La Sombra del León

1402 Words
La forma en que me ignoró fue un golpe directo al ego… y al corazón . Any. Ella no lo sabe, pero su nombre es la única palabra que resuena en mi cabeza desde que entró a trabajar en el casino. Desde que le brindé mi ayuda. Aunque fue un trato, mi dinero, para ayudar a su madre, por su trabajo en mi casino. Le brindé un techo por tiempo indefinido. Mi departamento. Un lugar muy especial para mí. Desde que la vi la primera vez, con su porte altivo y esa dulzura que escondía una fortaleza indomable, me sentí atraído por ella como nunca una mujer logró capturar mi atención. Pensé que ella caería rendida a mis pies al saberse en deuda conmigo. Todos tienen un precio. Todos… menos ella. Y eso me enloquece. No soporto perder. Jamás lo he hecho. En mi mundo, se gana o se destruye al que se opone. Pero Any no vino a jugar mis reglas, ella es diferente a todos los que conozco. Se mueve entre las luces como una sombra rebelde. No importa cuántas veces la mire, no importa cuántas órdenes dé, ella me enfrenta sin miedo. Eso me irrita. Eso me excita. Eso me destruye por dentro. La última vez que la toqué fue un impulso. Sentir su muñeca en mi mano fue como sujetar dinamita. Ardía. Vibraba. Tenía el poder de hacerme estallar o salvarme. Y aún así, me ignoró. “No soy tu dios”, me dijo. ¡Demonios…! Tiene razón. Pero ¿cómo se lo explico a este deseo que me consume como fuego en una tormenta de gasolina? Any no lo entiende… No sabe lo que soy. Me he abierto paso entre serpientes y traiciones, me he hecho de un imperio con sangre en los nudillos y cicatrices que nadie ve. No necesito una mujer a mi lado. No necesito a nadie. Pero ella… Ella me hace querer bajar las armas, romper mis propias reglas. Me encerré en mi oficina después de verla pasar con esa mirada dura que no me regalaba ni una palabra. Tantas mujeres se han deshecho por un guiño mío. Pero ella… Ella me desarma sin tocarme. Golpeé la pared con el puño. No para asustarla, no para desquitarme. Para silenciar el grito que se me estaba formando por dentro. La amo. Y lo dije. Jodidamente lo dije. Pero eso no le bastó. Ella piensa que soy un cazador. Y tal vez lo soy. Pero no con ella. Con ella no es caza. Es necesidad. Es redención. Es un hogar que no sabía que buscaba. Sé lo que sufre por su madre. La escuché llorar aquella noche cuando quise ser su consuelo. La vi llorar cuando la llamaron de la clínica e irse al balcón. Creía que estaba sola. Pero yo estaba ahí, en las sombras esperando a que levantara su mirada y me dejara acercarme. La vi sentarse junto a ese arbusto lleno de flores como si el mundo pesara demasiado sobre sus hombros. Y me dolió…cómo dolió verla sufrir de impotencia. Pero a pesar de lo frágil que se veía, su fuerza era mayor. Any no necesita que la salven. Lo sé. Pero si me dejara, yo sería su escudo, su refugio, su lugar seguro. No como su dueño. Como su hombre. Pero no sé si pueda demostrarle eso sin romperla. No quiero lastimarla. Quiero verla brillar, aunque sea desde lejos. Aunque tenga que tragarme este amor que me está envenenando la sangre. Porque si la fuerza significa dejarla libre… Entonces que el amor me mate en silencio. Pero juro que si algún idiota se atreve a hacerle daño… a tocarle siquiera un cabello. Ni los muros del infierno lo esconderán de mí. Me dirigí al salón principal. La música vibraba en el aire, y las risas de los clientes se mezclaban con el tintinear de las fichas. Pero mis ojos buscaban a Jack. Lo encontré en una esquina, hablando con un hombre de mirada fría y sonrisa calculadora: 'El Turco'. Un sujeto de peligro, con el que es mejor no tratar. Me acerqué discretamente, y al verme, Jack palideció. —Max… Lo mire fijamente —Necesito hablar contigo. ¡Ahora! Escuché su voz titubeante. Reconocí el tono antes de girarse: Culpa. Esa mezcla de no saber mentir. Me detuve frente a él. Lo observé acercarse, sudando tensión, con los ojos inflamados de ansiedad. Sin decir una palabra, lo guié hacia mi oficina. Mis pasos retumbaban en los pasillos alfombrados del casino, firmes, tensos como mi respiración. Mi silencio era un castigo, y él lo sabía. Cerré la puerta. Me acomodé detrás del escritorio, pero no me senté. Lo miré a los ojos. No como a mi primo. Lo miré como lo que era, un hombre que había cruzado una línea. —¿Qué fue lo que hiciste, Jack? Él bajó la cabeza, tragó saliva, y comenzó a soltarlo todo. Lo de El Turco, lo de las fiestas privadas y las drogas en pequeñas cantidades. Jack intentó justificarlo, y eso, fue lo único que evitó que cruzara el escritorio y lo levantara del cuello. Mis nudillos crujieron cuando apreté el borde de la mesa. —¿Tienes idea del riesgo que eso significa para el negocio? ¿Sabes qué pasa cuando alguien como ese cabrón usa mi nombre para traficar basura en esas fiestas? Mi voz fue baja. Letal. Jack levantó la mirada, firme, arrogante y con desafío. —No usó tu nombre Max. —¿¡Estás jodidamente seguro!? Porque tú y yo somos socios, Jack. Si te agarran con una de esas mierdas en la mano, yo caigo contigo. ¡Y tú lo sabes! Caminé hacia él. Me paré a solo unos centímetros de él. —Yo nunca he necesitado vender porquería para tener poder. Este lugar, este imperio, lo construimos sin tener que arrodillarnos ante lacras como ese infeliz. ¿Y tú? ¿Tú decides meterme en la boca del lobo por unos cuantos billetes rápidos? Él no respondió. — Detén esto Jack, antes de que alguien venga a arrebatarte la vida. —Max… no exageres, no es … —¡Ya basta! —golpeé el escritorio con el puño, haciendo saltar la pluma dorada y algunos papeles. El eco del golpe pareció congelar el aire. Si no quieres que te saque del negocio, será mejor que lo hagas… Fue una amenaza directa. Yo no lo quería echar, era mi familia y lo apreciaba. Pero si alguien descubría su conexión con El Turco, se metería en graves problemas. — Vete a casa Jack. Vete con tu esposa y tus hijos, no seas imbécil. No hubo más palabras. Lo vi marcharse, pero no vi en él arrepiento. — Ese idiota no sabe el riesgo que corre al asociarse con un sujeto como El Turco. Ese malnacido suele cobrar con sangre cuando alguien le falla… — Y Jack tiene una hermosa familia, una esposa que lo ama y dos bellos hijos. ¿Por qué quiere arriesgar lo que tiene por ambición? Esa pregunta no tenía respuesta en mi cabeza, Jack ganaba muy bien a mi lado, tenía suficiente dinero en sus cuentas y más. ¿Qué estaba buscando al asociarse con un tipo como ese mafioso? Yo tenía demasiadas cosas en mi cabeza, un lío en mi mente y corazón con lo de Any que ya me causaba suficiente preocupación, como para preocuparme por Jack. Cuando ya era hora de cerrar, sentí la enorme necesidad de ver a Any antes de que se fuera a su casa. Me dolía la cabeza y estaba tenso. Pensé que verla sonreír me traería alivio. Bajé decidido y rápido al salón, la vería de lejos, sin molestarla, pero cuando la vi hablando con Sebastián Cárdenas, el hijo del senador de Indiana, mi sangre hirvió. — ¡Maldito desgraciado! Caminé como si pies tuvieran alas, iba a arrebatarla de sus garras, ese infeliz no tenía derecho a mirarla siquiera. Al verme caminar hacia ellos Any retrocedió, mis celos se encendieron al nivel de un volcán en erupción. El infeliz de Cárdenas la tomó de la muñeca, eso me enfureció, iba a romperle la cara cuando la vi soltarse de su agarre y caminar hacia mí. Me detuve de golpe ante su mirada fija en mí, como un río tormentoso que vuelve a la calma. ¿Qué clase de poder era ese que ella ejercía sobre mí?
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