NARRA LUCIAN ROSENZWEIG Dejo mi maletín y el abrigo en la consola que está al lado de la puerta de entrada y avanzo hacia la cocina, llevando únicamente conmigo un sobre que he sacado del maletín antes de bajarme del coche. El aroma a pan de ajo recién horneado inunda mis fosas nasales y suspiro, sintiendo esa calidez que uno siente cuando llega a casa y verdaderamente parece un hogar, no un lugar frío, falto de una familia. Me deslizo en un taburete en la barra del desayuno y pongo las manos en el mostrador. Mirena está del otro lado, preparando la cena. Gira la cabeza y me mira por encima de su hombro, ofreciéndome una de esas sonrisas que le iluminan el rostro. —Hola —me saluda. —Hola. ¿Y Mircea? —¿Tú qué crees? —Durmiendo. —Ya sabes que lo que le fascina hacer. —Se ríe y también

