Capítulo 15

1781 Words
XV Alexandro viró a ver a Chris, con el rostro ardiendo y la expresión de culpa. Chris, en cambio, le veía molesto, decepcionado. Alexandro empezó a caminar con su bandeja a la mesa más cercana, ignorando por completo que la cajera le llamaba para entregarle su tarjeta. Chris tomó las de ambos y se sentó de frente a él en la minúscula mesa. Alexandro aún no parecía reaccionar. Pero se atrevió a hablar. —¿Qué diablos dices? Cómo puedes pensar una cosa así... —Por favor, Greco, dame algo de crédito. Llevas el olor de ese hombre de cabeza a pies. Y no creo que solo con un saludo te hubieras impregnado de su aroma de esa manera—. Alexandro cerró muy fuerte los ojos, recordando que no se había tomado una ducha y que Chris lo conocía como la palma de su mano. Encogió los hombros y agachó su cabeza como un niño regañado. En ese momento ya no sabía qué decir, pues todo parecería una estúpida excusa. —Eres un maldito hipócrita. Un falso. Todo este tiempo lograste engañar a todo el mundo que querías a una mujer a tu lado y peor aún, que odiabas a Dan Choi. Pero mírate, resultaste todo un maricón... —Chris, por favor... —Dijo Alexandro muy bajo, esperando que se detuviera. —Me engañaste y eso es lo que más me molesta y me duele. Si te gustaba, ¿por qué no me lo dijiste? En lugar de eso, te empeñaste en intentar demostrar tu hombría y machismo buscando una mujer que nunca iba a ser él, —Chris no imaginaba la ironía en el asunto, menos Alexandro—, entonces los rumores de cuando eras más joven son ciertos, ¿no? Maldito idiota, te odio tanto en este momento. ¿Y qué pretendes hacer con el profesor Choi? ¿Casarte con él? Quisiera ver la cara del General cuando vea la orgullosa pareja de su hijo, la que lo llenará de nietos... —¡Basta, por favor, ya basta! —exclamó Alexandro intentando subir la voz para detener a Chris. Apoyó los codos en la mesa y llevó las manos a su rostro—. Por favor, no es algo que yo haya planeado; de verdad lo quise alejar, pero no fue posible, y te suplico que no menciones a ese hombre en este momento. —Dime, ¿al menos te protegiste? ¿Sabes con cuántos otros ha estado el profesor Choi? —Alexandro hizo un rostro que respondía la pregunta. Por supuesto que no se había protegido, los condones estuvieron fuera de toda caricia la noche anterior. Y no tenía idea de cuántos otros habían estado con Dan, el solo pensarlo lo llenaba de rabia y celos—. Vaya, entonces anoche, porque seguro fue anoche. Todo fue un bonito cuento de hadas gay, donde nada más importaban los sentimientos, el deseo y bla, bla, bla. Chris vio cómo temblaba Alexandro, lleno de angustia y terror. Lo tomó por una mano y le pidió que levantara la vista y mirara a Dan. Alexandro no entendió la petición, pero lo hizo. En la otra mesa, algo alejada, Alexandro sudando frío, miró a Dan, quien estaba entretenido con su amigo Dobargo. Pero su mirada se relajó de repente. No parecía que hubiera miedo alguno. Chris se dio cuenta que el imbécil de su amigo se había enamorado. —Es ahora, en este momento, Alexandro Greco, que me dirás exactamente lo que sucedió hace seis años, lo que hizo que te retiraras del Ballet y desaparecieras. Y si yo creo que algo de ese pasado va a lastimar a Dan Choi, haré que lo expulsen de la Universidad, para que no vuelvas a verlo nunca. Alexandro miró fijamente a Chris, quien esperaba de su boca una respuesta. La sola idea que Dan saliera lastimado de todo aquello lo empezó a perturbar. La idea de que el General se enterara lo estaba matando; y no volverlo a ver, sería su muerte. El futuro ahora era una difusa capa de polvo que encontraba su primer muro en los enormes y furiosos ojos verdes de Chris. *** Caminaba meditabundo por los pasillos de la Universidad. Por fortuna, ya sus clases por ese día habían terminado y podía largarse a su casa. La conversación con Chris había sido total y absolutamente frustrante, ya que su amigo lo hizo ver todo como si se tratara de una muy mala película pornográfica, donde él era el sexi conserje y Dan, el chico en problemas, que se veían y ya se cogían. Lo odió. No valieron las miles de explicaciones que intentó darle, Chris no justificó nada. Solo hasta que tuvo que sacar de adentro toda su historia, solo hasta que quitó el candado a la puerta de su corazón que había estado acorazado por tanto tiempo, únicamente ahí tuvo compasión, pero igual le advirtió que debía alejarse de Dan. Llegó sin quererlo hasta la puerta del salón donde Dan dictaba su clase y lo miró por largo rato, de la misma manera que el coreano lo veía a él dar sus clases de danza. Su cabeza estaba hecha un lío por ese hombre que deseaba a su lado cada segundo del día. Su cuerpo, su cabello, su sonrisa; eran cosas que ya tenía pegadas en el alma y quería saberlo todo. Pero ese 'todo' implicaba que también debería contar su pasado a Dan y eso no pasaría, a menos que Chris abriera la boca. Vio que los alumnos empezaban a levantarse y antes que abrieran la puerta, salió con prisa hacia las escaleras. Dan, estaba adolorido a más no poder, pese a eso, así cumplió con todo su horario laboral. Nadie notó su cansancio y eso lo alivió mucho. Tomaba ya sus cosas para salir de ese salón cuando recibió un mensaje de Alexandro donde lo citaba un momento al baño de maestros; el chico de cabellos de noche sabía que era para un encuentro pequeño. No le importó el hecho que apenas pudiera dar dos pasos, aun así, fue hasta dónde él le dijo. —¿Alexandro? —preguntó tímidamente Dan, sabiendo que alguien más podría estar ahí, algo casi imposible. Los maestros preferían ir a los baños en buen estado de la torre siguiente. Y de nuevo, como esa vez semanas atrás, sintió que lo halaron fuerte de su brazo y lo arrinconaron para besarlo. Estaba amarrado al cuerpo de ese hombre que parecía tenía batería extra. El beso de esta vez fue diferente, fue desesperado, suplicante. Sintió las manos de Alexandro tomarlo por las nalgas y apretarlas muy fuerte hasta levantarlo y sentarlo en los lavabos. Dolió un infierno, no obstante, no se quejó. Alexandro con desespero y sin dejar de besarlo un segundo, le empezaba a abrir la camisa y ahí Dan tuvo que detenerlo. —Alexandro, por favor, sabes que acá no podemos hacer nada... —jadeó el muchacho, apenas respirando—. Si lo deseas, esta noche podemos ir al estudio de ballet... —¡No! —espetó Alexandro casi molesto, soltando de su amarre a Dan—. Ya no es posible seguir viéndonos... haciendo cosas acá. Yo creo que... —Podemos ir al sitio que te sugerí, es cómodo y... —Alexandro viró a ver a Dan con algo de furia y este último decidió callarse. —Ven esta noche a mi casa. La propuesta casi hace que Dan se desmaye. No pudo disimular ni un segundo lo sorprendido que estaba ante la posibilidad de ir a su hogar. Debía estar muy desesperado para ofrecer tal cosa. —No me veas de esa forma, mi departamento está en un sitio tranquilo, y además nadie lo conoce. —Claro que sí, acepto encantado —Dan sonrió y Alexandro sintió que era absorbido totalmente por esa sonrisa. Sintió cómo el pecho le ofrecía una fiesta al resto de su cuerpo y todos estaban invitados. Había caído. Por un año entero se sostuvo muy fuerte de una débil rama, pero esta por fin se rompió y había caído. No pudo con ese profesor de cabello tan hermoso y aroma a atardecer, a nostalgia. Y antes que las cosas fueran por el cauce normal del desastre, debía aprovechar el tiempo que pudieran tener. Pero entonces la entrometida duda hizo su aparición, patrocinada por su amigo querido Giacometti. —Dan... ¿Con cuántos hombres... has estado antes que yo? Agachó la cabeza, sabiendo que odiaría la respuesta. Dan ensombreció la mirada y también agachó su cabeza. —¿Por qué es tan importante para ti saberlo? —preguntó en voz casi imperceptible. —Anoche... no nos protegimos... y yo... Sabía que no debía hablar de eso, pero la traicionera razón ya había hecho lo suyo. —¿Y a qué le temes? ¿A que quede embarazado? —intentó reír un poco, no obstante, entendió adónde iba la pregunta—. Oh, veo a qué te refieres. No tengo ningún tipo de enfermedad, ni nada parecido. Siempre me he cuidado y hago mis chequeos médicos con regularidad. Te mostraré el último para que estés tranquilo... —Ay, por Dios, no... por favor, no hagas nada de eso. Perdóname, como sea, quizás debí preguntártelo antes o no hacerlo nunca. Por favor, no canceles nuestra cita de más tarde por mi impaciencia. Dan le sonrió y bajando despacio del lavabo, fue junto a él para tomarle una mano e intentar tranquilizarlo. Alexandro se sintió una rata, pero estaba tranquilo ante lo que dijo Dan. Sin embargo, volvió a preguntar por el número de amantes. Dan guardó silencio. Alexandro estaba ansioso por saber, nada más que para darse un motivo y así odiar algo más en la vida. Tenía la necesidad de sentir celos como fuera, y la negativa de Dan a decir una cifra le estaba confirmando o que habían sido muchos, o que habían sido amores muy dolorosos. La verdad, la segunda opción era la más cercana a la realidad. Hubo un largo silencio, solo invadido por las lejanas voces y risas de los alumnos. Algunos ruidos más de los autos en las calles cercanas. Al parecer Dan no hablaría. —Dime, al menos, si has amado a alguno de esos con los que... has estado. —Sí, a uno. Alexandro se sorprendió con lo rápido de su respuesta, ya que había estado tan renuente a hablar. —¿Y cómo terminó todo? —Pues imaginarás que mal... de otro modo no estaría aquí. —Hubieras querido que todo terminara bien por lo visto —afirmó Alexandro un tanto nostálgico. —Claro que sí... pero entonces yo no estaría hoy contigo. *** Fin capítulo 15
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