
Mis manos estaban atadas, mi cuello marcado por la cuerda que, poco a poco, comenzaba a ahogarme. El verdugo estaba a mi lado, su rostro una sombra de indiferencia. Podía escuchar las cuerdas del reloj de la torre resonando en mis oídos, cada campanada una sentencia más cerca del final. No era miedo lo que sentía, no del tipo que se espera antes de morir. Ya no. Había algo más, una sensación distante pero vívida que me empujaba, una fuerza que me hizo sonreír en medio de la desesperación."Es tan irónico", me dije, mirando las caras del pueblo que se reunían, ansiosos por ver mi ejecución. Ellos pensaban que era un hombre condenado por mis propios pecados. Nadie sabía la verdad. Nadie sabía que fui víctima de una mentira tejida por él. Por él, el traidor. El hombre que había lavado sus manos de culpa al señalarme a mí, el hombre que pensó que jamás tendría que enfrentar las consecuencias de su traición."Es su culpa", murmuré, con la voz quebrada por la tensión de la cuerda.De pronto, sentí que mi mente se deslizaba como agua, arrastrando conmigo todo el peso de la realidad. Mis pensamientos eran como ecos, distorsionados. Mi psicosis —esa condena que no había pedido— me había acompañado durante tanto tiempo que ya no sabía distinguir entre lo que era y lo que imaginaba. ¡No!, me corregí. Yo nunca lo imaginé. Es real. Mi mirada recorrió la multitud, pero algo me chocó. Vi sus rostros, pero no los veía. Había algo en ellos que cambiaba cada vez que los miraba. La confusión se apoderó de mí.La torre marcó la hora. El verdugo levantó la palanca, la cuerda se tensó. La presión en mi cuello fue inmediata, pero en lugar de perder la conciencia, algo extraño sucedió. Vi una sombra moverse entre la gente. Era él. El traidor.La imagen se distorsionó ante mis ojos, como si alguien hubiera estirado el tiempo, como si mi mente hubiera alterado la percepción de los rostros. ¿O era él mismo quien se desmaterializaba? No lo supe. Pero el odio que sentí hacia él fue tan claro, tan puro, que sentí cómo me retorcí en mi prisión de cuerdas. Lo voy a encontrar, lo voy a hacer pagar.Las campanadas del reloj volvieron a sonar. En mi visión, el escenario cambió. El verdugo ya no estaba frente a mí, la soga ya no apretaba mi garganta. La muchedumbre desapareció. La cuerda que me ataba se deshizo en las sombras. Sentí mi respiración nuevamente en mis pulmones, y el sudor frío recorrió mi frente."¿Qué...?" Las palabras me salieron sin voz, pero entendí rápidamente que lo que veía no era lo que era. El dolor en mi cuello había desaparecido, pero algo peor estaba pasando. Había escapado de la horca, sí, pero algo se había apoderado de mí. Algo dentro de mí, algo distorsionado.Corrí. Corrí con el aire de libertad que nunca había sentido antes, pero no sabía adónde iba. Solo sabía que tenía que encontrarlo. A él. Él.Las sombras de la ciudad me rodeaban, y las luces de las calles titilaban de manera extraña, como si cada una representara una de mis emociones. Él me estaba esperando. Lo supe sin ver sus ojos, sin verlo siquiera.De repente, me encontré frente a su casa. Vi la figura tras la ventana. Era él. No era la figura real, no, pero lo vi de todos modos. Mis manos comenzaron a temblar, no por miedo, sino por el deseo de hacerle pagar por lo que me había hecho. Lo que había hecho a mí.Entré. Las puertas se abrieron con facilidad, como si todo hubiera sido planeado. Estaba listo. Estaba decidido. Sabía lo que debía hacer. El rostro ante mí no era el suyo, pero mi mente transformó todo: su rostro, su casa, su ser. Cada rincón de mi entorno empezó a transformarse, a retorcerse a través de mi psicosis, hasta que vi lo que debía ver.Lo alcancé. La confusión estaba tan cerca, tan real, que no sabía si lo que estaba por hacer tenía sentido. Pero lo hice. Le levanté la mano, sentí el peso del golpe, el aire alrededor de mi ser. ¡Él lo merecía!.Cuando la sangre me alcanzó, un profundo suspiro llenó mi pecho. El dolor en mi cuello desapareció. Ya no estaba bajo la horca. Ya no estaba bajo su sombra.Pero mientras lo observaba caer, una voz débil, casi inaudible, susurró dentro de mí: "Lo has hecho... ¿pero quién es el verdadero culpable?"

