El último refugio del mundo

2046 Words
Salimos de la carpa VIP con una calma fingida que dolía en los huesos. Bautista me agarraba del brazo con tanta fuerza que sus dedos se clavaban en mi piel a través de la seda negra, guiándome entre la multitud de sombreros de paja y risas despreocupadas. Camila intentó seguirnos, confundida. —¡Brenda! ¡Espera! ¿No nos tomamos una copa para celebrar el reencuentro? Bautista se giró un segundo, solo uno, y le lanzó una mirada tan gélida que la chica se detuvo en seco, con la copa a medio camino de los labios. —No nos sigas —advirtió él. Llegamos al coche. Bautista abrió la puerta del conductor y se metió sin esperar a abrirme la mía. Yo me deslicé en el asiento del copiloto justo cuando él arrancaba el motor. Los neumáticos del sedán alquilado chirriaron sobre la grava del estacionamiento, levantando una nube de polvo que cubrió a los fotógrafos que intentaban captar una última imagen de la "pareja del escándalo". —¡Maldita sea! —gritó Bautista, golpeando el volante con el puño mientras aceleraba por la carretera costera—. ¡Maldita sea la suerte! ¡De todas las personas en el mundo, tenía que aparecer una compañera tuya de Madrid! —No podía saberlo... —murmuré, mirando por el retrovisor para asegurarme de que los hombres de Ricci no nos seguían. —¡Da igual! —Bautista tomó una curva cerrada a demasiada velocidad. El mar rugía a nuestra derecha, gris y picado—. Ricci lo tiene todo ahora. Sabe el secreto. Y sabe que estamos desesperados. Vio nuestras caras, Brenda. Vio el terror en tus ojos cuando esa chica mencionó el parecido. —Tiró el pendrive al champán —recordé, sintiendo un nudo en el estómago—. Perdimos nuestra única moneda de cambio. Bautista soltó una risa amarga. —El pendrive era una copia. Tengo los archivos originales en la nube. Pero eso ya no importa. El fraude financiero es una multa para Ricci. Pero el secreto de Leo... eso es una bomba nuclear para nosotros. Si él filtra que Leo es mi hijo biológico, el juez anula el testamento mañana mismo. Perdemos la empresa, perdemos la casa, y tú podrías ir a la cárcel por fraude sucesorio. Llegamos a "La Casa del Acantilado" en tiempo récord. Bautista frenó en la entrada de grava con un derrape brusco. Bajamos del coche en silencio. El viento del Atlántico nos golpeó, despeinando mi cabello y agitando la camisa negra de Bautista. Entramos en la casa. Bautista fue directo al mueble bar. Se sirvió un vaso de vodka y se lo bebió de un trago, como si fuera agua. Luego, lanzó el vaso contra la chimenea de piedra. El cristal estalló en mil pedazos. El sonido fue liberador y aterrador a la vez. Me quedé parada en el centro del salón, temblando. No por frío, sino por la adrenalina que empezaba a bajar, dejando paso al miedo puro. —¿Cuál es el ultimátum? —pregunté suavemente. Bautista se apoyó en la repisa de la chimenea, respirando agitadamente. No me miraba. —Me envió un mensaje al teléfono antes de salir del parking. —¿Qué dice? Bautista sacó el móvil y leyó, con voz muerta: —"Tenéis hasta la medianoche. Quiero la cesión del 51% de las acciones, no del 40%. Control total. Y quiero que Brenda firme una renuncia a la tutela de los bienes del menor. Si no tengo los papeles firmados en mi villa a las 12:00, mañana desayuno con la prensa y les presento a la amiga española de Brenda." Me llevé las manos a la boca. —Quiere todo. Quiere dejarnos sin nada. Y quiere quitarme el control sobre el futuro de Leo. —Nos tiene acorralados —dijo Bautista. Se giró y me miró. Sus ojos estaban oscuros, atormentados—. He fallado. Te prometí que lo arreglaría. Te prometí que te protegería. Y te he traído directa a la guillotina. Verlo así, derrotado, rompió algo dentro de mí. Bautista Gordon, el hombre de hierro, el estratega, estaba roto. Y estaba roto por mí. Por protegerme. Por proteger a nuestro hijo. Una oleada de emoción salvaje me invadió. No era tristeza. Era una necesidad primitiva de conexión, de afirmar que, aunque perdiéramos el mundo, seguíamos vivos. Caminé hacia él. —No has fallado —dije, deteniéndome frente a él—. Todavía estamos aquí. —Por unas horas. Mañana seremos parias. —Me da igual —dije, y me di cuenta de que era verdad—. Me da igual el dinero, Bautista. Me da igual la empresa. Solo me importan Leo... y tú. Bautista levantó la vista. Me miró como si fuera la primera vez que me veía. —No digas eso. No cuando estamos a punto de perderlo todo. —Lo digo porque es verdad. —Tomé su mano y la puse sobre mi corazón, que latía desbocado—. Ricci puede quitarnos las acciones. Puede quitarnos el apellido. Pero no puede quitarnos esto. No puede quitarme lo que siento cuando me miras. Bautista soltó un gruñido sordo. Me agarró de la cintura y me atrajo hacia él con violencia, chocando nuestros cuerpos. —Brenda... —su voz era una advertencia y una súplica—. Estamos al borde del abismo. —Entonces salta conmigo. Me besó. Fue un beso apocalíptico. Un beso que sabía a sal, a vodka y a desesperación. Sus labios aplastaron los míos, abriéndolos, reclamando cada rincón de mi boca. No había técnica, solo hambre. Hambre de olvidar, hambre de sentir, hambre de poseer. Me levantó en vilo. Rodeé su cintura con mis piernas y él me llevó hacia el sofá de cuero blanco que dominaba el salón, frente al ventanal que daba al mar embravecido. Nos dejamos caer. O mejor dicho, él me tumbó y se colocó encima, atrapándome entre su cuerpo y el cuero frío. —Dime que me quieres —exigió, mirándome con ojos febriles mientras sus manos luchaban con el cierre de mi vestido—. Necesito oírlo. Necesito saber que todo este desastre ha valido la pena. —Te quiero —grité, arañando su espalda a través de la camisa—. Te he querido desde el primer día. Te quise cuando me fui. Te quiero ahora que se acaba el mundo. Bautista rasgó la tela de mi vestido. No tuvo paciencia para buscar la cremallera. El sonido de la seda rompiéndose se mezcló con el rugido de las olas fuera. Quedé expuesta ante él. Mi piel pálida brillaba bajo la luz dorada del atardecer que entraba por la ventana. Él se detuvo un segundo para mirarme. Su respiración era irregular. —Eres hermosa —susurró—. Eres la ruina más hermosa de mi vida. Se deshizo de su ropa con movimientos frenéticos. Cuando su piel desnuda tocó la mía, fue como un choque eléctrico. Estaba ardiendo. Yo estaba ardiendo. No hubo preliminares suaves. Nuestros cuerpos se conocían, se recordaban, se necesitaban con urgencia. Él entró en mí con fuerza, llenándome, estirándome, reclamándome. Arquee la espalda, gritando su nombre. —¡Bautista! —Mírame —ordenó él, entrelazando sus dedos con los míos y clavándome contra el sofá—. No cierres los ojos. Quiero que veas quién te hace suya. No es Ignacio. No es un fantasma. Soy yo. Se movió con un ritmo brutal, castigador y redentor a la vez. Cada embestida era una declaración de guerra contra el destino. Estamos vivos. Estamos juntos. Que se jodan. Yo me movía con él, contra él, buscando esa fricción que borrara el miedo. Mordí su hombro, probando su sudor. Él chupó mi cuello, dejando marcas que no me importaba si el mundo veía mañana. El salón se llenó de nuestros jadeos, de nuestros gemidos, del sonido de la piel chocando contra la piel. Era sexo de trinchera. Sexo antes de la ejecución. Y fue lo más intenso que había sentido en mi vida. Cuando el clímax llegó, fue devastador. Sentí que mi cuerpo se deshacía en mil pedazos de luz. Me aferré a sus hombros, temblando, mientras él se tensaba y se vertía dentro de mí con un rugido que pareció sacudir los cimientos de la casa. Nos quedamos allí, enredados en el sofá, cubiertos de sudor y restos de ropa rota, mientras el sol se ponía en el horizonte, tiñendo el mar de rojo sangre. Bautista escondió la cara en mi cuello, recuperando el aliento. Yo acaricié su pelo húmedo, sintiendo una paz extraña y absoluta. Habíamos perdido. Probablemente mañana estaríamos arruinados. Pero en ese sofá, bajo el peso del hombre que amaba, me sentí completa. Pasaron los minutos. La luz se desvaneció y la habitación quedó en penumbra. Bautista se levantó lentamente. Se puso los pantalones y caminó hacia la ventana, mirando la oscuridad. —Son las nueve —dijo. Su voz había recuperado la frialdad, pero ya no sonaba rota. Sonaba... peligrosa. Me senté, cubriéndome con la chaqueta de su traje que estaba en el suelo. —¿Vamos a firmar? —pregunté. Bautista se giró. La luz de la luna iluminaba su perfil afilado. —No. —Bautista, tiene a Camila. Tiene los registros. —Que los tenga. —Bautista caminó hacia donde estaba su bolsa de viaje y sacó otro ordenador portátil, uno más pequeño y robusto. Lo abrió sobre la mesa de centro—. Ricci cometió un error. —¿Cuál? —Amenazarme cuando no tengo nada que perder. —Bautista empezó a teclear rápidamente—. Él cree que nuestra debilidad es el dinero o la reputación. Pero se olvida de una cosa: yo conozco sus cuentas mejor que él. Porque Ignacio guardaba copias de todo. No solo de la deuda. —¿Qué vas a hacer? —Voy a activar la "Opción Sansón". —¿Sansón? —Me levanté, acercándome a él. —Sansón derribó el templo con todos los filisteos dentro, incluyéndose a él mismo, para matar a sus enemigos. —Bautista me miró con una sonrisa lobuna—. Si Ricci ejecuta la deuda y se queda con las acciones... voy a asegurarme de que esas acciones valgan cero. —¿Cómo? —Voy a filtrar la contabilidad de la Fundación y los vínculos de Gordon Enterprises con el lavado de dinero de Ricci a la prensa internacional y a la SEC en Estados Unidos. Ahora mismo. Abrí los ojos como platos. —Bautista... si haces eso, hundes la empresa. Hundes el legado de tu padre. La acción caerá en picado. La empresa será intervenida. —Exacto. —Sus ojos brillaron—. Si Ricci se queda con la empresa, se queda con un cadáver financiero y con una investigación federal. Perderá sus 50 millones y probablemente acabará en la cárcel. —Pero nosotros también perderemos la herencia de Leo. —No. —Bautista negó con la cabeza—. La empresa se hundirá, sí. Pero los fideicomisos inmobiliarios personales de Leo, la casa, los terrenos... eso está separado de la estructura corporativa. Leo tendrá dinero para vivir diez vidas. Pero Gordon Enterprises, el imperio... desaparecerá. Me quedé mirándolo. Estaba dispuesto a quemar el reino para que el dragón no se lo quedara. —Es una locura. —Es la única carta que nos queda. Mutua destrucción asegurada. —Bautista miró el reloj—. Le enviaré un borrador de la filtración a Ricci ahora mismo. Con un mensaje simple: "Si publicas lo de Leo, yo pulso 'Enviar' y te hundo conmigo". —¿Crees que se echará atrás? —Ricci es un hombre de negocios, Brenda. Ama el dinero más que la venganza. Perder 50 millones y su libertad por el placer de arruinarnos... no es rentable. Bautista pulsó una tecla. Mensaje enviado. Se giró hacia mí y me extendió la mano. —Vístete, Brenda. Ponte algo n***o. Vamos a la villa de Ricci. —¿A firmar? —No. A verle la cara cuando se dé cuenta de que los Gordon estamos locos. Tomé su mano. Estábamos locos. Estábamos arruinados emocionalmente. Pero éramos libres. Salimos a la noche uruguaya, listos para jugar la partida de póker más peligrosa de nuestras vidas, con un bluff que en realidad era una promesa de suicidio financiero.
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