XIX
—Vaya manera de llover —susurró Dan algo angustiado, al saber que era ya muy tarde. Suspiró algo decepcionado y su aliento hizo dibujos en el vidrio. Ese día, Moscú había estado en particular lluvioso, parecía que el cielo estaba muy triste.
—Es muy extraño, ahora que se acerca el verano, es lo que los expertos llaman 'atípico'. Sabes que no hay ningún problema con que permanezcas acá, el tiempo que quieras.
Dan viró a verlo y le sonrió ampliamente. Era cierto, no necesitaba irse, pero no tenía más que la ropa que llevaba encima y el día siguiente debía dictar clases de manera habitual. Sonrió de nuevo cuando Alexandro le acercó una taza de café. Le reclamó por la hora, y si acaso no deseaba que durmiera. El amante ruso hizo una mueca y le respondió que si no la quería que simplemente la dejara. Dan se echó a reír de su amante por ser tan enojón.
—Mejor cállate Choi. Y si es por la ropa, yo puedo prestarte algo para mañana... —Desvió la mirada un poco para que Dan no notara su sonrojo—. El pantalón aún lo puedes usar, si te lo quitas ya.
—Eres un descarado Alexandro —le dijo Dan guiñando un ojo y sonriendo de manera juguetona—. No me puedes quitar los pantalones, no hasta dentro de una semana.
—¿Sabes algo? Mejor lárgate. Llama un taxi que seguro va a tardar horas en llegar y ya no me fastidies la vida.
Dan se acercó y le plantó un beso en los labios, para intentar calmar un poco la rabieta de su «novio», no se podía resistir verlo así, era como ver enojado a un niño, con pucheros incluidos. Encantador.
Resultó ser que Dan sí tenía, en efecto, una lesión en uno de los discos de su columna, nada grave por fortuna para el profesor de Historia, pero que le generó mucho dolor. Todo debido a un golpe que se dio al estar practicando muchas semanas atrás, en el estudio de su amante. Hizo exactamente lo que Alexandro le dijo que no hiciera, y cayó estrepitoso sobre su trasero para evitar dañar su tobillo.
Nunca le dio mayor importancia y tuvo siempre un pequeño malestar, que aumentó horrible con la intensa actividad física s****l que ahora estaba teniendo. Se lo confesó solo al doctor que veía las radiografías, luego a Dobargo le dijo solo de la caída. Este, a su vez, no pudo tener la boca cerrada en la cafetería y lo gritó a los cuatro vientos, y claro, llegó a oídos del profesor de ballet.
Alexandro al inicio se sintió aliviado al saber que no había sido un salvaje maniático teniendo sexo con él y que eso le había lastimado tanto. Luego pasó a la molestia y después a la furia; le había advertido muchas veces a su tonto Dan que hacer movimientos bruscos sin el calentamiento o el entrenamiento previo, podría traerle una lesión, y bueno, ahí estaban los resultados.
Lo regañó como a un chiquillo, y Dan no le respondió nada, creyendo que tenía total razón. Por tres semanas, Dan Choi no podría tener ningún tipo de esfuerzo, mientras la inflamación y el dolor cedían.
Al contrario de lo que pensó el coreano, Alexandro se mostró muy preocupado y él mismo le hacía los masajes de la terapia. No tuvieron sexo para nada en dos semanas y eso no parecía ser problema, pues se dedicaron a otras cosas. Salían a cenar, veían películas en la casa de Greco, hablaban mucho, como Dan nunca creyó que sucedería. La dinámica siempre era la misma, iban al departamento del ruso, pasaba un rato y poco después de las 10:00 p.m. salía de ahí. Pero esa noche era ya muy tarde y le pareció muy tierno, a su manera, cuando Alexandro le pidió que se quedara.
—Bueno, gracias por prestarme tu pijama, descansa. —Dan se metió bajo las mantas, lo mismo hizo su amante. Esta vez ninguno se dio la espalda, no obstante, tampoco se acercaban lo suficiente como para darse arrumacos. A esa etapa aún no llegaban.
—Espero que puedas descansar —dijo Alexandro bajando la voz y cerrando los ojos.
—Por favor, déjame ver un poco más tus ojos, son muy lindos. —Alexandro los abrió un poco, mirando fijamente a Dan, empezaba a entender que ese de cabellos tan negros aún no tenía sueño—. Cuando llegué a la Universidad, el particular color de tus ojos me llamó muchísimo la atención. Luego, esa seguridad que siempre tienes al caminar, que pareciera que todo mundo te abre paso, y el cómo tratabas a los otros, menos a mí, claro está, eso me gustó mucho y me gusta aún. —Dan con ternura extendió su brazo y con su mano acarició sus cabellos claros que caían rebeldes sobre sus ojos. Alexandro sonrió un poco y se acortó la distancia.
—A mí me gusta, como no tienes idea, estar dentro de ti. —Dan abrió muchísimo los ojos y se sonrojó completamente.
—¡Alexandro! —reclamó el coreano con algo de fuerza.
—Ah, disculpa, pensé que podíamos hablar de cualquier cosa, pero si solo vamos a ser muy cursis, entonces cambiaré de tema. —Dan, aunque sorprendido, le pidió que siguiera, si es que tenía algo más que decir—. Verás, cuando entro en tu cuerpo, la primera sensación que tengo es en mi pecho, como si algo me impidiera respirar bien, luego tu interior tan caliente, me hace sentir que las piernas no me responden bien, como si se derritieran; finalmente, por la espalda me recorre una electricidad, algo muy parecido a lo que sentía cuando bailaba, unas tremendas ganas de moverme y danzar como si tu cuerpo fuera el escenario. Bueno, me gustan muchas más cosas, sin embargo, sentí que debía sacar de mi alma esto.
Dan lo observó muy atento por un rato. Alexandro no le veía al rostro y escondía su mirada en la sombra de la noche. Entonces se acercó todavía más y le dio un beso en la frente. Sacar eso tan de repente era más de lo que esperaba de Alexandro. Resultaba cierto que no era muy romántico, no obstante, la forma en que lo dijo, llevando su mano al pecho e incluso añorando el momento en que volviera a penetrarlo, se le hizo tremendamente lindo. Dan nunca se había sentido así de engreído. Ni siquiera ese que le rompió el corazón le había tratado así, jamás.
Se acercó lo suficiente como para darse cuenta que su amante tenía una erección. Posó su mano en la entrepierna de Alexandro y lo miró muy fijo. El hombre hermoso de ojos de mar, le retiró la mano y movió la cabeza de un lado a otro, diciéndole con esto, que no podían hacer nada, no hasta que él estuviera mucho mejor de su espalda. Dan sorpresivamente se sentó en la cama y asustó un poco a Alexandro. Quedaron muy claras sus intenciones, cuando se puso en medio de sus piernas y viéndolo con una seguridad algo aterradora, empezó a deslizar su dedo índice por el elástico del pantalón de dormir de Alexandro.
Ninguno decía nada. Parecía ser que cualquier palabra podría romper la magia de ese momento, de un cuarto oscuro, iluminado por la luna y por los constantes relámpagos que caían sobre la ciudad. El ventanal salpicado de lluvia se reflejaba en Dan y eso, más su hermoso cabello tan n***o, revuelto, hicieron que la erección de Alexandro fuera aún más evidente. Dan empezó a tirar del pantalón de su amante hasta verlo ahí, expuesto a su merced. Se inclinó sin atender el pedido de Alexandro que le tomó la mano y de nuevo le dijo con la cabeza que no lo hiciera. Dan no atendería esta vez ese pedido.
Alexandro llevó sus manos a su cabeza, se arqueaba demasiado, la boca de Dan le estaba transportando al placer que con él había conocido. Sonrojado, casi que con lágrimas en los ojos, bajó su vista y lo intentó retirar, pero Dan se negó. No hubo una palabra, no había más que deseo y lujuria. Aun así, Alex se incorporó un poco y retiró a su hombre hermoso, mirándolo con súplica.
—Por favor, Dan, hoy no. Prefiero morirme a hacerte daño, y de verdad no voy a poder controlarme si sigues. Un par de semanas más y seremos uno de nuevo. Por favor.
Dan no pudo adivinar todo lo que le estaba hablando con esa mirada, tan llena de angustia y nostalgia. La misma que le dio a Suni una semana atrás, en su encuentro casi forzado.
Ese día, ella se sentó elegantemente atendida por Alexandro quien acercó su silla. Pidió de inmediato la limonada, que ya era su costumbre, y miró a su «amigo» esperando que dijese algo. Pero el hombre que iba demasiado hermoso, no pronunciaba palabra, parecía muy distraído.
—Bueno, ¿y? Me pediste con insistencia que nos viéramos, estoy acá, me intriga mucho qué tienes para decirme.
—Creo que me estoy arrepintiendo de estar acá —dijo Alexandro tomando un sorbo de café que empezaba a ponerse frío—. No obstante, eres la única que me responderá sí o no, sin rodeos.
—No voy a casarme —respondió Suni echándose a reír. En ese momento Dan tuvo mucho cuidado de no delatar su risa masculina. Alexandro la miró con una mueca y esperó a que terminara.
—Suni, no sé ni cómo empezar con esto. —Llevó una mano a su frente intentando que las palabras salieran, la limonada llegó y Suni empezó a tomarla—. Necesito saber si me ayudarías, llevando una relación conmigo...
El hombre que pretendía ser mujer, se atascó con la limonada y empezó a toser sin control. Alex intentó ayudar con golpecitos en la espalda hasta que pareció calmarse. Suni le preguntó si acaso le estaba pidiendo que fueran novios, a lo que él rápidamente le contestó que no. Que necesitaba algo de apariencia a penas.
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Fin capítulo 19