XVII
Abrió los ojos lentamente, viendo cómo el alba se filtraba por su ventana. Estaba al borde de la cama, dándole la espalda a todo. De un pequeño sobresalto recordó lo que había pasado horas antes y extendió su brazo para tantear tras de sí, sin girar el resto del cuerpo. Pero no sintió nada. La inquieta mano buscó todo lo que pudo y se encontró únicamente con la eterna soledad con la que siempre compartía el lecho. Regresó su mano a su pecho y se encogió un poco, entristecido. Al parecer Chris tenía toda la razón, esa relación era apenas una muy mala película porno, donde al final cada actor se iba a su casa intentando ignorar lo sucedido.
Se abrazó a las sábanas casi que con lágrimas, y entonces lo escuchó. Un suspiro largo, algo ruidoso. Viró de inmediato y él, su profesor de Historia, estaba ahí. Del otro lado de su enorme cama, algo lejos de su alcance, aun así, ahí, dormido boca arriba, con una de sus manos en el pecho y la otra casi colgando del colchón. Alexandro se sentó y lo miró largo rato, con agradecimiento más que otra cosa. Ese cabello n***o alborotado ahora caía con gracia sobre la funda de su almohada que seguro ya no cambiaría nunca.
El sol empezó a golpearle el rostro al amante de ojos sesgados, haciéndolo ver aún más hermoso. Su pecho perfecto, sus piernas largas y torneadas, su rostro de tranquilidad. La alegría estaba durmiendo en su cama por fin. La esquiva alegría que había sepultado con aquel otro ese día, renacía y estaba en su cama con la forma de Dan Choi.
—¿Dan? —susurró con toda la delicadeza que pudo, mientras lo tomaba por un hombro —es hora de despertar. —Sonrió diciendo aquello.
Dan empezó a despertarse por partes. Primero movió una pierna, luego un brazo, después se encogió un poco y finalmente sonrió, todo sin abrir los ojos, parecía un gatito. Por fin le deseó los buenos días y parpadeó su ojo derecho.
—Dios, creo que otra vez se nos hizo tarde —dijo en un bostezo el chico adolorido. —Me vestiré y me iré.
Intentó sentarse en la cama, no obstante, sintió como si se le rompiera un hueso de la cadera. Ahogó un grito en su garganta, mientras se llevaba una de las manos a su espalda. Alexandro se alteró un poco y se acercó para ayudarlo a acostarse de nuevo. Dan le pidió que, por favor, le alcanzara unos analgésicos que tenía en su bolsillo con un poco de agua, y el obediente amante corrió desnudo hasta la cocina para traer el pedido sin poder ocultar su preocupación. Lo último que quería era dañar a Dan de alguna forma, y no había pensado en el hecho de que tener relaciones dos noches seguidas podría ser agotador. Al parecer el profesor de Historia no tenía tanta acción como él creía y eso lo hizo sentir aliviado en parte.
Recordó de golpe que le tenía algo guardado para Dan. Le llevó el agua junto con los analgésicos y lo dejó solo un momento mientras buscaba en una de las cajas del comedor. No parecía darse cuenta de que aún estaba desnudo y eso le hizo gracia al amante. Regresó con un rostro de satisfacción y se sentó en la cama junto a su chico de cabello n***o.
—Hace poco revisando mis cajas, encontré esto, la verdad fue de pura casualidad, y quise dártelo.
Extendió la palma de su mano y había lo que parecía un prendedor muy pequeño y con bordes dorados ondulados, algo oxidados. Dan lo tomó, se puso los lentes y por más que lo observó, no supo de qué se trataba.
—Parece el sello real... pero es imposible...
—Verás, este broche lo llevaba el Zar Nicolás II en su banda, esa horrible noche cuando fue apresado. En medio de la confusión y el pánico se le debió caer y lo recogió algún tatarabuelo mío. Ha estado en la familia desde siempre, pero sin recibir el honor necesario; lo encontré y pensé que a alguien que aprecia tanto la Historia le gustaría...
El salto que dio Dan para abrazarlo le impidió seguir hablando. Lo tomó tan de sorpresa que no pudo sostenerlo con la fuerza suficiente, así que cayeron ambos sobre la cama. Estaba emocionado a más no poder y comenzó a nombrar sucesos históricos del Zar, que Alexandro ignoraba por completo. Pero igual fingía que le entendía, porque ese rostro feliz estaba iluminando todo.
Tan emocionado estaba Dan que olvidó que quizás tenía la cadera fracturada. Hablaron un poco más, no obstante ya era hora de alistarse para ir a trabajar. Afortunadamente, para Dan ese era el día en que solo tenía clases por la tarde, así que iría hasta su departamento a dormir un poco más, quizás entonces el horror de dolor que estaba teniendo disminuiría.
Alexandro odió el hecho de que su amante se tuviera que ir, incluso le ofreció que descansara ahí. Dan se echó a reír no creyendo que aquello fuera en serio, así que se puso la ropa, se lavó un poco la cara y se despidió de su hombre de cabello de trigo con un apasionado beso y con la promesa de ir a cenar, pero sin ningún contacto físico al final, si acaso quería recuperarse.
Lo cierto fue que los analgésicos le funcionaron hasta que bajó las escaleras y se subió al taxi. El camino fue un infierno y a pesar de que el gentil conductor se ofreció a llevarlo a una clínica, Dan se negó con el argumento que solo era cuestión de descansar. Por la ruta antes de llegar a su departamento pensaba en todo, y era una maraña de sentimientos. Alegría por lograr ese vínculo inicial con Alexandro, felicidad total por semejante obsequio que debería ser parte de un museo, y frustración absoluta por la invitación que le había hecho a Suni. Ira, por las muchas lágrimas que derramó por culpa de esa «ella» que él mismo había creado.
Por supuesto, su idea fue vestirse y largarse en ese momento que vio el mensaje. Pese a eso, verlo dormir fue de las cosas más tranquilizadoras de la vida. Se acostó algo alejado pensando que quizás sería el final y cayó profundo hasta cuando Alexandro le levantó. Había mucho que pensar de aquella situación, pero la primordial ahora era no tener sexo en mucho tiempo, si quería seguir vivo.
Se bajó del taxi y el gentil hombre le insistió en que fuera con un doctor. Dan le sonrió y le dijo que le haría caso más tarde. Llegó al ascensor apenas andando y ahí no pudo más. Cayó de rodillas y se arrastró literalmente hasta su puerta, con la fortuna de no encontrarse a nadie y adentro de su cuarto, el dolor se hizo tan profundo y tan intenso que le hizo dar gritos desesperados.
—¡Pero mirad quién me llama! Por fin tu amante te dejó ir —exclamó Fit sarcástico ante la llamada de Dan.
—¡Fit por Dios, ayúdame, ven a mi departamento, me estoy muriendo de dolor!, ¡Auxilio, por favor!
La intensidad de la agonía, no le dejaron seguir hablando. Fit se asustó horrible y saltó de la cama buscando algo de ropa. Ese día también daba clases por la tarde. Le preguntaba insistente qué le había pasado y Dan le decía entre gemidos que su espalda baja debía estar fracturada. Fit no soltó un segundo el celular mientras se acababa de arreglar y finalmente, mientras tomaba un taxi hasta la casa de su amigo.
En la Universidad el ambiente de Alexandro Greco era totalmente diferente y lo notaban sobre todo sus alumnos. No dejó ni un segundo de ser igual de estricto y gruñón, pero ahora sonreía mientras los reprendía, intentando hacerles saber que debían esforzarse mucho por ser los mejores. Además, él iba por los pasillos casi que brillando. Tras sus lentes de marco tan oscuro, por fin sus ojos azules color de mar, despedían una luz que deslumbraba a todo aquel que lo miraba. Chris se lo encontró a la hora del almuerzo y se le hizo un poco fastidiosa la actitud de «la vida es hermosa y hay que vivirla».
—Supongo que te revolcaste de nuevo con el profesor Choi, pero al menos esta vez tuviste la decencia de bañarte, te felicito. Sin embargo, creo que ustedes dos están exagerando. Igual sabes que mi advertencia es real.
—Chris, por favor, hoy no quiero escucharte. Además, hablamos él y yo un poco esta mañana y no nos vamos a tocar en un tiempo, Dan parecía algo adolorido por...
—Evítame los detalles de quién coge y quién es cogido —espetó Chris levantando una mano para que se detuviera—. Allá ustedes.
Alexandro le miró y sonrió un poco. A diferencia del día anterior, cuando le regañó tan severamente, ahora parecía más accesible. No se equivocaba, Chris se sintió mal de haberlo tratado tan mal, sabiendo ahora lo duro de su pasado. Cargar con esa cruz gigante a cuestas en el alma y que esta sangrara constantemente, no era fácil, debía ser una pesadilla, que Alexandro llevaba consigo día tras día. Se le notaba en la mirada, en los gestos.
Algo de toda aquella amargura cambió. Su amigo, el anciano prematuro, volvía a vivir como alguien de su joven edad y tenía que reconocer que era gracias a Choi. No obstante, creía en el fondo que Alexandro se fijó tanto en este hombre por el parecido físico a «ese» que le acabó la vida. Pero luego de saberlo todo, supo que si se parecían en algo sería solo en el cabello, pues racialmente eran polos opuestos.
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Fin capítulo 17