Rendición y obsesión

1222 Words
El casino esa noche estaba lleno de luces, voces y rostros, pero en mi mente solo había una imagen: la de Any. No podía sacarme de la cabeza la forma en que su cuerpo encajaba perfectamente con el mío cuando bailamos, el roce involuntario de sus caderas bajo mis manos, la mirada intensa que compartimos cuando estuve a punto de besarla… y cómo, en el último segundo, ella se apartó. No podía sacármela de la cabeza, y lo peor era que tampoco quería hacerlo. —Max, ¿me estás escuchando? La voz de Jack me sacó de mi ensimismamiento. Estábamos en la sala privada del casino, después de reunirnos con los inversores italianos. Esa no había sido una reunión cualquiera. Esos hombres no confiaban en cualquiera, y si yo quería seguir en la cima, debía demostrar que seguía siendo el mismo Max Hedrong de siempre: implacable, estratega, frío. Pero esta noche no lo era. —Estoy escuchando, Jack —respondí sin apartar la vista del vaso de whisky en mi mano. —Pues no lo parece —Jack sonrió con suficiencia y le dio una calada a su habano. — ¿En qué demonios estás pensando? — Pareces tener la cabeza en otra parte. Mi mandíbula se tensó entrecerré mis ojos con fastidio. —Estoy pensando en mi casino —mentí. Él soltó una carcajada. —¡Tonterías! Estás pensando en esa chica. En la preciosa y dulce Anette. Le dirigí una mirada asesina. —Cierra la boca, Jack. – no quería que hablara de ella, ni siquiera que pronunciara su nombre con ese tono de estúpido como lo hacía. —Oh, vamos, Max. No es la primera mujer que se te mete en la cabeza. —Pero sí es la primera que se me queda ahí —susurré entre dientes, más para mí mismo que para que Jack ño escuchara. Jack se inclinó sobre la mesa y sonrió como si acabara de ganar una apuesta millonaria. Mirandome dijo: —Lo sabía. Estás enamorado. No respondí. Solo apreté el vaso con fuerza. Porque si lo decía en voz alta, si lo reconocía ante él, significaría que era cierto. Y un hombre como yo, con mi historial, con mi vida rodeada de peligro, negocios turbios y lealtades compradas, no podía darse el lujo de amar. No podía darse el lujo de amar a alguien como Any. Ella no era cualquier mujer, no como las otras mujeres con las que me había enredado. Amores de una noche sin importancia ni compromiso. Any tenía un corazón noble, un corazón que vivía para cuidar a su madre, que no quería ser parte de este mundo. Yo era un imbécil por desearla como la deseaba. —Max… —Jack entrecerró los ojos—. ¿Vas a dejar que se te escape esa belleza? Mi mirada lo fulminó. —Nadie escapa de mí… y deja de decir estupideces. Jack soltó una carcajada. —Eso quiero verlo… el gran Max Hedrong tras una chica que prefiere ir a descansar qué divertirse como sus amigas en su día libre. — Eso no es asunto tuyo Jack… Jack estaba muy divertido al verme desanimado, jugando con mi copa de whisky pensando en Any, sin poder evitarlo. A la mañana siguiente, apenas el sol apareció entre los rascacielos de Nueva York, yo ya estaba en mi auto. No podía seguir fingiendo que ella no me importaba. No quería seguir reprimiendo lo que sentía. Y, lo más importante, no iba a permitir que otro hombre se acercara a ella. Ni Thomas. Ni Fredy. Ni ningún otro. Any era mía. Aunque ella aún no lo sabía, pero lo sería. Estacioné frente a su casa y toqué la puerta. Ella tardó en abrir, eran las siete de la mañana. Cuando lo hizo, tenía el cabello recogido en una coleta desordenada, una bata ligera cubriéndole el cuerpo y ojeras marcadas bajo sus ojos. Se veía agotada. Pero igual lucía hermosa. —Señor Hedrong… ¿qué hace aquí? Su voz era suave, sorprendida por mi presencia a esas horas de la mañana. Yo solo la observé, sin responder. Mi mirada recorrió su rostro, sus labios, sus manos pequeñas aferradas a la bata. Estaba fascinado con lo que veía, su belleza al natural era más seductora y apetecible como cuando el maquillaje cubrir su bello rostro. Sin pedir permiso, entré. —Necesitaba verte, Any. Ella frunció el ceño. —¿Por qué? — ¿Hice algo mal en el trabajo? — ¿Alguien se quejó de mí o…? Me giré hacia ella y con una leve sonrisa contesté: — No Any. No hiciste nada malo… todo lo contrario. — No puedo sacarte de mi cabeza. Mi sonrisa se ensanchó un poco. — Por eso necesitaba verte… porque no puedo pensar en otra cosa que no seas tú. Sus labios se entreabrieron de la sorpresa. —Max yo… —No me digas que no lo sientes —susurré, acercando mi rostro al suyo—. No me digas que no sentiste lo mismo cuando bailabamos, cuando te tuve entre mis brazos. Sus ojos brillaban con una mezcla de deseo y temor. —No es tan sencillo… —Para mí sí lo es —dije con convicción. — Quiero estar contigo, Any… Y esto no es un capricho, no es un juego… — Te quiero Any.. Ella bajó la mirada, mordiéndose el labio inferior. —Yo… — Mírame Any, y dime si no sientes nada por mí, dime que me aleje y lo haré. Sabía que hablar así era una apuesta arriesgada. Que podía perderlo todo en un solo segundo. — Dime que me aleje y lo haré… Pero entonces, ella alzó la mirada y susurró: —No quiero que te alejes. Mi corazón saltó en mi pecho al escucharla, el mismo corazón qué durante años había encerrado en una coraza de acero, latió con fuerza por Any. Sin esperar una invitación, la besé. Ese beso marcaba un antes y un después en los dos. Al menos eso fue lo que creí. Pero después de besarnos y de tenerla en mis brazos pensando y deseando amarla locamente, tal cómo lo estaba deseando, Any se apartó de mí. — No creo que esto sea correcto Max. — ¿Por qué? — Any es correcto enamorarse y tú y yo nos… — No Max… No quiero ser tu amante. Sé perfectamente que eso es lo único que sería y no quiero eso para mí. Escucharla negarse después de la forma en cómo nos habíamos besado no tenía sentido para mí. Pero era obvio que Any tenía miedo, y estaba buscando algo serio, y yo no veía la necesidad de casarse para amar a una mujer. Pero una cosa era cierta, me había enamorado de Any y no soy hombre al que le guste perder, iba a insistir hasta conseguir que ella aceptara vivir conmigo. Any era la primera mujer en mi vida que se metió en mi cabeza, bajaba a mi corazón y me hacía arder la piel como si me quemara tan solo con tenerla cerca. Si por mi cuenta no podía conseguirla, usaría otros medios de convencerla, cuando algo se metía en mi cabeza lo conseguía y Any gobernaba en mis pensamientos, y no iba a dejar que se me escapara de las manos, la quería… y la conseguiría.
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