XXI
Fito Dobargo iba presuroso hacia la cafetería, con las buenas noticias para su amigo en las manos. Logró ahorrar lo suficiente y esta vez no iría a visitar a tus parientes a Italia, pero haría algo más que siempre había querido.
Desde que decidió salir de su país, había sido señalado por su padre de abandonar el hogar y los compromisos a los que estaba obligado, aunque ese compromiso fuera un matrimonio arreglado desde que era muy pequeño. Fito jamás aceptó aquello, al igual que la mujer a la que se supone estaba atado, y ambos hicieron sus vidas ignorando ese pacto de la prehistoria. Ellos serían libres de hacer con sus vidas lo que quisieran y no serían intercambiados por tierras o dinero.
Por mucho tiempo, mientras Fit estudiaba con bastante esfuerzo en el extranjero, fue rechazado en su casa únicamente por su padre, que aún esperaba algo ingenuo que se cumpliera dicho acuerdo, aunque incluso la familia de la mujer ya había dado por terminada aquella imposición desde que ella salió del país e hizo su vida. Solo hasta que se supo que ella se casó y era muy feliz junto a su marido, el padre de Fito dejó de insistir. La verdad es que la lucha era más por demostrar su patriarcado que por querer hacer cumplir un absurdo pacto.
Con esos recuerdos incómodos en la cabeza, entró a la iluminada cafetería y en una de las minúsculas mesas vio a su amigo coreano tomando un café y leyendo una revista. Se paró frente a él y tiró sobre la mesa unos tiquetes. Dan lo miró, luego de eso tomó los papeles en su mano y se levantó casi gritando de la emoción, abrazando a Fit con fuerza, los dos empezaron a saltar como colegialas, había mucha felicidad que ninguno quiso disimular.
—Vaya, ¿y por qué están tan felices ese par? Parece que ya te cambiaron por un matemático, Alexandro —decía Chris que estaba en una de las mesas junto al profesor de ballet, viendo el espectáculo.
—El profesor Dobargo viajará en sus vacaciones a Corea del sur, junto con Dan. —Alexandro no pudo disimular la molestia que eso le producía—. Parece que lo han planeado desde que se conocieron.
—¡Pero qué lindo! Será como una luna de miel.
Alexandro miró con furia asesina a Chris, quien apenas esbozaba una sonrisa burlona. Molestar a Alexandro se había convertido en su dosis diaria de placer, y cada vez que podía, le hacía sentir mal. Lo soportaba porque de verdad lo apreciaba mucho y le agradecía lo tolerante que se había portado con la horrible confesión de su pasado. Chris, al saber aquello, suspendió toda intensión de querer hacer que Dan fuera expulsado, como le había advertido a Alexandro. Sin duda lo sería, pero veía a su amargado amigo desesperado porque no fuera así.
De lejos, Dan echó un vistazo a Alexandro y le sonrió. Sabía que este estaba supremamente molesto por ese viaje de ambos, sin embargo, confiaba en las palabras de Dan que era nada más que turístico; no obstante, el hombre de cabellos de sol, tenía una espina clavada de que quizás esa sería la oportunidad de Fit para declarársele a Dan, y perdería entonces todo lo ganado con el profesor Choi, pues este a su vez adoraba con su vida a ese hombre de Italia, por supuesto, no como Alexandro creía.
—¿Y tú qué harás en estas vacaciones? —preguntó Chris a su amigo que estaba absorto en sus celosos pensamientos.
—Iré a la mansión del General. —Chris por poco se atraganta con el pastel que comía al escuchar de su amigo decir aquello. No daba crédito a lo que oía, Alexandro había jurado con su vida no volver a ver a ese hombre—. El viejo está muy enfermo, según Manini, ella me rogó que fuese a verlo y me fue imposible decirle que no. Ahora que empieza a pasar lo que tanto he deseado, por alguna razón no me hace feliz.
Chris miró con compasión a su amigo y le tomó por un hombro para intentar consolarlo. Dan vio aquello desde la mesa que compartía con Fit y se angustió. Vio su celular ignorando todo aquello que su amigo matemático le decía, y le envió un mensaje a Alexandro para preguntar si estaba bien.
Recibió uno de vuelta donde lo invitaban al baño en remodelación del primer piso. Se levantó de prisa, dejando a Fit con la palabra en la boca, pero sin poderle arrancar la dicha del rostro. Se excusó con una tontería y salió corriendo en dirección a donde Alexandro le había dicho. Diez minutos después, y simulando por supuesto la ansiedad que se le colaba en el corazón y entre las piernas, salió también de ahí, Alexandro Greco, a un encuentro furtivo con Dan Choi.
Y así fue. Dan estaba sentado en el lavabo, muy al fondo de ese baño en reconstrucción que nadie aparte de los amantes, visitaba. Vio cómo se asomaba por la puerta la figura perfecta de su hombre, ese mismo que le había tomado tantas veces como se le había dado la gana, ese que había recorrido su cuerpo, aunque Dan no pensaba meses atrás que eso pudiese pasar. Ya no se lo imaginaba más, ya lo tenía en sus brazos cada vez que lo deseaba, y ya su cuerpo se amoldaba a los deseos de su profesor de ballet. Alexandro entró despacio, sin decir una palabra, observándolo con detenimiento.
El hombre de ojos de zafiro corrió a sus labios, que se mecían al compás de ese beso desesperado, lleno de deseo y angustia, no por ser atrapados, sino por la incertidumbre. Todos los días ellos se levantaban con la zozobra del futuro, que no se veía muy prometedor, por eso, quizás, se amaban con tanta furia, esperando que el fin de los tiempos llegara y los tomara en la cama mientras se deshacían el uno con el otro, para que no tuvieran que vivir un día más con miedo y ansiedad.
Alexandro empezó a emocionarse más de la cuenta, y fue con toda su humanidad sobre la del joven de Corea. Ya en ese momento no podía disimular lo caliente que estaba.
—Alexandro, sabes que acá no podemos hacer nada, así que vamos a...
—Cállate, pequeño provocador…
Dan vio un destello muy diferente en los ojos de su amante que lo sorprendió. Ya no supo que decirle y no deseaba detenerlo. Creyó por un momento que estaba molesto por el viaje junto a Fit, pero se lo había explicado ya mucho, sin embargo, esa no parecía ser la razón para que toda el aura de Alexandro se sintiera diferente. Ni en mil años adivinaría lo que Alexandro pretendía, cuando abrió su boca al compás de la cremallera de su amante.
—Alexandro, por favor, detente ya... —suplicó Dan entre asustado y feliz, con el rostro bañado en carmesí—. Retírate, te lo suplico...
Con toda la fuerza que pudo, tomó muy fuerte del cabello a Alexandro separándolo de ahí, de un violento tirón.
—Me halaste muy fuerte, tonto —dijo Alexandro tomándose la cabeza—. ¿Por qué no me lo permites?
—Es vergonzoso —respondió Dan volteando su cabeza para verlo.
—Por favor, Dan, vergonzoso para quién, solo estamos tú y yo, además, tú me lo hiciste a mí. ¿Por qué sentirías pena tú? No comprendo esa lógica; ya te he visto desnudo lo suficiente como para saber que todo está en su sitio.
Alexandro abrió el grifo para lavarse el rostro y vio la triste mirada de Dan, mientras se acomodaba la ropa. Había algo malo en ese pasado con el que cargaba su hombre de ojos sesgados, que no le permitía disfrutar del todo.
—Lo siento… —susurró el más joven.
—Te dijeron antes que hacerlo era malo, ¿verdad?
—Me dijeron que era un asco.
El de ojos claros, no pudo evitar la sorpresa que aquella triste confesión le había causado. Se acercó a Dan y lo abrazó por la cabeza, luego le dio un beso en sus cabellos negros, esos que tanto lo habían enloquecido. Dan agradeció el gesto y se dispuso a lavarse las manos y un poco el rostro para bajarle lo sonrojado.
Alexandro lo veía con disimulo y empezaron a hablar de tonterías como la calificación final de sus alumnos, y que ese sería un largo día. Se dio cuenta que ninguno había hablado de esa cruz a cuestas que llevaban, y solo en esporádicas ocasiones habían mencionado sus sufrimientos sin llegar a ahondar ninguno de los dos en esos difíciles temas.
Alex miró de nuevo a Dan, que intentaba esconder la ansiedad, y supo, sin lugar a dudas, que tendrían que sentarse a hablar muy seriamente de aquello que los había decepcionado tanto de la vida, que a pesar de todo decidieron seguir viviendo.
La noche llegó y los amantes furtivos se citaron para seguir con sus caricias en el estudio de ballet, luego de hacer su trabajo de calificar y subir los resultados a la plataforma de la Universidad. Una vez ahí las puntuaciones, tendrían que hacer un promedio con los resultados de todo el semestre para poder dar la nota final, inamovible para Alexandro, por supuesto, un poco flexible para Dan.
Si acaso mostraban interés en presentar un trabajo extra, de lo contrario pagarían un curso de verano para mejorar la calificación. Alexandro ni siquiera dejaba abierta la posibilidad de un curso ni de nada, era el tipo de maestro estricto que todos odiaban, y por eso tal vez ninguno se atrevía a reprobar.
El trabajo era demasiado, sin lugar a dudas, y aunque tenían dos días más, ellos deseaban terminar con eso lo más pronto posible para tener el alma tranquila. En el salón de profesores había gran parte de estos haciendo lo mismo, llenando las grecas con galones de café, sabiendo que sería una larga noche; nadie podía subir las notas a la plataforma desde su casa, pues solo se tenía acceso a ella desde la Universidad. Esa no parecía ser la noche de las caricias.
***
Fin capítulo 21