De ladrona... A esposaUpdated at Aug 12, 2026, 10:42
Evan Maxwell, ese multimillonario hosco y arrogante, no solo me acusó de un robo que nunca cometí, sino que me echó a la calle sin la más mínima compasión. ¡Despedida! ¿Y ahora, con la misma audacia desquiciada que lo define, espera que sea su esposa temporal? La locura debió de abrazarlo con un fervor que desafía toda lógica.
Pero la vida en Nueva York no espera, no se detiene ante las ruinas de un corazón roto, y mucho menos ante una actriz sin un centavo en el bolsillo. Así que, con un nudo sofocante en la garganta y el orgullo pisoteado, hice lo que cualquier alma desesperada haría: acepté sus condiciones, esa cadena de oro de la que, extrañamente, no podía, no quería, escapar.
Un año, Luna McGregor. Solo un año. Un lujoso ático en el corazón de la ciudad que nunca duerme. Una paga tan generosa que susurraba promesas de estabilidad que mi vida jamás había conocido. Y luego, la libertad, envuelta en los fríos papeles de un divorcio y un cheque que, supuestamente, sellaría mi independencia. Solo tenía que fingir. Actuar. Interpretar el papel de la esposa felizmente casada, sin permitir que mis emociones, mis verdaderos sentimientos, se enredaran en esta farsa.
Fácil, ¿verdad? ¡Oh, qué mentira tan cruel y descarada! Porque en este tablero de ajedrez donde el corazón es la pieza más vulnerable, donde cada movimiento es un riesgo, la posibilidad de enamorarme perdidamente es una trampa insidiosa que, con desgarradora ironía, nunca vi venir.