos encontramos de pie frente al otro, y no puedo evitar pensar en que algo se siente diferente. Es como si, en algún pequeño instante, algo encajó en mi cabeza, o algo se descolocó, y empiezo a verle diferente. ¿Qué momento fue? ¿Por qué el cambio se siente tan repentino?
Quizás solo me estoy hundiendo en el miedo a toda esta situación desconocida, y él parece un pequeño salvavidas.
—¿Caoimhe? ¿Estás bien?
Su voz me llama, algo más sucede, no entiendo qué es. Pero entonces me encuentro pensando qué tal vez él aparentaba no tener miedo a nada, estar acostumbrado a esas situaciones podían acarrear un falso sentido de seguridad que es tan frágil como el vidrio.
No controlo mi cuerpo, y de pronto, me acerco a él envolviendo mis brazos alrededor de su cintura.
Siento que él se tensa, lo he tomado por sorpresa... yo estoy sorprendida.
Pero necesitaba un poco de calidez, algo me impulsó a abrazarle, ¿sería por mí o sería por él? ¿Quizás era él quien necesitaba eso más que yo?
—Está bien, estará bien todo — sale de mis labios.
Noto que vacila pero luego corresponde mi abrazo. Sus brazos me rodean con delicadeza, como si tuviese miedo de romperme. Yo me aferro con más fuerza un par de segundos. No sé que estoy haciendo, pero se siente correcto.
Finalmente me alejo, y él retrocede un paso, noto que sujeta sus manos de inmediato, y parece sorprendido.
—Lo siento, yo solo... ah... solo pasó — estoy confundida.
—No hiciste nada mal — responde de inmediato —. Tranquila. ¿Vamos por los niños? — las palabras salen un poco atropeyadas.
—Sí, deberíamos — me abrazo a mí misma y me giro para empezar a caminar.
Él camina a mi lado y soy consciente de la diferencia de altura.
—Eres realmente alto.
—De donde vengo, la mayoría somos muy altos.
No entiendo de dónde viene este tema, quiero golpearme.
Él abre la puerta del auto y gira hacia mí.
—Puedo cargar a Rubí y a Gemma si me ayudas, así tú llevas a Coda y no dejamos a ninguno solo — propone tranquilo.
—Está bien, buena idea.
—Iré por aquel lado.
Mientras él da la vuelta, me acerco a tomar a Gemma con cuidado, que duerme profundamente. Es increíble lo bien que duermen estos niños.
Con Gemma en brazos, Abel se acerca con Rubí cargada en su brazo izquierdo.
—Ven, aquí — dice abriendo su brazo derecho.
Con cuidado me acerco y le doy a Gemma. Ella apenas se mueve y se aferra al cuello de Abel.
Lo observo con las dos niñas cargadas y lo encuentro muy curioso, por lo que no evitó sonreír.
—¿Qué? ¿Me veo gracioso? — su tono es juguetón pero su expresión no cambia mucho.
—Peculiar, sería la palabra más adecuada — explico mientras tomo a Coda en brazos.
—No estoy acostumbrado a cargar niños.
—Ya puedo verlo — digo al cerrar la puerta del auto—. Tú agarre es como si llevaras dos sacos de algo — bromeo un poco.
—¿De verdad?
—No, es broma, lo estás haciendo bien.
Él empieza a caminar y le sigo. La iluminación es muy tenue una vez que estamos dentro del edificio, hay tanta quietud que me da la impresión de que no hay nadie allí además de nosotros, no me da miedo, pero una vez más, me da la impresión de que estoy recibiendo una pista de algo y no puedo acertar de qué.
—No funciona el ascensor, pero solo debemos subir un piso — indica Abel llegando a las escaleras.
— Está bien, no te preocupes.
Subimos los escalones, mientras voy detrás de él no puedo evitar notar que sus hombros anchos le dan sentido a la fuerza que tiene. Seguro debía tener años entrenando.
—¿Cuántos años tienes?
—¿Yo?
—Pues quien más.
—Cierto — dice una vez que estamos en el primer piso —. Treinta y tres.
—¿En serio?
—Mis pecas engañan – ríe un poco —. Ven por aquí.
—Sí, definitivamente — concuerdo siguiéndole —. Creí que eras un poco menor.
—¿Qué hay de ti? — pregunta de regreso deteniéndose frente a una puerta.
—Veinte — no sé por qué me siento avergonzada.
Él también se muestra sorprendido.
—Creí que eras mayor.
—Es por Coda, me hace parecer muy madura por estar a su cargo — es mi análisis.
—Pero es que lo eres — habla con seguridad —. ¿Puedes abrir la puerta? No tiene seguro.
—Claro.
Lo hago y le indico entrar primero, él parece entender porque entra y me guía por el apartamento.
—Este edificio fue desalojado hace un par de meses — explica caminando a través de la sala —. Nosotros estamos usando el apartamento de al lado, así que no tienes que preocuparte.
Una vez dentro de la habitación, camino rápidamente hacia la cama.
—Espera — le indico.
Reviso la cama, parece limpia pero la sacudo con mi mano libre, un poco de polvo se levanta, así que sacudo mejor. Luego acuesto a Coda y me giro para tomar a Gemma.
—Con cuidado — susurro, para colocarla en la cama.
Luego él acuesta a Rubí y me mira.
—Quédate, iré por tus cosas.
— Está bien, gracias de nuevo.
Él me mira inexpresivo una vez más.
—No tienes qué.
Él sale sin decir nada más. Yo respiro profundo y me siento en la cama.
Todo parece en su lugar y está relativamente limpio. No da la impresión de ser un edifico de muerte, es muy decente y me hace sentir segura.
Siento que mis piernas duelen como nunca y no estoy segura del por qué.
Las estiro sobre la cama y me acuesto junto a Coda. Acaricio su cabello y solo deseo ser capaz de mantenerlo vivo.