6. Rumores en el aire.

1037 Words
Los días siguientes en la oficina se sienten como una bomba de tiempo. Cada cruce de miradas con Magnus, cada roce de nuestras manos, todo parece amplificado bajo el ojo atento de mis compañeros. Aunque intento ignorarlo, los susurros y miradas furtivas empiezan a pesarme. Una tarde, durante una junta, un comentario casual de uno de los directivos hace que me tense. —Magnus, ¿has pensado en cambiar a tu asistente? Parece que se distrae con facilidad últimamente —bromea, con una sonrisa que me hace arder las mejillas. Magnus me lanza una mirada rápida, y por un momento, creo que va a ignorar el comentario. Pero en lugar de eso, deja los papeles que estaba revisando y responde, con un tono que mezcla calma y advertencia. —No veo por qué debería hacerlo. Daniela ha demostrado ser muy competente, aunque algunos tengan opiniones distintas sobre su desempeño. El silencio se apodera de la sala, y noto la tensión en el ambiente. Yo, que estaba encogiéndome en mi asiento, ahora siento una mezcla de orgullo y nerviosismo. Magnus me ha defendido, sí, pero no puedo evitar pensar en cuánto tiempo podrá seguir enfrentándose a esos comentarios. Cuando la reunión termina, intento salir rápidamente para evitar miradas, pero siento su mano en mi brazo, deteniéndome. —¿Estás bien? —me pregunta, sus ojos buscando los míos. Asiento, aunque por dentro algo me inquieta. Sé que todo esto es una fachada frágil y que, aunque a él no parezca importarle lo que digan, yo no puedo evitar sentirme vulnerable. —Creo que sería mejor si… si dejamos de ser tan obvios —murmuro, con el corazón latiendo en mis oídos—. No quiero que esto termine perjudicándote. Magnus suelta un suspiro, como si la idea de ocultarnos más le molestara. —Ya te dije que no me importa, Daniela. No me importa lo que los demás piensen, y no me importa cómo vean esto. Lo único que me importa… eres tú. Y ahí está otra vez. Esa declaración directa que me hace tambalear. ¿Cómo se supone que ignore esas palabras? Pero antes de que pueda responder, alguien se acerca, y Magnus me suelta, volviendo a su papel de jefe impasible. Esa noche, mientras reviso documentos en mi escritorio, me percato de que Magnus sigue en su oficina. La mayoría del personal ya se ha ido, y el edificio está casi en silencio. Reúno valor y decido entrar. —¿Sigues aquí? —le pregunto, apoyándome en el marco de la puerta. Él me mira, y por un instante, toda la dureza de su expresión desaparece. —Parece que no soy el único —responde, dejando los documentos a un lado. Camino hacia él, sintiendo cómo el silencio nos envuelve. Ya no estamos en horario laboral, y aunque los muros de esta oficina han sido testigos de tantas interacciones tensas, algo en esta noche se siente distinto. —Magnus… —comienzo, tratando de encontrar las palabras correctas—. Estoy preocupada. —¿Por qué? Me acerco un poco más, y el espacio entre nosotros parece cargado de electricidad. Siento que él también lo nota, porque su mirada se vuelve más intensa. —Porque siento que… esto, lo nuestro, se está volviendo algo más complicado de lo que esperaba. Y no quiero que termines perdiendo algo por mi culpa —admito, mi voz temblando levemente. Él se levanta de la silla y da un paso hacia mí. Su mano se posa en mi mejilla, y el contacto me hace cerrar los ojos por un instante. —Lo único que estoy dispuesto a perder es esta máscara —murmura, en voz baja—. Estoy cansado de pretender que no me importas, que no te necesito. Y si eso me va a traer problemas… que así sea. Sus palabras resuenan en mi cabeza. Cuando abro los ojos, sus labios están a milímetros de los míos. La tensión se quiebra en un instante, y nos besamos, dejándonos llevar por el deseo reprimido, olvidando el mundo, los rumores, y los riesgos. Nos besamos como si el tiempo estuviera en nuestra contra, con una urgencia desesperada que nos consume. Capítulo 12: A puertas cerradas La situación entre Magnus y yo se intensifica rápidamente. Ahora es difícil pasar un solo día sin buscar una excusa para encontrarnos en su oficina, o en cualquier rincón oculto del edificio. Cada día que pasa, siento que caigo más y más en esta locura de emociones, en este romance secreto que ambos sabemos que es un riesgo. Sin embargo, una mañana, la realidad nos golpea con fuerza. Apenas entro a la oficina, noto la mirada severa de Magnus desde el otro lado del pasillo. No sé qué sucede, pero su expresión me hace dudar. —Daniela, necesito hablar contigo en privado —dice, su voz tensa. Me lleva a su despacho, cerrando la puerta detrás de nosotros. Una vez dentro, me enfrenta, su rostro grave. —He recibido una queja formal —dice, y su tono me hiela la sangre—. Alguien ha comenzado a sospechar de nuestra… relación. Mi corazón se acelera, y siento una punzada de miedo. Todo este tiempo he intentado mantener las apariencias, pero parece que no ha sido suficiente. —¿Qué… qué vamos a hacer? —pregunto, la voz quebrada. Magnus me mira, y en sus ojos veo una mezcla de determinación y tristeza. —Lo único que podemos hacer, Daniela, es ser cuidadosos. A partir de ahora, evitaremos cualquier contacto aquí. Nos veremos fuera, lejos de este lugar. No quiero poner en riesgo tu trabajo ni el mío. Su tono es firme, y aunque sus palabras son sensatas, siento una punzada de tristeza. La idea de tener que ocultarnos me duele, pero sé que es la única opción. —De acuerdo —susurro, bajando la mirada. Magnus se acerca y me toma la mano, apretándola con suavidad. —Esto no cambia lo que siento, Daniela. Esto no cambia nada entre nosotros. Quiero creerle. Quiero creer que este amor prohibido que ha surgido entre nosotros puede sobrevivir a cualquier obstáculo. Pero en el fondo, una pequeña duda comienza a germinar, y temo que la realidad termine por separarnos.
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