XVI
A pesar de la puñalada que se le enterró directo en el ego, Alexandro le miró y le sonrió. Si embargo, era cierto, ese desafortunado amorío de Dan, ahora le traía una alegría que no había experimentado en mucho tiempo.
Claro que iba a saber de quién se trataba, porque le sacaría todos los detalles de aquella relación para protegerse y protegerlo. Pero todo en su momento. Calmado un poco con su respuesta, le envió un mensaje con la dirección de su departamento. Dan tendría tiempo de dejar las cosas en el suyo y salir al de Alexandro. Tuvo que inventar una excusa a Fito, que lo odió por de nuevo echar a perder la noche de películas.
Dan sabía que tarde o temprano estaría expuesto ante Alexandro, y eso lo aterró. Que supiera con todos con los que había estado lo preocupaba, y aunque la cifra jamás pasaría los dos números, para el profesor de ballet podría ser escandalosa. Luego entonces, el tema aquel de si había amado a alguno y lo presuroso de su respuesta, le hizo golpear su cabeza contra la pared. Ese asunto debía quedar enterrado en lo más profundo de su pasado y no ser tocado jamás, pero este se escapó solo de la bóveda de sus tristezas y le saltó a los labios sin permiso.
Algo de nostalgia vino a su mirada, pues todavía dolía. Se sacudió un poco y se concentró en su amante nuevo. Lo que sentía por él era mil veces más fuerte, tanto como para llevarlo a fingir ser una mujer para poder siquiera hablarle. Pensó en ella. En esa ella tan visceral que él mismo no sería nunca.
La hora llegó y después de tomar mil analgésicos, estaba listo para otro round de amor con ese hombre de hielo. Aún le parecía casi un sueño que lo hubiera citado en su casa, creyó que era ese tipo de sitios que solo conocería por descripciones. Puso su dedo en el timbre de la entrada principal y se abrió casi de inmediato. Subió un par de escaleras, Alexandro no estaba en los pisos muy arriba, no vio la necesidad de usar el ascensor. Tocó la puerta y al abrirse estaba él, con la clara apariencia de haberse dado una ducha.
Al entrar, Dan notó que estaba todo en perfecto orden, no obstante, las cosas eran en extremo escasas y había muchísimas cajas aún sin abrir. Le pareció curioso, seguro el tiempo no le había alcanzado para desempacar y organizar todo como debía. Las paredes estaban pálidas, sin la alegría de un cuadro en ellas. Parecía más la fría sala de un hospital. Tomó asiento en un sofá pequeño y le sonrió mientras el anfitrión le alcanzaba una soda
—¿Hace cuánto vives acá? Se nota que aún no terminas de desempacar, yo puedo ayudarte si lo deseas...
—Vivo acá, hace más de diez años, Dan. Así es mi vida entera. Vacía.
La respuesta dejó con la boca abierta al invitado. No podía ser posible que viviera ahí desde hacía tanto tiempo, si apenas pareciese que se mudaba. Dan no supo que decir, así que tomó la soda todo lo rápido que pudo para distraer su boca. Dejó la lata en una mesita una vez terminó. Alexandro se inclinó frente a él y le sonrió, tomándolo de ambas manos, ya sabía lo que significaba eso. Había llegado de nuevo el momento que vivieron horas atrás y también sonrió. Si fuera posible, se quedaría pegado al cuerpo atlético de su novio, y estar siempre en éxtasis.
Alexandro no lo soltó ni un segundo mientras lo guiaba a la habitación, no quería perder el tiempo. De seguir en ese ritmo, no llegarían a un nuevo fin de semana vivos. Dan ya empezaba a notar en su propia respiración el deseo. Con sutileza, el dueño del departamento cerró la puerta de la alcoba tras ellos, pero no le dejó dar un paso más al invitado dentro del lugar. En cambio, lo tomó por la cintura, y respirando su cabello primero, reposó su boca sobre la de Dan, dejando salir tantos suspiros como pudo. Dan, un poco más bajo, lo abrazó por el cuello, intentando empujarlo hacia la cama, pero no se lo permitieron.
Alexandro empezó a deslizar sus manos por sus caderas y piernas y se hincó frente a su hermoso hombre de cabellos tan oscuros, hasta quedar de rodillas. Dan no entendía nada, pero le pareció muy romántico y le acarició los cabellos, tan claros, tan diferentes a los suyos. Alexandro parecía en un ritual de adoración y el profesor de Historia no se lo podía creer. Nunca, ni siquiera ese que quiso tanto, se había preocupado por seducirlo, o tratarlo como a una obra de arte, así como lo hacía ese de ojos de océano, ahora. Su misión siempre fue acostarse en la cama y abrir las piernas, pero de rodillas, frente a él, estaba alguien que lo quería para sí entero.
Alexandro lo desnudó, todo ahí, en la puerta de la habitación. Pero no solo le arrancó la ropa, la deslizó sobre la piel de seda del coreano. El de cabellos negros se sonrojó aún más y le pidió que se detuviera, no podía con la vergüenza, sobre todo cuando Alexandro se dio cuenta de las mil marcas de amor que él mismo le había dejado. Pero no dijo nada. Si algún otro llegaba a verlo, sabría que Dan, ya tenía dueño.
Con Dan a su merced, aún a centímetros de la puerta, Alexandro hizo lo impensable: lo cargó en sus brazos y lo llevó hasta la cama donde lo dejó caer con toda la delicadeza posible.
—Así es que quería tenerte en mi cama, Dan. Quería que todo tu aroma se quedara en mis sábanas, sin el estorbo de la ropa. Ahora siempre dormirás conmigo.
Dan no se podía creer lo que escuchaba. Jamás había sido tratado de esa forma. Asumió que así debía sentirse cuando se era amado.
El excitado amante ruso se quitó por sí mismo su camisa y se fue encima de Dan para robarle un beso. El gentil muchacho lo recibió con deseo puro y casi le obligó a ponerse entre sus piernas para poder sentir el roce, que ahora era diferente por la tela que lo cubría. Sin embargo, Alexandro no tenía planeado hacerlo todo tan rápido. Extendió con fuerza los brazos de su hombre, casi obligándolo a que se quedara en esa posición, para que viera cómo él mismo se quitaba la ropa. Todo un espectáculo privado era aquello.
El precioso profesor de ballet se desnudaba con lentitud a propósito. Por fin, entonces, estaban piel con piel. Alexandro se acostó sobre el excitado chico de Corea para besarlo y empezó a moverse incitante, ya el afán de ser uno mismo lo empezó a invadir. Se dio de nuevo ese momento hermoso, ese instante tan íntimo que los conectaba en cuerpo y alma, eso que nada más que dos personas, una sobre la otra, podían sentir. Dan moría a cada embestida, aunque lo que le causaba más incertidumbre, era la sentencia que Alexandro, otra vez, lanzaba sobre él.
—¡Eres mío, Dan, solo mío! ¡Nadie más te va a tocar! ¡Eres mío! ¡¡Mío!!
¿A qué podía referirse con eso? Él había dejado muy en claro que esa relación no llegaría a nada, solo tomarían lo que pudieran y ya. Además, dicho de esa forma, con esa voz tan gruesa, tan furiosa… ¿Podía soñar Dan, un poco con aquello? ¿O era lo que Alexandro le decía a todos sus amantes? Le causó curiosidad, ahora era él quien deseaba saber el número de Alexandro, que de seguro sí era un escándalo.
Y sin dejar de jadear «mío», Alexandro llegó a ese éxtasis que lo enloquecía. Le soltó las piernas y lo abrazó cayendo sobre el de cabellos oscuros, apenas respirando. No iba a moverse un centímetro en mucho tiempo.
—Alexandro, gracias por esta noche... —susurró Dan muy agitado.
—No agradezcas, tonto. Esto aún no termina.
Dan sintió un corrientazo recorrerle el cuerpo, porque no creía que iba a soportar más, Al contrario de Alexandro que había esperado mucho tiempo, esa persona con quien ser él de nuevo, ser un amante. El cansancio por fin los venció, y durmieron uno amarrado al otro.
Horas después, Dan abrió los ojos, todavía todo estaba oscuro afuera. Vio el reloj de la mesita, eran un poco más de las tres de la mañana. Creyó para sí que había dormido más. Con mucha delicadeza empezó a soltarse del fuerte abrazo de Alexandro, que estaba profundo.
Solo por curiosidad miró su celular, mientras caminaba al baño. Tenía algunos mensajes de w******p, pero entonces, el demonio le indicó que faltaba una notificación por revisar, que no era para él, sino para «ella». Un mensaje de parte del que ahora dormía en la cama. Uno que había sido enviado poco antes que Dan llegara a ese sitio.
Se recostó en la puerta, contemplando a su amante dormir, mientras él lloraba a raudales, sintiendo las lágrimas golpear en su pecho.
***
Fin capítulo 16