Capítulo 14

1662 Words
XIV Lo que parecía ser el claxon de un auto, muy a lo lejos, fue lo que lo despertó. Al abrir los ojos, lo primero que vio fue el cabello n***o y ahora alborotado de su amante, mientras él mismo lo abrazaba con mucha fuerza y su frágil profesor de Historia dormía muy profundo. Acercó un poco más su nariz a su hombre, aspirando de nuevo ese aroma maravilloso, heredado tal vez de esa tierra de tantas leyendas, que le embargó por completo los sentidos. Estaban apenas cubiertos por una sábana en la parte del abdomen. Alexandro se incorporó lentamente, cubrió un poco más a Dan, en ese lugar no hacía frío, aun así, no deseaba que estuviera expuesto. Se levantó por completo y sintió dolor por todo el cuerpo, era lógico, la jornada de amor había estado muy intensa. Se dio cuenta de que aún estaba algo salpicado de muchos fluidos que limpió rápidamente con una de las toallas del salón. Vio a su alrededor y sabía que tenía que ordenar el sitio de prisa y deshacerse de todo lo que había tomado «prestado» del salón de artes escénicas: sábanas, velas, candelabros. El ambiente romántico fue patrocinado por los futuros actores teatrales del país. Mientras limpiaba sus piernas, sonrió mirando a Dan que estaba tan profundo, tan sonrojado, tan tremendamente exquisito. Tenerlo entre sus brazos lo había sentido como la explosión del cielo en miles de estrellas cayendo a su alrededor, calientes y mortales, pero a las cuales no les tenía miedo. Estaba sorprendido consigo mismo, no imaginaba que lo deseara tanto. Con agilidad metió todo en bolsas negras, las cuales tiraría a la basura de su edificio. Llegó entonces el momento en que tenía que despertar a Dan para salir de ahí. Se acercó ya vestido y lo empezó a mover con delicadeza por un hombro para que reaccionara. Era preciso también tirar sábanas y almohadas. Las colchonetas eran del salón de Ballet, así que no había problema. —¿Qué hora es? —preguntó Dan, tanteando con sus manos a su alrededor, intentando ubicar sus lentes —Son las 3:45 de la mañana. Creo que nos hemos pasado —respondió Alexandro con una sonrisa algo pícara en su rostro. Dan, en cambio, cuando escuchó la hora se sentó de golpe y un grito salió de su boca, cosa que asustó a Alexandro. El hombre volvió a acostarse de medio lado llevando su mano derecha a su espalda baja. Alexandro comprendió el motivo de su dolor y le ayudó con lentitud a sentarse, esta vez un poco más prudente. —Lo siento, estoy haciendo un espectáculo de mí mismo —exclamó Dan, sonriendo un poco—. Ahora me vestiré. —Lo siento mucho, pero debemos salir de aquí lo más pronto posible. Alexandro vio cómo al incorporarse Dan, también por las piernas de este corrían algo de líquidos. Tomó la toalla y empezó a limpiarlo, él ahí de rodillas. Dan se sonrojó y Alexandro por cada espacio que limpiaba, le regalaba un beso. El maestro de ballet tuvo que detenerse, o todo comenzaría de nuevo, y lo primordial era salir de ahí. Ya tendrían mil oportunidades más de hacer el amor. Como pudo, Dan se vistió y se arregló un poco. Limpiaron lo mejor posible el lugar y salieron de ahí. Alexandro llevaba las bolsas gigantes; Dan le sugirió que las tirara en uno de los contenedores de la Universidad, que los camiones de basura pasaban muy temprano, así que no había peligro. Alex, más cansado que otra cosa, hizo caso y los tiró donde él le dijo, con más basura acumulada, no sin antes asegurarse que las bolsas estuvieran bien cerradas. Dan apenas si podía caminar, el dolor en sus caderas era insoportable, sabía que debía llegar a su casa y tomar un analgésico. Al pasar por la puerta principal, un guardia algo sorprendido les preguntó si se iban o llegaban. —Hemos estado trabajando hasta muy tarde, debemos ir a nuestras casas a alistarnos —respondió Dan muy alegre—. Nos veremos más tarde. Levantó una mano para despedirse, sin embargo, el dolor lo hizo tropezar. Por fortuna, Alexandro lo tomó, ayudándolo a sostenerse. El amable guardia se acercó y le ayudó también y les sugirió no trabajar hasta tan tarde, que eso podría afectarles tremendamente en la salud. El hombre, por supuesto, hablaba desde toda su ignorancia en el romance de ese par, pues no era para nada extraño que los maestros se quedaran ahí hasta muy tarde, arreglando o preparando asuntos de sus respectivas clases. Las cosas empeoraban en exámenes finales, pues no solo eran profesores, sino también alumnos los que ahí amanecían. Alexandro y Dan salieron del campus, cada uno en taxis diferentes. No se dijeron mucho, nada más un «hasta pronto» les adornó los labios. Pero el tema tendría que hablarse para definirse las pautas a seguir. Todo para Alexandro debía cumplirse como en el perfecto esquema y programa de una clase. Dan, quien vivía muy cerca, estaba por explotar de dicha. A pesar del horroroso dolor que llevaba encima, podía sentir los dedos de Alexandro aún recorriéndole todo el cuerpo. Aún tenía la sensación de esos labios calientes que no le dejaron un centímetro de su cuerpo sin recorrer, literal, Alexandro le había saboreado hasta el cabello. Se quitaba la ropa para entrar a la ducha y sonrió mientras se tocaba el pecho, sabiendo que el primer paso a algo serio estaba dado. Había hecho el amor con Alexandro Greco, y en serio lo había hecho, porque se sintió así, amado. No fue sexo casual, fue amor. O al menos eso quería creer. Había, de todas formas, algo que lo tenía inquieto. Mientras el agua le recorría el cuerpo, recordó lo insistente que había sido Alexandro, además de fiero, mientras le decía una y otra vez que solo podría ser de él. Que nadie más le tocaría nunca, que no permitiría que jamás nadie más lo tomara. —Se escuchó muy lindo, aun así, no creo que sea cierto —se dijo para sí mismo, Dan tomando la toalla para secarse. Ya empezaba a asomarse el sol, supo que apenas tendría tiempo para alistar sus cosas de la clase y salir de ahí de nuevo a la Universidad. Se miró al espejo para lavarse los dientes y tuvo que abrir la boca ante la sorpresa mayúscula: tenía marcas de besos por todo el pecho, y parte del cuello. Igual en sus brazos. No se había dado cuenta, al estar tan excitado, de cada una de las «firmas» que Alexandro había dejado en su piel. Sonrió un poco y siguió en su labor. Alexandro, al contrario de Dan, llegó directo a la cama a dormir la hora y media que le quedaba de sueño. Puso la alarma de su celular, no obstante, estaba muy cansado y lo hizo mal. Cuando abrió los ojos de nuevo, ya era la hora de estar saliendo al campus para su primera clase. Se levantó asustado, no tenía tiempo para una ducha o para siquiera comer algo. Se cambió rápido, deteniéndose un poco cuando sintió un malestar al deslizar la camisa por su espalda. Se miró a un espejo y vio también las marcas que Dan había dejado allí. También sonrió. Esas uñas que le habían dibujado un mapa, le recordaban el estar sobre Dan y el haber estado dentro de él tan profundo. Solo en ese instante, su cuerpo empezó a reaccionar a los recuerdos, a la sensación cálida de su piel. Recordó las muchas súplicas de su amante para que no se detuviera y le diera más de sí, de todo. No habían bebido una sola copa y estaban ebrios de amor a más no poder. Acabó de vestirse lo más rápido que pudo, pensando en que esa noche, de nuevo, tendría otra oportunidad de estar con su «novio». El día pasó sin mayores contratiempos. El odioso visitante francés estaba de tour en otra universidad, pese a eso, ya había dejado dicho que esa semana volvería para definir a los prospectos. La hora del almuerzo llegó como siempre, taciturna y sin sorpresas. Chris se había encontrado de casualidad a Dan, le saludó, pero notó que caminaba muy despacio. Le preguntó si se sentía bien y el profesor de Historia, inventando una mentira, le dijo que se había caído en la ducha. Chris le acompañó hasta la cafetería, caminando tan despacio como él. Por el cuello de su camisa notó un moretón, que creyó había sido producto del golpe. Dobargo llegó junto a Dan, saludó muy educado a Chris y juntos entraron a la cafetería. Sin embargo, Chris les dijo que esperaría a Alexandro para comprar su almuerzo. Fito se burló mucho del supuesto accidente de Dan. Compraron el almuerzo y comieron a gusto, solo que Dan se lo devoró en segundos, tenía mucha hambre. Esa actitud sorprendió mucho a su amigo, pues él solo comía de esa forma cuando se sentía ansioso. Pero esta vez no veía esa cara llena de angustia, sino una expresión total de relajación y gusto y se sintió, por un momento, feliz por él. Chris vio llegar a Alexandro con cara de mala noche y refunfuñando de hambre. Hicieron con paciencia la fila, que en ese momento estaba algo larga. Chris se inclinó un poco para tomar la fruta y pasó muy cerca del cabello de Alexandro y por segundos se quedó como paralizado. Se acercó como pudo lo suficiente para oler de nuevo sus cabellos y luego dirigió su vista a la mesa donde estaban los profesores Choi y Dobargo. Alexandro, que estaba delante de él en la fila, no parecía darse cuenta de nada. Ya en el momento de pagar, cada uno pasó su tarjeta y mientras esperaban que les fuera devuelta, Chris se acercó al oído de Alexandro, cosa que pareció incomodarlo. —¿Hace cuánto te acuestas con el profesor Choi, Alexandro? *** Fin capítulo 14
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