4. Bajo la piel.

1069 Words
A la mañana siguiente, vuelvo a la oficina. Los nervios se apoderan de mí y, aunque me digo a mí misma que debo actuar profesional, las miradas que intercambiamos Magnus y yo cuentan una historia que nadie más comprende. El día transcurre en un delicado equilibrio entre el trabajo y la tensión que no hemos terminado de resolver. Me concentro en mi pantalla, revisando correos y preparando los documentos que él me ha solicitado, pero la imagen de sus labios sobre los míos sigue apareciendo en mi mente, una y otra vez. Durante una pausa, él pasa junto a mi escritorio, y cuando cree que nadie lo ve, me lanza una mirada que me hace estremecer. —¿Vienes a mi oficina en diez minutos? —me pregunta, y yo asiento. Al entrar, cierro la puerta detrás de mí y noto que sus ojos me observan de un modo que me hace temblar. —Espero que el café esté bien caliente esta vez —dice, irónico, y me hace sonreír. Es su manera de suavizar el ambiente. —Prometo que lo está —respondo, jugando con el tono. —Bien. Porque a partir de ahora, Daniela, creo que necesitamos poner ciertas reglas para que puedas… mantenerte al día sin problemas —dice, alzando una ceja de esa forma tan típica en él. Mi mente va al doble sentido de su frase, y siento el calor subirme al rostro. El Magnus implacable y el Magnus que me besó parecen un solo hombre ahora, y ya no sé cómo resistirme a él. Él se acerca, recorre el borde de mi escritorio con la punta de sus dedos, hasta que su mano se posa sobre la mía. —¿Sigues pensando que todo esto fue un error? —susurra, mirándome con intensidad. Negar lo que siento sería mentir, pero también sé que estoy caminando en terreno peligroso. —Magnus, esto no puede funcionar… —intento decir, pero su dedo sobre mis labios me hace callar. —¿Por qué no? Tú eres mía, Daniela. No tienes idea de cuánto me atormenta que pienses lo contrario. Y con esa declaración, las palabras sobran. Los siguientes momentos son un torbellino de emociones. Magnus me besa con una pasión que me hace olvidar todas mis inseguridades y, por un instante, el mundo exterior deja de existir. Los días pasan, y lo nuestro se convierte en una relación secreta entre miradas cómplices, encuentros apresurados y promesas susurradas. Pero nada dura para siempre en el mundo de Magnus McNamara. Una tarde, él me pide que lo acompañe a una cena importante, como parte de mis "nuevas funciones". Intento no mostrar mi entusiasmo, pero no puedo evitar sentirme especial. Durante la cena, noto que no soy sólo su asistente: soy alguien a quien Magnus ha dejado entrar en su vida, alguien a quien no quiere perder. La velada es perfecta, y mientras los demás asistentes se dispersan, él me toma de la mano y, sin decir una palabra, me lleva a un lugar apartado del salón. —Daniela, hay algo que debo decirte —comienza, con una seriedad que pocas veces le veo. Mi corazón late con fuerza. ¿Será que finalmente se atreverá a ponerle nombre a esto que tenemos? —Quiero que dejes de preocuparte —dice, y me acaricia el rostro con una suavidad que me desarma—. Esto no es un juego para mí. El calor se apodera de mí, y por primera vez en mucho tiempo, siento que este imposible podría ser real. Magnus ha logrado cambiar, y, en el fondo, yo también. Al día siguiente, mientras subo en el ascensor hacia el piso de Magnus, la adrenalina me recorre el cuerpo. La cena de anoche aún me tiene en una especie de nube, y aunque quisiera concentrarme en el trabajo, la imagen de él acariciándome el rostro y diciéndome que esto no es un juego sigue repitiéndose en mi mente. Sin embargo, apenas entro en su oficina, me doy cuenta de que Magnus está en modo trabajo total. Está rodeado de papeles y hablando por teléfono, su tono es firme, incluso cortante. Me quedo de pie, esperando a que termine. Cuando finalmente cuelga, me mira con esa mirada penetrante que me hace temblar. —Buenos días, señor McNamara —le digo, tratando de mantener el profesionalismo, aunque sé que probablemente se me nota en la voz un ligero temblor. Él asiente, pero en sus ojos brilla una chispa de diversión. —Buenos días, Daniela —responde, con una sonrisa apenas perceptible—. Hoy tenemos una agenda bastante cargada, así que espero que estés preparada. Sus palabras son como un balde de agua fría, devolviéndome a la realidad. Claro, esto es un trabajo, y Magnus McNamara no deja de ser mi jefe, aunque ahora tengamos algo especial. Asiento, dispuesta a mantenerme enfocada, aunque no puedo evitar lanzarle una mirada intrigante. —Perfecto, empecemos entonces. Aquí tienes los documentos que debes revisar y… por favor, ten cuidado con el café esta vez, ¿de acuerdo? —dice, con un tono sarcástico que me hace sonreír involuntariamente. El día transcurre en una mezcla de miradas cómplices y pequeños roces accidentales, hasta que, cerca del mediodía, Magnus se acerca a mi escritorio con un papel en la mano. —Tienes que acompañarme a la sala de juntas para una reunión importante. Quiero que tomes notas y asegúrate de que no se escape ningún detalle. —¿Tan importante es? —le pregunto, tratando de ocultar mi nerviosismo. —Lo es. Esta reunión podría definir una de nuestras mayores adquisiciones, y necesito que todo salga impecable. Y también —agrega, bajando un poco la voz y lanzándome una mirada intensa—, porque quiero que estés cerca. Mi estómago da un vuelco. Camino junto a él hacia la sala de juntas, tratando de aparentar profesionalismo mientras mi mente aún se encuentra en lo que me dijo. En la reunión, él se muestra implacable, el Magnus de siempre: seguro, arrogante, elocuente. Pero de vez en cuando me lanza una mirada fugaz, y siento que todo el salón se desvanece. Cuando la reunión termina, vuelvo a mi escritorio con una sonrisa, sintiendo que pertenezco a su mundo, aunque solo sea un poco. No obstante, un pensamiento me invade: ¿qué tan real es todo esto? ¿Estoy cayendo en algo que podría romperme? Magnus es tan impredecible…
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