El pasillo que conectaba las habitaciones en el ala oeste era corto, apenas cinco metros de suelo de madera oscura cubierto por una alfombra gris, pero cruzarlo se sentía como atravesar un campo minado.
Al entrar en la habitación de invitados con Leo en brazos, una oleada de recuerdos me golpeó.
No era esta habitación específica, sino el olor.
El aire aquí olía a Bautista.
Una mezcla de cedro, tabaco de pipa (aunque rara vez fumaba) y esa colonia cítrica y amaderada que costaba una fortuna y que se había impregnado en mis sentidos la noche que lo concebimos a él.
Dejé a Leo sobre la cama.
El niño estaba agotado. La emoción de los "guardias malos", la "bruja roja" y el "tío gigante" había consumido sus baterías. Lo desvestí con cuidado, poniéndole su pijama limpio, y lo arropé con el edredón de plumas.
—Mami... —murmuró, con los ojos medio cerrados.
—Estoy aquí, mi amor.
—El tío gigante... —susurró, aferrándose a mi mano—. ¿Es bueno?
Me quedé helada. Acaricié su frente, apartando el flequillo oscuro que era idéntico al del hombre que estaba al otro lado de la pared.
—Sí, Leo. Es bueno. Es... muy fuerte. Y nos va a cuidar.
—Tiene los ojos tristes —dijo Leo, antes de suspirar y dejarse arrastrar por el sueño profundo.
Me quedé sentada en el borde de la cama durante un tiempo indeterminado, viendo subir y bajar su pequeño pecho.
Tiene los ojos tristes. Los niños veían cosas que nosotros, en nuestra guerra de egos, ignorábamos. Bautista no solo estaba furioso. Estaba herido. Y yo era la causante de esa herida.
Me levanté. Necesitaba agua.
Necesitaba aire. O quizás, mi masoquismo me pedía salir al pasillo.
Abrí la puerta con sigilo, dejándola entornada para escuchar a Leo si se despertaba.
El pasillo estaba en penumbra, iluminado solo por la luz que venía de la sala de estar del apartamento, al final del corredor.
Caminé descalza hacia la luz.
La sala de estar del "Búnker" era tal y como la recordaba de esa noche fatídica. La chimenea de gas estaba encendida, proyectando sombras danzantes sobre los estantes llenos de libros y trofeos de polo.
Los ventanales mostraban la lluvia incesante golpeando contra el vidrio, aislándonos del mundo exterior.
Bautista estaba allí.
Se había quitado la camisa. Estaba de pie frente a la chimenea, con una mano apoyada en la repisa de madera y la cabeza baja, mirando las llamas. Su espalda desnuda era un mapa de músculos tensos. Podía ver la cicatriz antigua en su omóplato derecho, recuerdo de una caída de caballo en su juventud. Verlo así, tan expuesto, tan poderoso y vulnerable a la vez, me cortó la respiración.
Debió sentir mi presencia, o quizás olió mi perfume, porque se tensó. No se giró de inmediato. —¿Se ha dormido? —preguntó. Su voz era ronca, vibrando en el silencio de la habitación.
—Sí. Cayó rendido.
Bautista se giró lentamente.
La luz del fuego iluminaba su torso desnudo, marcando los abdominales y el vello oscuro que descendía hacia la cintura de su pantalón de traje, que aún llevaba puesto pero desabrochado. Tenía un vaso de whisky en la otra mano.
—Debería estar durmiendo en una cama con forma de coche de carreras, o algo así —dijo, mirando hacia el pasillo oscuro donde estaba su hijo—.
No en una habitación de invitados fría en una casa que parece un mausoleo.
—Tiene una cama de nave espacial en Madrid —dije suavemente—.
Le encanta el espacio.
Bautista soltó una risa corta y amarga.
Dio un trago al whisky. —El espacio. —Me miró—.
Se parece a mí. Yo quería ser astronauta cuando tenía cinco años.
Antes de que mi padre me explicara que los Gordon no miran a las estrellas, sino a los balances financieros.
Caminé unos pasos hacia la sala, cruzando la línea invisible de seguridad.
—Bautista... sobre lo de hoy. Gracias. Por defenderlo ante Eliana.
Por las milanesas.
Él negó con la cabeza, como si mi gratitud le molestara. —No me des las gracias por hacer lo mínimo, Brenda.
Es mi sangre. —Dejó el vaso sobre la mesa de centro con un golpe seco y caminó hacia mí.
Se detuvo a un metro de distancia.
El calor que emanaba de su cuerpo era palpable—. Pero no creas que esto borra lo que hiciste.
—No espero que lo borre.
—Tres años —dijo. Empezó a caminar alrededor de mí, como un depredador estudiando a su presa, o como un juez dictando sentencia—. ¿Sabes cuántas veces me desperté en esta misma habitación, mirando esa puerta...
—señaló hacia el dormitorio donde habíamos estado juntos— ... y esperando que fuera todo una pesadilla?
Esperando que entraras por la puerta y me dijeras que te habías ido a comprar el pan.
Me abracé a mí misma, sintiendo el frío de mis propias decisiones.
—Tuve miedo, Bautista. Tienes que entenderme.
—¿Miedo de qué? —Se detuvo frente a mí, obligándome a mirarlo—. ¿De mí?
—De nosotros. —Levanté la vista, clavando mis ojos en los suyos—.
De lo que sentí esa noche. No fue solo sexo, Bautista.
Y eso me aterrorizó más que Ignacio.
Porque yo era una mujer casada, rota, sin autoestima. Y tú... tú eras el sol.
Si me quedaba, me habría quemado. Y si Ignacio se enteraba, nos habría destruido a los dos.
Él me amenazó, Bautista.
Me dijo que si alguna vez le era infiel, me dejaría en la calle sin nada.
Y estaba embarazada. No podía arriesgarme a que mi hijo naciera en la calle o en medio de una guerra legal que no podía ganar.
Bautista me agarró de los hombros.
Su toque fue firme, desesperado. —Me perdí sus primeros pasos.
Me perdí su primera palabra. Me robaste el derecho a saber que era padre.
Eso no se perdona con una disculpa, Brenda.
Eso es una deuda que vas a tener conmigo el resto de tu vida.
—Lo sé —susurré, sintiendo las lágrimas picar en mis ojos—. Y estoy aquí para pagarla.
Estoy aquí para darte a tu hijo.
Para darte la empresa. Para darte todo lo que pueda.
—¿Todo? —preguntó, bajando la voz.
Sus manos subieron por mis brazos desnudos, dejando un rastro de fuego en mi piel.
Sus pulgares acariciaron la base de mi cuello, rozando mi pulso acelerado.
La tensión cambió de tono. La rabia dio paso a ese deseo oscuro y denso que siempre había existido entre nosotros, esa fuerza gravitatoria que nos había llevado a la cama tres años atrás.
Bautista bajó la cabeza, acercando su rostro al mío.
Podía sentir su aliento, oler el whisky y el peligro.
—Estás en mi casa —murmuró contra mi boca, sin llegar a besarme—.
Estás bajo mi protección.
Estás legalmente atada a mí por esa cláusula estúpida.
¿Sabes lo difícil que va a ser tenerte durmiendo al otro lado del pasillo y no entrar ahí?
Mi corazón latía tan fuerte que dolía. —Entonces no entres —dije, aunque mi cuerpo gritaba lo contrario.
Mis manos, traidoras, se posaron en su pecho desnudo. Sentí el latido furioso de su corazón bajo mi palma.
Bautista cerró los ojos al sentir mi tacto. Soltó un gemido bajo, gutural. Inclinó la cabeza y rozó su nariz con la mía. —Te deseo —confesó, con una honestidad brutal—. Te deseo tanto que me duele.
Te he odiado y te he deseado en la misma medida cada maldito día. Y ahora estás aquí. Oliendo a vainilla y lluvia. Con esa mirada desafiante.
—Bautista...
—Pero no voy a tocarte —dijo, abriendo los ojos de golpe y soltándome como si le quemara.
Dio un paso atrás, creando un abismo entre nosotros.
La pérdida de su calor fue física, dolorosa. Me quedé allí, con las manos suspendidas en el aire, confundida y rechazada.
—¿Por qué? —pregunté, y la palabra salió más vulnerable de lo que pretendía.
Bautista se pasó una mano por el cabello, frustrado.
Caminó de vuelta a la chimenea y agarró su vaso, aunque estaba casi vacío.
—Porque esta vez no va a ser un error de una noche, Brenda. No voy a ser tu escape.
No voy a ser el cuñado con el que te acuestas por venganza o por miedo. Si volvemos a estar juntos... si alguna vez te vuelvo a tocar... será porque eres mía. Completamente. Sin sombras de Ignacio. Sin secretos. Sin maletas preparadas en la puerta.
Se giró y me miró con una seriedad absoluta. —Y hasta que no confíe en que no vas a huir otra vez, no voy a cruzar esa línea.
Así que vete a dormir. Cierra la puerta. Y pon el pestillo.
Porque yo no soy un santo, y tenerte aquí es una tentación que apenas puedo resistir.
Tragué el nudo en mi garganta. Tenía razón. Nos merecíamos más que otro encuentro furtivo nacido de la desesperación.
Nos merecíamos la verdad.
—Buenas noches, Bautista —dije.
Me di la vuelta y caminé hacia el pasillo. Sentía su mirada en mi espalda, pesada, caliente.
Justo antes de entrar en la habitación, su voz me detuvo.
—Brenda.
Me giré, con la mano en el pomo de la puerta. —¿Sí?
Bautista estaba en el umbral de la sala, con la luz del fuego detrás de él recortando su silueta imponente.
—Mañana empieza la verdadera guerra. Eliana va a intentar desacreditarte.
Va a sacar trapos sucios. Va a decir que eres una cazafortunas. Tienes que ser de hielo.
—Lo seré. Ya no me rompo fácil.
—Lo sé. —Hizo una pausa—. He visto cómo la miraste en la cena.
Esa mujer que huyó hace tres años ya no existe. Me gusta esta nueva Brenda. Es... letal.
Una pequeña sonrisa curvó mis labios. —Aprendí del mejor.
Entré en la habitación y cerré la puerta. Hice girar el pestillo. Clic.
Me apoyé contra la madera, cerrando los ojos, respirando agitadamente. Estaba a salvo de Eliana. Estaba a salvo de la prensa. Pero no estaba a salvo de mí misma, ni de lo que sentía por el hombre que dormía al otro lado de la pared.
Me deslicé en la cama junto a Leo, abrazando su cuerpecito cálido.
—Lo vamos a conseguir, leoncito —susurré en la oscuridad—. Vamos a ganar.
Fuera, la tormenta amainaba, pero dentro de la Mansión Gordon,
los cuchillos se estaban afilando para el amanecer.