Inanna soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. —Debo ser más rápida—, pensó, mientras su mirada se dirigía a la salida. El mundo exterior estaba tan cerca… y aún tan lejos.
La emoción de su plan de escape se desvaneció en cuanto otra enfermera se le acercó por detrás, interrumpiendo su apresurada salida.
—Tú, —dijo la enfermera, con un tono apremiante, mientras colocaba una bandeja en las manos de Inanna—. Lleva esto a la —habitación de Satán—. Es tu turno.
El corazón de Inanna se aceleró. Sabía de la existencia de esa habitación, de las historias que corrían por los pasillos. El Satán, lo llamaban. Un hombre lobo tan peligroso que ni siquiera los guardias se atrevían a estar cerca de él por demasiado tiempo. Se decía que su locura había devorado su alma, convirtiéndolo en una bestia sin control. Pero, ¿por qué ahora? Justo cuando estaba a punto de escapar.
Con las manos temblorosas, tomó la bandeja sin decir una palabra y asintió. Sabía que cualquier resistencia levantaría sospechas, y en ese momento no podía permitirse arruinarlo todo. Caminó lentamente por los pasillos, sintiendo el peso de la responsabilidad aumentar con cada paso. A medida que se acercaba a la habitación prohibida, su respiración se volvió más rápida y errática.
Frente a la puerta, un guardia alto y corpulento la detuvo con una mirada severa. Sin decir nada, se inclinó hacia la cerradura y giró las llaves pesadas que colgaban de su cinturón, abriendo la puerta con un crujido metálico. El sonido hizo eco en el vacío del pasillo, aumentando la tensión que ya pesaba sobre Inanna.
Dentro, las luces eran tenues, apenas iluminando el interior de la celda. El aire estaba cargado de un extraño olor, una mezcla de hierro y oscuridad. Su mirada se dirigió automáticamente hacia la figura que estaba encadenada al fondo de la habitación. Y, al instante, sus ojos se encontraron con los de Mazda, el lobo al que llamaban —el Satán—.
Lo que la sorprendió no fue solo la intensidad de su mirada, sino lo diferente que era a lo que había imaginado. Sí, sus ojos eran fríos, despiadados, como los de una bestia al acecho. Pero, detrás de ellos, había algo más. El rostro de Mazda, aunque feroz, tenía una belleza extraña, casi inquietante. Su cabello n***o caía sobre su frente en desorden, y su cuerpo musculoso estaba cubierto de cicatrices que contaban historias de batallas pasadas.
Inanna dejó la bandeja sobre una pequeña mesa, y cuando se giró para marcharse rápidamente, una voz grave la detuvo.
—¿Por qué no te quedas esta vez? —dijo Mazda, con una sonrisa peligrosa dibujándose en su rostro—. ¿No deberías asegurarte de que realmente tomo estos malditos medicamentos antes de irte?
Las palabras golpearon a Inanna como un látigo, dejándola sin aire por un momento. Su mente corría, buscando una respuesta adecuada, pero nada coherente salía de su boca. Se detuvo en seco, con el miedo atenazando su garganta.
Mazda alzó una ceja, divertido por su reacción.
—¿No me respondes? —preguntó, sus ojos brillando con una malicia controlada—. Tienes suerte hoy.
Antes de que Inanna pudiera reaccionar, algo cambió en el ambiente de la habitación. Mazda, que había estado sentado tranquilamente, comenzó a moverse con una agilidad que no coincidía con su apariencia encadenada. Las cadenas que lo mantenían prisionero crujieron cuando él se levantó, y de un tirón, rompió los grilletes como si fueran de papel.
El sonido fue aterrador. Las cadenas cayeron al suelo con un estruendo metálico. Inanna apenas pudo respirar. Su cuerpo entero se tensó cuando Mazda se puso de pie frente a ella, sus ojos fríos clavados en los suyos.
—Te dije que hoy tienes suerte —dijo con una voz baja y ronca, acercándose lentamente a Inanna—. Porque no voy a dejar que me sigas envenenando con esas medicinas. No soy tan fácil de destruir.
Inanna retrocedió un paso, el miedo estaba apoderándose de su cuerpo. Su mente gritaba que corriera, pero sus piernas no respondían. Estaba paralizada por la presencia imponente de Mazda, por su aura peligrosa y oscura. Sabía que si intentaba escapar, no llegaría muy lejos.
Antes de que pudiera siquiera intentar moverse, todo se volvió oscuro. Las manos fuertes de Mazda la agarraron con una velocidad sobrehumana. Inanna sintió un destello de dolor y luego, como si hubiera sido arrastrada a las profundidades de un pozo sin fondo, todo a su alrededor se sumió en la negrura.
El mundo desapareció.
Inanna despertó tiempo después, desorientada, sin saber dónde estaba. Los recuerdos de Mazda, las cadenas rotas y su mirada feroz inundaron su mente. ¿Dónde estaba ahora? ¿Qué había sucedido después de que la oscuridad la envolviera?
Su corazón latía con fuerza en el pecho mientras miraba a su alrededor, tratando de comprender su situación. El eco de la risa de Mazda aún resonaba en su cabeza, dejándola con una única certeza: había comenzado algo mucho más grande de lo que imaginaba.
Inanna abrió los ojos lentamente, parpadeando mientras el sol filtrado por los árboles altos del bosque se reflejaba sobre su rostro. Estaba tumbada sobre el lomo de un lobo que corría velozmente entre los árboles. Al principio, no pudo entender lo que sucedía. Los recuerdos vagos del hospital psiquiátrico, el —Satán— Mazda, y la oscuridad se agolparon en su mente.
¿Cómo había llegado aquí?.
El lobo bajo ella se movía con una agilidad sorprendente, sorteando ramas y raíces mientras corría a través del bosque. Poco a poco, Inanna se dio cuenta de que estaba siendo llevada por Mazda. Él la había sacado del hospital.
Una bestia desconocida les interceptó el paso, con cuidado, Mazda la coloca detr+as de su gran cuerpo y en menos de un segundo, la bestia es tumbada por Mazda, quien le desgarra el cuello, sin la menor compasión, El suelo está lleno de sangre. Mazda se limpia la boca con la mano y toma a Inanna sobre su espalda. Sigue corriendo sin parar. El camino es como en zig zag, después, Mazda va reduciendo la velocidad.
Finalmente, tras lo que parecieron horas de carrera, Mazda se detuvo en un claro del bosque, donde un edificio enorme, aunque deteriorado, se erguía frente a ellos. A simple vista, el lugar parecía haber sido un majestuoso palacio, pero el paso del tiempo lo había transformado en una ruina abandonada. Las paredes estaban agrietadas, la pintura descascarada y las ventanas rotas. A pesar de todo, aún conservaba cierta nobleza, como si guardara secretos de un tiempo mejor.
Mazda la bajó de su lomo y, con un movimiento brusco, la dejó en el suelo. Inanna, todavía aturdida, cayó sobre sus rodillas. Estaba a punto de intentar levantarse cuando, de repente, fue rodeada por pequeños cuerpos que se movían rápidamente a su alrededor. Eran cachorros de lobos, todos de diferentes tamaños y edades.
—¡Mazda! —gritaron algunos de los más pequeños, mientras corrían hacia él y se aferraban a sus piernas—. ¿Dónde has estado?
Los más mayores rodearon a Inanna, observándola con curiosidad. Algunos la olfatearon, otros simplemente la miraban, como si estuvieran decidiendo si confiar en ella o no.
Inanna, sin poder ocultar su sorpresa, dejó de fingir que dormía y se incorporó lentamente. ¿Qué estaba sucediendo?.
—¿Son… son todos tuyos? —preguntó, mirando a Mazda, incrédula.
Mazda soltó una carcajada seca y cruzó los brazos sobre el pecho, observándola con esa mezcla de desdén y diversión que ya comenzaba a ser familiar para Inanna.
—¿Míos? No, mujer. Estos son huérfanos que recogí —dijo, apartando a un par de cachorros que intentaban subirse a su espalda—. Perdidos, abandonados, como yo en su momento.
Inanna los observó de nuevo. Los cachorros eran una mezcla de jóvenes lobos de todas las edades. Algunos parecían apenas haber nacido, mientras que otros ya estaban en su adolescencia. Todos llevaban ropas rasgadas, pero sus ojos brillaban con una mezcla de esperanza y curiosidad. Era difícil imaginar que el —Satán— del que tanto había oído hablar en el hospital fuera alguien capaz de cuidar a estos pequeños.
—Así que… el —Satán— tiene un corazón después de todo —murmuró Inanna para sí misma, sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Mazda, con su oído agudo, escuchó cada palabra y, antes de que Inanna pudiera reaccionar, él le dio un leve empujón con el pie. No fue un golpe fuerte, pero la sorpresa hizo que tropezara.
—No te confundas, Inanna —dijo con un tono severo, aunque una sonrisa se asomaba en las comisuras de sus labios—. No estoy haciendo esto por bondad. Estos cachorros no tienen a nadie más, y yo… bueno, tenía el tiempo y el espacio.
Inanna se puso de pie, limpiándose la suciedad de las manos, y miró a Mazda a los ojos.
—¿Y ahora qué? —preguntó, todavía tratando de comprender qué quería él de ella.
Mazda la observó en silencio durante unos segundos antes de responder, su mirada fija en los cachorros que ahora corrían y jugaban alrededor de ambos.
—Ahora… —dijo finalmente—, ahora tú serás la encargada de cuidarlos.
—¿Qué? —Inanna retrocedió un paso, incrédula—. ¿Quieres que sea su niñera?
Mazda asintió con firmeza, sus ojos brillando con ese peligroso destello que ya había visto antes.
—Sí. A cambio de haberte sacado de ese horrible hospital, serás la encargada de estos cachorros. Te necesitan… y tú me debes esa deuda.
Inanna abrió la boca para protestar, pero las palabras no salieron. Estaba atrapada. Él la había sacado del hospital, había roto las cadenas de su prisión, y ahora estaba en su territorio, rodeada de pequeños lobos que la miraban con ojos grandes y llenos de esperanza. Sus protestas parecían inútiles frente a las circunstancias.
—No soy niñera, Mazda —dijo finalmente, cruzándose de brazos, tratando de recuperar algo de control sobre la situación.
—Lo serás —replicó él, con tono bajo y desafiante—. Aquí no tienes elección. Pero, si te niegas, siempre puedo llevarte de vuelta al hospital.
El solo pensamiento de regresar a ese lugar la hizo estremecerse. Inanna apretó los dientes y miró a los cachorros que ahora la observaban con una mezcla de esperanza y curiosidad. No podía volver a ese infierno. Si tenía que cuidar de estos pequeños lobos para ganarse su libertad, lo haría. Pero no iba a ceder sin luchar.
—Está bien, cuidaré de ellos —dijo finalmente, con una mezcla de resignación y desafío en su voz—. Pero no porque tú me lo ordenes. Lo haré por ellos.
Mazda la miró con satisfacción. Había visto la chispa de desafío en sus ojos, y eso le agradaba.
—Eso está por verse —dijo, girándose para adentrarse en el palacio en ruinas—. Ahora, ven. Hay trabajo que hacer.
Inanna lo siguió, con los cachorros corriendo a su alrededor, sin saber que este sería solo el comienzo de una nueva vida. Una vida que la pondría a prueba de formas que nunca había imaginado.