Episodio sin título

1725 Words
XIII *** Capítulo con contenido erótico. *** Alexandro no se movió mientras escuchaba lo que Dan le decía. Le parecía increíble que pensara lo mismo, que al fin y al cabo ellos serían solo recuerdos en la mente del otro. Y lo odió. Eran ya adultos que se valían por sí mismos y, aun así, estaban en medio de un odioso drama innecesario. Lo más detestable, era él quien debía pedir disculpas por su actitud, por sus palabras venenosas y resultó ser ese precioso de ojos como caramelos, quien lo hacía. Sin embargo, en todo aquello, Alexandro no podía cambiar su parecer de un momento a otro, estar con otro hombre, en la sociedad no era lo aceptado. Y las consecuencias podrían ser terribles. Todo su pasado, entonces, le llegó como un balde de agua fría, todo ese amor que sintió y que le arrancaron de forma despiadada de su corazón, por escoger a un hombre. Quiso seguir en sus reminiscencias, pero Dan esperaba una respuesta. —Dan, yo te deseo. He luchado conmigo mismo para no imaginarte, mientras te hago mío. —El otro abrió mucho los ojos, no esperaba para nada que Alexandro le soñara así—. Desde ese beso que nos dimos la primera vez... no he dejado de desearte. Y quise tomarte en ese mismo momento, pero no podía permitir que fuera solo por una calentura. Hagámoslo. Muero por estar contigo, no obstante, no hablemos del futuro, ya veremos cómo nos las arreglamos. Dan le sonrió ampliamente y se acercó sigiloso a Alexandro, para luego robarle un beso. Le dijo que a las afueras de la ciudad había un hotel muy discreto, a lo que Alexandro reaccionó confrontándolo, que cómo era que sabía eso. Ya venía otra pelea encima, era claro que Dan había ido ahí con algún amante, según Alexandro, y Dan empezaba a molestarse y a recordar los sucesos de ese día. Intentando calmarse, el de ojos azules fue hasta la ventana, no podía romper el poco ambiente romántico que aún quedaba. —¿Querrías esperarme una media hora, acá en la sala de maestros? Por favor. Dan aceptó con la cabeza y Alexandro salió disparado del lugar. Igual si le hubiera dicho que le esperara un día, lo haría. El joven profesor sintió una necesidad interna de ser sincero con Alexandro y contarle lo de Suni, pero temía dónde podría terminar todo aquello. Se debatió también esa media hora en sí debía, una vez terminara con Alexandro, seguir usando a Suni. La obsesión por ese hombre parecía no tener límites. Sintió que su móvil vibró, era Alexandro que le pedía que fuera al estudio de Ballet Femenino, sitio que él conocía muy bien. Se dirigió hasta allá muy rápido, y así como él le pidió, cerró con seguro la primera puerta que daba a la escalera. Luego, un poco tímido, abrió las puertas del salón y sus ojos no daban crédito al escenario tan hermoso que Alexandro había hecho en tan poco tiempo. En un círculo enorme de velas, estaba un lecho de sábanas blancas y pétalos de rosa. Alexandro estaba recostado en una de las barandas, sin camisa ni zapatos, viendo la reacción de quien ya dentro de poco se convertiría en su amante. Dan se creía en medio de un cuento. Era todo tan hermoso, y tan pensado en que él la pasara bien, que se conmovió hasta lo más hondo. —Un sitio que tenemos en común, y que nos unió. Yo hubiera querido que fuera en mi estudio, pero los guardias nos hubieran descubierto en segundos. Y acá vamos a amarnos, sin que nadie más que nosotros, nos escuche. Alexandro se acercó casi que danzando sobre sus pies desnudos, lo tomó por una mano y le condujo hasta el lecho, que parecía muy cómodo, la verdad, a pesar de estar en el piso. Dan se dejó llevar de esa mirada llena de fuego que le empezaba a envolver. Alexandro dejó que el de ojos tan sesgados se acomodara, y así quitarle los zapatos y las calcetas, para luego besar sus pies. Dan suspiró un tanto. Una caricia traviesa fue directa a la entrepierna del profesor de Ballet, haciendo que este jadeara un poco. —Alexandro... —Suspiró Dan, a penas respirando, tomándolo por el cabello, mientras sus labios lo recorrían por encima de la ropa. —Así quiero que hables toda la noche. Quiero que en cada suspiro, sea mi nombre el que pronuncies, Dan... El profesor de Historia le miró sonrojado y desplegó las piernas, para facilitar las cosas a Alexandro. Pero el de cabellos como el sol mandó con fuerza su mano a la hebilla del cinturón de su hombre y se lo quitó de un jalón. Dan se contorsionaba ante cada caricia, ante cada movimiento que hacía que su excitación creciera. Alexandro instintivamente movía las caderas, queriendo ya estar dentro de su hombre. Pero debía ser paciente, ese momento tenía que ser para recordar cada segundo. Alexandro se retiró un poco para empezar a quitarse el resto de la ropa, sin embargo, Dan se incorporó, quería hacerlo él. Sus manos con suavidad empezaron a deslizarse por el pecho perfecto del profesor de ballet, quien lo miraba mordiéndose los labios. Dan sentía que estaba acariciando la seda más fina, el terciopelo más costoso. El corazón de su hombre, latía con la fuerza arrolladora de una tormenta. —Late así, solo por ti... Dan subió la mirada y le sonrió. Que difícil iba a ser decirle adiós, luego que estuvieran en cuerpo y alma. Semanas atrás, solo eran un par de tipos, uno que odiaba y otro que amaba; ahora estaban ahí, a merced de sus deseos. Esa no podía ser la primera vez de Alexandro con un hombre, alguien más ocupó su corazón, eso quedaba claro. Alguien más ya lo había roto lo suficiente como para hundirlo en la necesidad de ser solo un fantasma en la sociedad. Dan, a la altura de la pelvis del otro, abrió su boca y le recordó que era un hombre que amaba a otro, cuando con fuerza succionó la belleza de ese pene enorme que dentro de poco lo invadiría. Greco gimió con fuerza, ese contacto lo estaba matando. —Ven acá, niño de Corea, quiero sentirte entero. Tomó a Dan para que se levantara y le abrió la camisa de un jalón. El de cabellos de noche echó su cabeza hacia atrás y de nuevo puso el nombre de su amante en su boca, cuando este besó su pecho. Dan, otra vez, le tomó muy fuerte por el cabello, cosa que Alexandro resintió un poco, pero no podía quejarse, no quería, hasta que sintió que los labios subían por su garganta hasta que llegaron a su boca. Ahí se dio, el beso. El delicioso beso que los conectaba en ese momento. Ese que alejaba los miedos y traía paz, traía deseo, un deseo que ambos habían perdido en algún lugar del camino, en la desesperanza. Sus corazones en circunstancias tan diferentes que habían sido lastimados, ahora parecían que encontraban el regocijo mientras aquellas pieles se mezclaban. Alexandro le terminó de quitar la ropa a Dan casi que de un solo movimiento, como si aquello fuera una danza. Lo acostó con delicadeza y le levantó una pierna, sabiendo lo flexible que era Dan, quien estaba sorprendido con el gesto. —No vas a dejar de mirarme un segundo mientras te tomo. Y que tu boca, solo busque mi nombre. Era el momento, ese que por un año había anhelado detrás de la mirilla de la puerta del estudio de Ballet. Ese que había soñado, aun con la indiferencia absoluta de Alexandro; ese momento en que serían uno. Dan miró a los ojos de su amante que también le observaba, con el océano en tempestad en su mirada. Enterró las uñas en la espalda de ese que amaba ahora tanto, mientras la sensación de invasión lo enloquecía. Las paredes de su interior estaban estrechas para él y sentía cómo lo succionaba, comenzando con su voraz embestida, que el muchacho resentía, pero amaba a la vez. Ese precioso y divino choque de sus caderas, ese sonido húmedo cuando él entraba y salía de su cuerpo, todo era un sueño. Podía verlo luchar contra sí mismo por no hacerle daño, reprimiendo toda la fuerza que tenía en sus caderas. —¡Eres mío! ¡Solo mío! —gritó el bailarín, traicionando todas sus convicciones contra una relación homosexual. Perdía el control, se aferraba a las caderas del otro chico para estacarse como un demente en Dan. Su mano entonces presionó con fuerza el m*****o del coreano que gimió rastrillando sus uñas en el pecho enorme de su amante. Ahí estaba Greco con su hombre, en algo tan hermoso, tan de ellos, solo ellos. Alexandro, lo hacía suyo, de la manera que soñó, aún más que en sus delirios. Se escuchaba luchar con él mismo para no dañarlo, solo para amarlo. —¡Alexandro! —exclamó Dan, estrechándolo con fuerza, mientras el amante, furioso, empujaba dentro de su ser. —Dan… —apenas si susurró. Ya no había retorno, ya no había forma de regresar a su vida de antes. El de ojos azules perfectos estaba totalmente ebrio de deseo. Dan, ahora era el motivo por el que respiraba, la razón por la que se levantaba todos los días e iba a dictar sus clases. El profesor de Historia, no solo poseía su cuerpo, sino que, sin darse cuenta, también le había robado el corazón. —Alexandro —dijo en voz muy baja, mientras le acariciaba la mejilla. Todo entonces, comenzaba para ellos. —No permitiré, que nadie jamás... te toque... nadie más, que no sea yo... —repetía Alexandro sin cesar, tal vez sin darse cuenta, mientras con furia, embestía en ese interior tan cálido, que lo había anhelado tanto. Un gemido al unísono, cerró la noche. Las pieles ardían a más no poder, tan pálidas ambas, ahora eran fuego. Apenas respirando, Alexandro se dejó caer en el pecho de seda muy blanco de Dan. Por fin sus almas se habían mezclado en la infinita presencia del deseo. Sus cabellos, como el día y la noche, lloraban sudor, pasión. Por fin, parecía que eran uno mismo. Ahora dependía de ambos, el hasta cuándo. *** Fin capítulo 13
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD