Magnus, sin embargo, no piensa lo mismo. Días después, aparece en la puerta de mi apartamento. No entiendo por qué, hasta que él, con una intensidad que sólo él podría tener, me toma de la mano y dice:
—Daniela, te necesito aquí.
Me quedo sin palabras. Magnus McNamara, el hombre más inalcanzable y autosuficiente del planeta, acaba de decirme que me necesita. Suena surrealista. Intento recuperar el aliento y mi voz al mismo tiempo.
—¿Te… te has vuelto loco? —consigo murmurar.
Él levanta una ceja, y su expresión se endurece apenas un instante. Es como si ya estuviera acostumbrado a mis reacciones inesperadas, aunque esta vez tiene un brillo en los ojos que me desarma.
—Posiblemente, pero eso no cambia las cosas, ¿verdad? —replica, acercándose un paso más hacia mí.
Mis nervios están a flor de piel. Este hombre no entiende lo que significa "espacio personal", y cada vez que se aproxima, el aire parece hacerse más espeso, como si su sola presencia alterara la gravedad. Pero soy yo la que debería poner algo de distancia.
—No puedo volver, Magnus. Esto… lo que pasó… lo arruiné todo. No puedo enfrentarme a esa oficina otra vez como si nada —admito, mirando hacia el suelo.
Magnus suspira, y luego se inclina, obligándome a levantar la vista para encontrarme con esos ojos verdes que, admito, me tienen completamente hechizada.
—Escucha, Dani… —pronuncia mi nombre con una suavidad que no le había oído nunca—, puede que tú pienses que lo arruinaste, pero para mí… fue lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.
Mi corazón da un vuelco. ¿Magnus McNamara siente algo por mí? No, imposible. Este hombre se pasa la vida negociando tratos, despidiendo personas con frialdad y manteniendo la distancia, y sin embargo… aquí está, hablando con un tono que nunca le había oído, y mi mente no puede procesarlo.
—No soy bueno en estas cosas, lo sabes —continúa él, un poco más rígido—, pero no puedo quedarme sin hacer nada mientras te alejas y actúas como si nada hubiera pasado.
Me quedo mirándolo, sintiendo la fuerza de su voluntad, y me doy cuenta de que algo ha cambiado entre nosotros. Que este Magnus, el que está frente a mí, es mucho más que el jefe inalcanzable y millonario que se desespera con mis torpezas.
—¿Y qué es lo que quieres? —pregunto finalmente, tratando de sonar segura, aunque mi voz apenas es un susurro.
Él sonríe de lado, y ese gesto arrogante que siempre me exaspera ahora me provoca una corriente de emoción.
—Quiero que vuelvas a la oficina, pero no sólo para que seas mi asistente —dice, y se acerca más aún—. Quiero que estés conmigo, como nunca he permitido que nadie lo esté.
Mi corazón late tan fuerte que temo que él lo escuche. Magnus y yo, un imposible. Pero aquí está, diciéndome que me necesita, y lo que más me sorprende es que yo también lo necesito a él.