EL MANICOMIO

879 Words
El sonido de la pesada puerta metálica cerrándose detrás de Inanna resonó como el golpe final a su libertad. El aire en el hospital psiquiátrico estaba cargado de gritos y susurros inquietantes. Desde el momento en que entró, un escalofrío recorrió su espalda. Cada paso que daba en el oscuro pasillo le hacía sentir que estaba entrando en un pozo sin fondo. Las paredes del asilo estaban revestidas de hierro, y aunque todos aquí eran hombres lobo, el lugar olía a encierro y desesperación. Apenas había cruzado la puerta cuando los gritos comenzaron. Uno tras otro, gemidos, aullidos, y risas maníacas se mezclaban en una cacofonía que perturbaba su mente. —Este no es un hospital—, pensó Inanna. —Es una cárcel para almas rotas.— Un guardia con una cicatriz en el rostro la empujó ligeramente hacia delante. —Vamos, camina —ordenó con brusquedad. Inanna intentó mantener la calma, pero su corazón latía con fuerza. Estaba atrapada aquí, no por estar enferma, sino por el odio y la humillación de Asmodeo. Mientras el guardia la llevaba a su habitación, intentó razonar. —No pertenezco a este lugar. No estoy enferma —dijo, su voz firme pero tranquila, esperando una chispa de comprensión en el guardia. Él la miró de reojo y soltó una risa seca. —Aquí nadie cree que estés enferma —respondió con un tono frío—. Eso no importa. Estás aquí porque alguien decidió que debías estar. Nadie sale. Inanna sintió una mezcla de rabia e impotencia, pero no dijo nada más. —Si no puedo convencerlos, entonces debo encontrar una forma de salir—, pensó. Afortunadamente, por su —buen comportamiento— y estabilidad mental aparente, le permitieron moverse por las áreas comunes durante el día. Era un pequeño alivio, pero sabía que estar vigilada constantemente no le dejaría muchas opciones. Durante sus momentos de libertad, Inanna observaba, escuchaba y aprendía. Los otros pacientes, también lobos, se movían como sombras por los pasillos, algunos murmuraban para sí mismos, otros reían sin razón aparente. Ninguno era violento, pero el ambiente de locura constante la mantenía en alerta. Un día, mientras estaba en el área común, escuchó a dos pacientes hablar en susurros. —¿Has oído hablar de la habitación prohibida? —preguntó uno, con la mirada perdida en el suelo. —Sí —respondió el otro—. Ahí está el Satán, o eso dicen. Nadie entra... ni sale. Inanna entrecerró los ojos. La habitación prohibida. Cada día, veía al personal entrar y salir, llevando comida y medicamentos. Algo importante estaba sucediendo allí, algo que el hospital mantenía oculto. —Tal vez ese lugar tenga una pista sobre cómo escapar,— pensó. Los días se convirtieron en eternos mientras Inanna estudiaba los movimientos de los guardias y del personal. La seguridad era férrea: altas torres, redes de hierro electrificadas, y lobos fuertemente armados vigilando cada rincón del lugar. No había forma de escapar… al menos, no directamente. Pero Inanna, astuta como siempre, encontró su oportunidad en el lugar más inesperado: la enfermería. Una tarde, mientras estaba en el área común, sintió un ligero mareo, pero no le prestó mucha atención hasta que casi se desplomó. La enfermera, preocupada, la llevó a la enfermería para que la revisaran. Inanna observó la sala detenidamente mientras la examinaban, fijándose en los armarios, los instrumentos y, lo más importante, las puertas. Allí fue donde surgió su plan. El día que lo había preparado todo, fingió un ataque. Se dobló de dolor, gimiendo y llevándose las manos al estómago. La enfermera corrió hacia ella para ayudarla. —¿Estás bien? —preguntó la mujer, preocupada mientras se inclinaba sobre ella. Ese fue el momento que Inanna había estado esperando. Con un rápido movimiento, golpeó el cuello de la enfermera en el lugar preciso. La mujer cayó al suelo, inconsciente. Inanna respiró con dificultad, el corazón martillando en sus oídos. Sin perder tiempo, le quitó el uniforme, lo colocó sobre su propio cuerpo, ajustó la mascarilla y se ató el cabello bajo la cofia. Ahora, era una de ellas. No se acobardó, levantó su cabeza lo más que pudo, sus hombros, estaban rectos, tal como lo exigía la formación del personal del hospital y la vista fija al frente. Con paso firme, caminó hacia la salida de la enfermería. Cada paso parecía resonar más fuerte en su cabeza, pero nadie la detuvo. Los guardias no la miraban dos veces, pensando que era solo otra enfermera en su rutina diaria. Mientras avanzaba por los pasillos, su mente estaba alerta. La habitación prohibida estaba en su radar, pero su primer objetivo era salir de este lugar. Sentía que cada segundo contaba. Sin embargo, justo cuando estaba por doblar la esquina hacia una de las puertas traseras, escuchó pasos detrás de ella. —¿A dónde crees que vas? —dijo una voz grave. Inanna se detuvo, el corazón en la garganta. Lentamente se giró para encontrarse con un guardia, que la miraba con desconfianza. —Voy a llevar medicinas —respondió, intentando mantener su voz firme y natural. El guardia la observó por un largo momento. Los segundos se hicieron eternos hasta que finalmente asintió con la cabeza. —No tardes —gruñó, y siguió su camino.
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