Tú te metes en mi vida

927 Words
Elliot esperaba ansiosamente a Adam, que limpiaba la herida de Everest de la cabeza. Se arrancaba los pellejos de sus dedos para relajar un poco los nervios. No sabía qué hacer. Odiaba la situación. ¿Si moría iba a irse a prisión? —Todo está bien — anunció Adam a su amigo —, se abrió un poco pero ya lo arreglé. Elliot se acercó y vio las herramientas que Adam usaba. —Gracias a Dios estudiaste medicina, joder — dijo Elliot –, ya estaría muerto si no hubieras llegado. —Dijiste que no querían llamar a una ambulancia, ¿hay alguna razón en particular? ¿Es un delincuente o algo? Elliot dudó de si decirle o no lo que sabía. —No, no es un delincuente, es un compañero de clase — dijo dudando de sus propias palabras —, que yo sepa no ha hecho nada ilegal. —¿Y cómo coño se cayó por la ventana? ¿Estaban solos en tu habitación? Elliot tragó saliva. —Él entró por la ventana, lo atrapé cuando quería salir. —¡¿Entró?! ¿Así como un ladrón? Elliot asintió. —¿Entonces por qué no hemos llamado a la policía? — Preguntó Adam mortificado. —¡Porque es mi compañero de Artes! Y además... yo... —¡Elliot, es un desconocido que entró a tu habitación sin permiso! ¡¿Y si quería hacerte daño?! —¡Yo robé su teléfono! — Dijo Elliot rápidamente. —¡Lo puto sabía! — Gritó Everest molesto, poniéndose de pie. Adam y Elliot saltaron al mismo tiempo que pegaban un grito. El intruso había fingido estar desmayado todo ese tiempo. Capítulo VI: Tu te metes en mi vida. —¡Sabía que lo tomaste a propósito, ladrón de mierda! —¡Es por una buena razón! — Se defendió Elliot. —¡¿"Una buena razón"?! ¡¿Querías dinero?! —¡Necesito dinero! —¡Dime cuánto! — Gritó Everest molesto. Adam se sentó de nuevo esperando a que ambos terminaran de gritan. — ¡Dime en cuánto ibas a vender mi puto móvil! —D-diez... —¿Diez mil? —No, sólo diez. Adam y Everest miraron a Elliot ofendidos. —¿Cuál es tu puto problema? — Cuestionó Everest. —Elliot, esa mierda no vale diez dólares. —Mis anti psicóticos están a punto de acabarse — murmuró Elliot con tristeza. Everest sintió una extraña pena por el castaño, aún sin saber de lo que se trataba. —No me jodas Elliot — soltó Adam molesto —. ¿Todavía sigues tomando esas pastillas? Elliot no respondió y bajó la mirada de los dos tipos que tenía de frente. —¡¿Sabes el daño que te hace tomar esas cosas?! ¡No son caramelos para que los tomes todos los días! —¿De qué mierda hablan? — Preguntó Everest confundido. —No es asunto tuyo — dijo Adam severamente —. Si ya te sientes mejor de tu golpe, puedes marcharte cuanto antes. Everest miró a Elliot, que se veía pequeñísimo a lado de Adam y él. Everest se sujetó la cabeza y fingió un mareo. —Creo que si me voy ahora voy a desmayarme a medio camino. Adam bufó y volvió a mirar a Elliot. —Dijiste "están a punto de acabarse", entonces entregarme el resto. Elliot alzó la mirada con nerviosismo. —¡No puedes simplemente llevártelas, Adam! —¡Elliot, no tienes idea de los problemas que causan esas pastillas si las tomas como dulces! Everest escuchaba atentamente. Vio a Elliot apretar los puños y sus ojos llenarse de lágrimas. —Dámelas o le diré a tus padres lo que has estado haciendo — dijo Adam. Elliot caminó hasta un rincón de la sala y de su mochila sacó el paquete de pastillas calmantes que había robado de enfermería. Everest frunció el ceño. —¿Por qué no puede tomar eso? — Preguntó. — Es el puto siglo veintiuno, tiene derechos a pesar de ser un puto ladrón. —No te metas, hombre — pidió Adam. —¡Es ilegal que le nieguen sus pastillas! — Dijo Everest a la defensiva. — Está en derecho de decidir si quiere usar pastillas o no. —¡Elliot es adicto! — Gritó Adam. Elliot corrió a Adam y le cubrió la boca con su pequeña mano, sin dejar de mirar al rubio del golpe en la cabeza. —No tienes derecho de saber nada de esto. Everest soltó una risita sarnosa. —Y tú no tenías derecho de indagar en mis putas conversaciones. —Es distinto. —Tú te metes en mi vida, yo me meto en la tuya. Es lo mismo. Everest miró a Elliot fijamente, entonces el castaño soltó a su amigo y sus ojos se desbordaron, dejando que llorase en silencio. —Elliot... — dijo Adam suavemente y lo abrazó con dulzura —, no puedes tomar esas pastillas. Tú cuerpo ya no los necesita. —¿Cuál es la puta obsesión? — Se burló Everest. —¿Puedes simplemente marcharte? — Le preguntó Adam. Everest retrocedió extrañamente ofendido. Al mirar a otro lado, en la mesita de café a su lado, encontró su móvil. —Me voy, entonces — dijo Everest levantándose y saliendo de aquella casa. Apenas salir sintió culpa. ¿Por qué se lo había tomado tan mal? ¡Joder, que por culpa del puto Elliot se había roto el cráneo! ¡Le había robado y chantajeado! ¿Entonces por qué quería regresar y disculparse?
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