Caty se ha retrasado para llegar a la cafetería para almorzar. Estamos intentando que yo logre despejar la mente y no pase tanto tiempo encerrada en mi apartamento, peinando la panza de Grifi. Pero como es típico de Caty, se ha retrasado y me encuentro sola en la cafetería, cosa que no me gusta en lo absoluto, porque el miedo me consume en estos casos.
Veo que Jhonaz, un chico de mi facultad, el cual no me agrada mucho porque es un gran engreído, se me está acercando con su bandeja roja. Trae consigo esa sonrisa ladeada que le pone a todas las chicas guapas de nuestra facultad.
—¿Por qué tan sola, Lissy? —pregunta a modo de saludo, inmediatamente se sienta frente a mí, al otro extremo de la mesa metálica.
Volteo para ver a mi alrededor, escucho el bullicio de la cafetería central, que, a esta hora del día, está atiborrada de estudiantes hambrientos que cargan sus mochilas y papeles, reunidos todos en grupillos.
Entonces, ruedo mi mirada hacia el frente, el rostro bronceado de Jhonaz está acalorado, trae puesta la chaqueta del grupo de fútbol, donde sé que ha estado desde primer año de carrera. Su cabello lo tiene revuelto, pero sé que lo deja así a propósito, porque le queda bien. Es el típico chico guapo que sabe perfectamente que lo es y por ende piensa que puede tirarle el lance a cualquier chica y caerá rendida a sus pies. Pero conmigo se ha equivocado, porque desde que ingresé en la universidad me molesta y, al ver que lo ignoro con obviedad, no ha dejado de perseguirme.
—Ayer no fuiste a clase de Morfo —comenta mientras revuelve sus pastas boloñesas con el tenedor, pero se detiene para observarme.
Arrugo la nariz cuando la brisa me llega desde el ángulo en que se encuentra Jhonaz y su perfume cítrico me pega en la cara, a esas horas del día y a mitad del almuerzo me parece desagradable.
A Jhonaz no le gusta que le haga mala cara, me observa con detención y después baja la mirada hasta su axila derecha, después a la izquierda. Acto siguiente, comienza a olerse la chaqueta.
—¿Huelo mal? —Decide preguntarme.
—No, el problema es que hueles demasiado bien —respondo cortante y tomo un trago de mi jugo de mandarina que acompaña a mis pastas boloñesas.
Jhonaz descompone su rostro y después inspira hondo.
—Eres la única que le desagradan los olores buenos, ¿es que acaso debo oler mal para que aceptes una salida conmigo?
—Te he dicho que contigo no salgo ni a la esquina, ¿qué parte de esa frase no comprendes? —Comienzo a envolver la pasta en mi tenedor y después lo llevo a mi boca. Alzo la mirada y dibujo una sonrisa de satisfacción al ver que he herido a Jhonaz. Llevamos toda la carrera de literatura en esta tónica, tanto que me he acostumbrado y me comienza a gustar. A veces me pregunto qué pasaría si le acepto una cita, ¿será que deja de gustar de mí con tanta ferocidad?
—¿Cuál es tu tipo de hombre? —inquiere.
Me sorprende que no haya contraatacado mi ofensiva.
—Ninguno.
—Hablo en serio, Lissy.
—Yo también, no tengo ninguno —respondo.
Y lo digo en serio, con esto de no poder tocar a las personas porque veo sus destinos, se me hace complicado gustar de alguien, sobre todo porque no se puede vivir tranquilo sabiendo cómo morirá esa persona que tanto quieres. Imagínense que me guste un chico y al tocarlo me revele que morirá en diez años en un accidente de auto; o que al final no se casará conmigo, sino con mi mejor amiga o esa chica que dice que es sólo alguien que considera como una hermana… No, simplemente no me arriesgo a vivir algo tan triste. Bueno, no me arriesgaba, aunque ahora es porque sé que voy a morir pronto.
—Lissy —me llama Jhonaz.
Parpadeo dos veces para salir de mis pensamientos.
—¿Qué pasa? —bajo la mirada a mis pastas y llevo otra porción a mi boca.
—Salgamos esta noche, por favor, ¿sí?
Hay algo en la voz de Jhonaz que se escucha diferente. Es como si…
—De verdad, quiero tener una cita contigo, ¿podrías complacerme sólo esta vez? —insiste.
Es como si… estuviera enamorado de mí de verdad.
Trago la comida de mi boca, la cual siento que pasa lento por mi garganta.
—No puedo, tengo que estudiar —me niego, aunque no sueno muy convincente.
—Puedo ayudarte y después salimos.
—Invita a Caty.
—Claro que no —suelta como si acabara de decir una locura—. Con quien quiero salir es contigo, es una cita, una cita de verdad. Es una cita con alguien que gusta de ti.
—Así como gustas de diez chicas más.
—Sabes que no es cierto, no les doy el trato que te doy a ti, porque eres diferente.
Un silencio cae en la mesa. He dejado de comer porque la conversación me está cerrando el estómago.
—Si te acepto esta cita y te rechazo, ¿dejarás de insistirme? —pregunto, tengo claro que dirá que no.
—Sí, acepto.
Bien, esto no lo tenía planeado en lo absoluto. Ahora debo tener una cita con el casanova de mi facultad.
—Hecho —acepto y vuelvo a comer.
A los pocos minutos llega Caty, afanosa por almorzar, ya que se le hizo tarde y faltan pocos minutos para que comience nuestra próxima clase.
***
A la profesora de lectura crítica le gusta filosofar mucho sobre el arte y cómo los escritores depositan sus sentimientos en páginas, que, posteriormente, terminan en un libro.
Tiene la costumbre de sentarse encima del escritorio de madera. Como es gordita y de piernas cortas, los pies le quedan al aire. Es gracioso verla mover sus pies de forma descoordinada, como si fuera una niña. Además, con la manía de mover su mano derecha mientras sostiene el marcador borrable, no le podemos despegar la mirada.
La profesora Margarita puede hablar largo y tendido en las dos horas de clases y nadie se aburriría, porque sabe capturar nuestra atención, sobre todo porque los temas que toca son de lo más interesantes.
Pero esta vez no puedo concentrarme en el tema de hoy, donde, después de leer el cuento “El gato n***o” de Edgar Allan Poe, todos participan dando su opinión. Y es que no puedo concentrarme al saber que al otro lado de mi fila está Liam observándome fijamente. Puedo sentir sus ojos encima de mí, como si fueran dos gigantes que me escudriñan hasta el alma.
Liam lleva puesta una chaqueta negra de cuero, creo que le gusta mucho vestirse con camisas de mangas largas oscuras y chaquetas. Lo hace, aunque haya calor. Es curioso, porque yo llevo puesta hoy una camisa blanca de botones, la tela es muy fresca y me cubre los hombros. Él usa el color n***o y yo me inclino por el color blanco. Somos el bien y el mal juntados en la misma habitación.
Parece que sigue enfadado conmigo. Su mirada me dice que huya. Siento que empiezo a correr peligro. Mi cuerpo lo sabe, se eriza cada vez que volteo a la derecha y me encuentro con esos ojos verdes observarme, parecen zafiros que intentan seducirme para arrastrarme a la oscuridad. Pero mi piel quiere arrancarse de mi cuerpo y salir corriendo, porque sabe exactamente qué es lo que intentará hacer ese hombre si me acerco.
Mi respiración se agita. Mis manos comienzan a sudar frío y temblar.
Ahora sólo soy espectadora ante la socialización del cuento. De hecho, llego a comparar a Liam con ese hombre que se volvió loco ante la presencia del gato n***o y lo termina matando; yo soy el pobre gato n***o.
Entonces, se acaba la clase cuando menos lo esperaba. Algo dentro de mí me dice que corra, que rescate mi vida del depredador que quiere acercarse a mí.
Veo que Liam deja de observarme y comienza a recoger sus apuntes y meterlos en su bolso gris. Hago lo mismo de forma apresurada.
Caty comienza a hablarme del ensayo que debemos hacer (no presté atención cuando la profesora dejó los compromisos para la próxima clase). Caty me habla de reunirnos en su casa y hacer una pijamada, pero su voz comienza a sonar como un balbuceo lejano, porque sólo puedo pensar en que quiero escapar de aquel salón antes que lo haga Liam.
Termino de coger mis cosas del escritorio, acomodo mi bolso azul oscuro en mi espalda y salgo del salón a paso ligero.
Caty me llama, pero no hago caso.
Antes de salir pude ver que Liam me observó con detención.
Y ahora camina detrás de mí. Me está persiguiendo.
No es paranoia de mi cerebro, esto de verdad está pasando. Liam me está persiguiendo por el corredor.
Cruzo en la esquina del pasillo y me desvío cerca a una fuente que hay en la zona norte del campus. Liam hace lo mismo, cada vez apretando el paso para alcanzarme.
Avanzo con una marcha más acelerada por los edificios de ingeniería y me escabullo entre los grupos de jóvenes que caminan por los pasillos. Por un momento creo que pierdo a Liam, así que miro a todas partes, pero, cuando menos lo imagino lo veo casi cerca de mí, esquivando a los estudiantes.
Así que comienzo a correr, porque él ya también lo está haciendo.
Dejo que mis pies me lleven a donde sea, pero lejos de Liam.
Llego al parqueadero trasero de la universidad, hay muchos árboles cerca de allí y no se ve ni una sola persona.
Mierda, esto no está bien. No está nada bien. Aquí fácilmente puede asesinarme y nadie se daría cuenta.
Veo que la entrada del parqueadero está cerrada y solamente hay unos tres autos, seguramente de las personas que no pudieron encontrar lugar en el parqueadero principal.
Sigo corriendo y me coloco detrás de un auto, como si este pudiera intervenir entre Liam y yo.
Veo que Liam ha detenido el paso, ahora camina lentamente hacia mí, me observa como si estuviera viendo algo sumamente extraño.
—Tú no deberías estar con vida —me dice con voz gruesa, casi amenazante.
Mi respiración está agitada, tengo sudor cayéndome de la frente. Estoy segura de que mis rizos deben estar de punta, no por la larga corrida que he hecho, sino del miedo que ya está haciendo temblar mis piernas.
Las lágrimas comienzan a amontonarse en mis ojos y ya todo mi cuerpo tiembla del miedo.
—Por favor, no me mates, por favor —suplico.
Liam despliega una sonrisa perversa y sus ojos se contornean. Tira su bolso gris al piso de piedra del parqueadero. Se acerca por la derecha, rodeando el auto blanco con el que yo intento hacer distancia de él.
Me ruedo de apoco, cada vez que él da un paso, yo retrocedo dos.
—Así que lo sabes —me dice mientras camina como jaguar hacia su presa—. Por eso me temes tanto, porque sabes lo que soy.
Las lágrimas comienzan a rodar por mis mejillas a borbotones, mezclándose con el sudor de mi cara.
—Po-por favor, no me hagas daño, por favor… —suplico.
Puedo sentir mi corazón palpitar como loco desbocado. La muerte está tan cerca de mí y no puedo huir de ella.
—Debiste suicidarte anoche, yo te lo ordené —dice Liam y se abalanza hacia mí de forma rápida, no me deja reaccionar.
Su mano derecha rodea mi cuello, dejándome inmovilizada.
—¿Por qué no moriste como te lo ordené? —pregunta, pero suena más a que está pensando en voz alta—. Deberías estar muerta ahora. Debió ser una muerte perfecta, pero lo dañaste. ¿Sabes lo que más me enoja de las personas?
Está tan cerca de mí que logro ver a través de sus ojos.
Todo este tacto. Esa mirada perversa.
Un bosque. La lluvia. La oscuridad. Estoy huyendo. Él me persigue, me encuentra. Estoy recostada a un árbol, me siento asfixiada; es él, me está ahorcando con sus manos. Su voz gritándome. Desesperación. Mis pies dejan de tocar el suelo. No puedo ver nada, lo único que siento es el dolor en mi cuello.
—Me enoja la desobediencia, me hacen asesinarlas con mis propias manos —suelta en un gruñido.
No, yo no voy a morir de esta forma, no es lo que he visto. A menos que él… sea la primera persona que altere los destinos que he visionado.