7. Juegos de apariencias.

1164 Words
Los días siguientes se convierten en un baile cuidadosamente ensayado. Magnus y yo evitamos quedarnos a solas en espacios cerrados, nos contenemos en cada palabra y gesto, y mantenemos una distancia profesional que se siente artificial, casi dolorosa. Pero cada vez que nuestras miradas se cruzan, todo lo que intentamos ocultar parece relucir con más intensidad. Sin embargo, mantener esta fachada de indiferencia es más difícil de lo que imaginé. Especialmente cuando, una tarde, mientras reviso unos documentos en mi escritorio, Magnus pasa por mi lado y, en un movimiento sutil, me deja una pequeña nota entre los papeles. "Hoy, 8:30 p.m., el café de la esquina. Te espero." El mensaje me arranca una sonrisa, y aunque trato de disimular, el calor en mis mejillas me delata. Miro de reojo a Magnus, quien ya está de espaldas y parece absorto en su propio trabajo, como si nada hubiera pasado. La expectativa de nuestro encuentro empieza a latir en mi pecho, y el resto del día transcurre en una especie de niebla; cada minuto se siente eterno. A las 8:30 p.m. en punto, llego al pequeño café de la esquina, donde Magnus me espera en una mesa junto a la ventana. El ambiente es cálido y acogedor, y las luces tenues parecen crear un mundo paralelo donde somos simplemente dos personas disfrutando de la compañía del otro. —Pensé que no vendrías —bromea Magnus cuando me siento frente a él. —No soy de las que dejan plantado a alguien… sobre todo si se trata de su jefe egocéntrico y maniático del orden —le devuelvo, alzando una ceja mientras él suelta una risa baja y divertida. Durante la primera media hora, hablamos de cosas triviales, intentando mantenernos en temas ligeros. Pero después de un rato, una pregunta ronda en mi mente, y aunque trato de resistirme, finalmente se me escapa. —Magnus, ¿alguna vez te has arrepentido de… todo esto? —pregunto en voz baja, observando cómo sus ojos me analizan con atención. Él se inclina hacia adelante, y su mirada se vuelve más seria, profunda. —Daniela, nunca me he arrepentido de nada contigo. Ni un solo segundo —responde, su voz cargada de sinceridad—. Si estoy aquí, es porque quiero estar. Nadie me obliga a nada, y créeme que, si quisiera alejarme, lo haría. Siento un alivio inesperado. La honestidad de sus palabras me tranquiliza, como si su voz lograra apagar todas esas dudas que he estado acumulando. En algún momento de la noche, las palabras se diluyen, y nuestras miradas se cruzan en silencio. Ese silencio no necesita ser llenado con palabras, porque nos basta con la intensidad de nuestros sentimientos. De repente, él extiende su mano sobre la mesa y me acaricia los dedos. Es un gesto pequeño, pero que me hace temblar. —¿Te apetece un paseo? —pregunta de pronto, y yo asiento, dispuesta a alargar este momento tanto como pueda. Caminamos por las calles del centro, donde la ciudad parece más tranquila. Nos mantenemos en silencio, sumergidos en una calma que nos permite disfrutar de la simple presencia del otro. Al llegar a un parque cercano, nos sentamos en un banco y, sin darme cuenta, empiezo a abrirme más de lo que he hecho en mucho tiempo. —A veces no entiendo cómo terminé aquí —confieso, rompiendo el silencio—. Yo… siempre quise algo más, siempre soñé con vivir algo… apasionante, algo que me hiciera sentir viva. Pero terminé en una oficina, trabajando hasta tarde todos los días y soportando un jefe… que me desespera y me hace sentir más torpe que nunca. Magnus suelta una risa contenida y se gira hacia mí. —No eres torpe, Daniela. Al contrario, creo que eres la persona más apasionada y vivaz que he conocido. Y te confieso algo: aunque al principio pensaba que tus tropiezos eran… exasperantes, ahora los extraño cuando no suceden. Eres tú quien le ha dado color a esa oficina tan… vacía. La seriedad en su tono hace que sienta un nudo en la garganta. No estaba preparada para oír algo tan directo, tan vulnerable de parte de alguien como él. Mi Magnus, el inquebrantable, el reservado, me está dejando ver una parte de él que no había imaginado. Sin pensarlo, me acerco y lo beso. Pero este beso no es como los anteriores. Es lento, íntimo, como si ambos estuviéramos intentando transmitir lo que sentimos sin necesidad de palabras. Es un beso que dice lo que ninguno de los dos se atreve a pronunciar en voz alta. Cuando finalmente nos separamos, su mirada se queda fija en mí, y siento que en este instante, en medio de la noche, él está tan atrapado en este sentimiento como yo. —Daniela… —susurra, como si fuera a decir algo importante, pero duda, y la chispa de vulnerabilidad desaparece, reemplazada por su usual reserva—. Deberíamos regresar. Mañana tenemos un día largo en la oficina. Intento disimular la punzada de decepción, aunque sé que tiene razón. Nos despedimos con una última mirada, y me marcho, sintiendo cómo cada paso me aleja de un momento que quisiera repetir infinitamente. Los siguientes días en la oficina son un vaivén de emociones. Entre nosotros parece haber una línea invisible que cruzamos y retrocedemos constantemente. A veces, en momentos de calma, él me lanza una mirada que me derrite, pero otras veces me trata con una frialdad que me hace dudar si realmente todo lo que compartimos en el café fue real o si solo fue una fantasía mía. En un momento de debilidad, decido enfrentarme a él. —Magnus, necesito saber algo —le digo, cruzándome de brazos frente a su escritorio—. ¿Qué somos para ti? Él se queda en silencio, visiblemente incómodo. Me mira, y por un momento, parece que va a responder. Pero en lugar de eso, su expresión se endurece. —Daniela, no estamos en una novela romántica. Esto… esto es la vida real. Hay cosas que no podemos ignorar, y si insistes en seguir cuestionándolo, quizá esto termine antes de lo que esperas. Sus palabras caen como un balde de agua fría. Me quedo allí, inmóvil, asimilando lo que acaba de decirme. Siento que mi corazón se rompe un poco, y la furia empieza a hervir dentro de mí. —¿Sabes qué, Magnus? Quizá tienes razón. Quizá sea yo quien deba ponerle un fin a esto. Sin esperar su respuesta, salgo de su oficina, con el corazón hecho pedazos. No me importa si lo que he dicho es una amenaza vacía. Lo único que sé es que necesito escapar de su presencia, de su indiferencia… de este amor que me está destrozando. Y mientras me alejo, la duda me carcome: ¿acabo de cerrar la puerta a la mejor y más compleja experiencia de mi vida, o simplemente me estoy salvando de una tormenta emocional que solo nos llevará a ambos a la destrucción?
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